lunes, 29 de febrero de 2016

El pons asinorum sigue en pie


Juan Ramón Rallo ha contestado a mi respuesta a su inicial crítica del teorema regresivo de Mises. Adicionalmente, ha recomendado la lectura de este humilde blog. Viniendo de quien considero uno de mis maestros, aunque jamás lo vi en persona y estando a un océano de distancia, es un halago supremo. Además, más que evidencia la generosidad que caracteriza Rallo. No solo lo digo por lo que uno lee sobre él, sino además por testimonio directo de algunos de sus alumnos. Desafortunadamente, no he encontrado su réplica a mi artículo inicial convincente. Este post es un poco largo y reiterativo porque no escatimé esfuerzo ni espacio para dejar perfectamente claro lo que dijo Mises y correctamente recogen Block y Davidson.

Rallo dice que el teorema regresivo no se refiere en última instancia al surgimiento de la primera forma de dinero, el que surge desde el cambio directo (trueque), para afirmar que una cosa debe tener un valor de uso no-monetario; sino que esa necesidad se aplica a cualquier objeto dinerario ya sea que surja desde trueque o desde una economía que ya tenía otro dinero establecido. Para ello él usa la siguiente cita de Mises (1912: 110), pero sin poner la parte final que contiene una frase importante:
If the objective exchange value of money must always be linked with a preexisting market exchange ratio between money and other economic goods (since otherwise individuals would not be in a position to estimate the value of the money), it follows that an object cannot be used as money unless, at the moment when its use as money begins, it already possesses an objective exchange value based on some other use. This provides both a refutation of those theories which derive the origin of money from a general agreement to impute fictitious value to things intrinsically valueless and a confirmation of Menger's hypothesis concerning the origin of the use of money.
Según Rallo: “Fijémonos en que Mises no está diciendo que ‘el objeto utilizado originalmente como primer dinero debe poseer un valor de cambio objetivo no monetario’, sino que está hablando de que cualquier objeto que pase a ser utilizado como dinero debe poseer un valor monetario previo.” 

Sin embargo, Mises en el mismo párrafo está afirmando que su teorema regresivo provee “una confirmación de la hipótesis de Menger respecto del origen del uso del dinero”. Rallo no desconocerá que la hipótesis de Menger refiere al nacimiento del dinero desde un estado de cambio directo, es decir, de lo que yo llamé “el primer dinero”. Por lo tanto, es evidente que Mises se está refiriendo a ese surgimiento desde un estadio de trueque. Mises solo establece que “cualquier objeto” (an object) para ser dinero debe tener necesariamente valor de uso directo si surge desde un estado de trueque. El teorema regresivo únicamente pide la necesidad de valor de uso directo cuando surge el dinero por primera vez desde una situación en que no había dinero antes y ello se desprende incluso del párrafo que Rallo usa para decir lo contrario. El surgimiento del dinero a partir de allí es lo que explica Menger y Mises dice que su teorema lo confirma. Por tanto, Ludwig se debe estar refiriendo a esa evolución a partir del trueque. Dado que (1) la hipótesis de Menger es sobre el surgimiento del dinero a partir de que no había uno (economía de trueque) y (2) Mises dice que su teorema confirma (1), entonces Mises debe estarse refiriendo en última instancia al surgimiento del dinero desde el cambio directo. Es decir, a “el objeto utilizado originalmente como primer dinero”. 

Una vez más debo reiterar que, para refutar la crítica del regreso hacia atrás infinito, el teorema regresivo retrocede, en términos de valor objetivo de cambio, hasta la génesis del dinero. Es decir, el que surgió por primera vez desde el trueque. Esta conclusión es innegable. Necesariamente el componente temporal del teorema y el “regreso” termina ahí. En el “último día” en que un bien era demandado exclusivamente por su uso directo (en consumo o producción) cuando se trocaba, todavía no comienza el elemento histórico que se refiere al momento anterior. Dado que inevitablemente el punto final del regreso del teorema es el “día previo”, por llamarlo de algún modo, al comienzo del uso de un bien de manera indirecta (medio de intercambio), el teorema explica desde, y se retrotrae hasta, el surgimiento del dinero primigenio. No se detiene en alguna de las ulteriores formas de dinero que evolutivamente surgieron luego. Mises (1912: 121) es muy claro:
If in this way we continually go farther and farther back we must eventually arrive at a point where we no longer find any component in the objective exchange value of money that arises from valuations based on the function of money as a common medium of exchange; where the value of money is nothing other than the value of an object that is useful in some other way than as money. But this point is not merely an instrumental concept of theory; it is an actual phenomenon of economic history, making its appearance at the moment when indirect exchange begins.
El “momento cuando el cambio indirecto comienza” no es otro que el inmediatamente posterior al cambio directo (trueque). Y esa interpretación es clara. La fuente de la discusión de Rallo sobre esto, posiblemente, es que Mises se está refiriendo al surgimiento del dinero mercancía. Su “an object” quiere decir cualquier bien que surja como dinero mercancía. Y este lo hace originariamente desde un estadio previo de trueque.

Supongamos que el Bitcoin es el dinero actual y que surgió sin valor de uso directo alguno, reemplazando al anterior dinero fiat. Como correctamente explican Block y Davidson (2015), lo único que requiere el teorema es que el valor de cambio del dinero nuevo pueda ser remontado hacia atrás secuencialmente en el tiempo hasta el final (lo que evita el problema del regreso sin fin). ¿Puede hacerse ello? Claro que sí. El valor de cambio del Bitcoin puede remontarse secuencialmente al momento cuando existía solo dinero fiat papel. A su vez, el valor de cambio del dinero fiat papel dólar se puede remontar a cuando existía, digamos, dinero crédito y luego a cuando solo había dinero mercancía. Finalmente podemos retrotraer el valor de cambio del dinero mercancía al punto terminal cuando una cierta (o algunas) mercancía fue usada por última vez exclusivamente en trueque y no como medio de intercambio. Todo lo que el teorema requiere, se satisface. Por ende, el surgimiento de un dinero sin uso directo previo, a partir de que ya hay precios monetarios en otro dinero ya establecido, no es impedido por el teorema. El teorema regresivo no prohíbe para nada que el Bitcoin (aunque no tuviera ningún valor de uso directo) se monetice o que el oro se re-monetice.

Si llevamos el valor de cambio objetivo del dinero hacia atrás hasta el final, por necesidad lógica llega al momento “uno” del cambio indirecto. Es decir, hasta la situación inmediatamente posterior al cambio directo. El teorema no se detiene en el reemplazo de un dinero previo por otro posterior sino que continúa retrocediendo, pasando por otras formas de dinero que fueron evolucionando*, hasta llegar al primero que dio origen a dicha evolución. Porque el “hilo” que seguimos es el valor de cambio y no el uso directo.

Detenerse en un eslabón de la cadena evolutiva del dinero, como hace Rallo, y pensar que este debió surgir nuevamente (y necesariamente) con un valor no-monetario no es lo que dice el teorema. Pues este, al regresar hacia atrás, toma en cuenta el valor de cambio objetivo y no frena en un eslabón, sino en el inicio de toda la cadena evolutiva del dinero.

Mises (1912: 110), en otro pasaje que cita Rallo, expresamente dice que:
This link with a preexisting exchange value is necessary not only for commodity money, but equally for credit money and fiat money. No fiat money could ever come into existence if it did not satisfy this condition.
¿Cuál es la condición a satisfacer para nuevas formas de dinero cuando ya hay uno previamente establecido? ¿Es el valor de uso directo no-monetario? No. Claramente la condición a satisfacer es el link con un preexistente valor de cambio, y no un uso no-monetario. Tanto el dinero crédito (credit money) como el dinero fiat (fiat money) son otra clase de dinero o “nuevos dineros”, en el sentido de que surgieron posteriormente a que otro, el dinero mercancía (commodity money), ya estaba establecido. Mises se refiere al surgimiento de los dos primeros sin siquiera mencionar la necesidad de que deban tener un uso no-monetario, pero sí destaca palmariamente la obligación de un link a un valor de cambio objetivo. Por ende, para Mises y su teorema, no es necesario que exista un uso no-monetario para ellos.

Lo que Mises resalta como una “condición”, y esta es la clave para el correcto entendimiento del teorema, es el “link con un preexistente valor de cambio”. Para nada el austriaco habla de que las ulteriores clases de dinero que surgieron, el dinero crédito o el fiat, necesiten un valor de uso directo. Como sí lo necesitó el dinero (mercancía) que surgió primigeniamente desde el trueque. El dinero fiat y el dinero crédito solo necesitan el link a un anterior valor de cambio objetivo dinerario, lo que implica un sistema de precios monetarios. De la misma manera que ocurrió con el dinero fiat (sin uso directo), no hay absolutamente ninguna razón para que no pueda ocurrir con el Bitcoin o cualquier bien sin utilidad directa o con ella. Esa es la interpretación correcta de Mises y la que hacen Block y Davidson en su paper.

En igual forma en que el dinero fiat no pudo haber existido sin una estructura de precios (monetarios) previa para calcular, cualquier bien que lo reemplace tampoco puede hacerlo sin ella. Y es irrelevante para el teorema que ese bien tenga o no un uso directo no-monetario, como también fue irrelevante que el dinero fiat no tuviera ninguno. En otras palabras, así como el teorema regresivo establecía rigurosamente la posibilidad del dinero fiat, que no tiene valor de uso directo, gracias a la existencia previa de un sistema de precios; es que es posible que otro dinero (Bitcoin o el que sea) evolucione desde el antes mencionado y tampoco tenga utilidad no-monetaria. Este se apoyaría en la existencia de un sistema de precios en nuestro actual y manipulado dinero papel.

Mises no dice que el dinero fiat tuvo que tener un uso no-monetario. Sino que, como evolutivamente su valor de cambio objetivo estaba ligado continua e históricamente (regresivamente) al del dinero mercancía, el link; el dinero fiat podía existir sin violar el teorema. En el estadio posterior al cambio directo, no es relevante la necesidad de uso no-monetario para ulteriores clases de dinero pues ya hay uno y precios monetarios en uso previamente.

El hecho de que (1) tanto el dinero fiat como el dinero crédito aparecen con posterioridad al dinero mercancía (por ende, son clases de dinero que inician cuando ya había una economía dineraria previa) y (2) para explicar el surgimiento de ambos, Mises no recurrió a una necesidad de que tengan un uso no-monetario sino a que estuviera presente un preexistente valor de cambio; demuestra que la interpretación de Block y Davidson es la correcta y no la de Rallo.

Debe haber una estructura de precios en alguna forma para que cualquier dinero pueda emerger. Si hay precios de trueque (en una economía de cambio directo), el dinero necesariamente va a emerger de un bien que tenga algún valor de uso directo. ¿Por qué? Porque el intercambio que produce esos precios de trueque se realiza por el uso directo que proporcionan los bienes intercambiados. Si hay precios monetarios (en una economía de cambio indirecto), el dinero no tiene por qué emerger de un bien con uso directo, no hay ninguna necesidad pues no estamos en situación de trueque. Puede ser que lo tenga o puede ser que no, pero no hay obligación. No hay nada en el teorema regresivo que implique la necesidad de valor de uso directo, con la excepción obvia de que partamos de una economía de cambio directo y emerja por primera vez un medio de intercambio. El ambiente de cálculo económico cardinal con precios monetarios ya está presente cuando surge un nuevo dinero que se quiere superponer a uno ya establecido y es todo lo que se necesita para establecer un link, no un uso directo previo del bien que empieza a ser monetizado.

Por otro lado, no es que, en una economía monetaria, “el valor de Bitcoin ya está históricamente determinado…” sino que Bitcoin se monta (piggyback) sobre el sistema de precios (monetarios) ya existente. Si solo puede surgir si hay un sistema de precios monetarios ya existente, entonces es irrelevante que el bien tenga o no uso directo. La nueva clase de dinero utiliza la estructura de precios en moneda antigua para poder realizar cálculo económico, pero no está, para nada, “ya históricamente determinado”. Usar algo de punto de partida para estimar no es en absoluto lo mismo que estar determinado por eso.

La estructura de precios monetarios existente gracias al dinero previo brinda un punto de partida para calcular y estimar el poder adquisitivo de otra clase de dinero. Por ende, el elemento central de teorema regresivo sigue vigente: un marco de cálculo económico. Como correctamente dicen Block y Davidson, y yo mismo ya dije: “En resumen, el teorema solo prohíbe la adopción de una nueva moneda sin un marco de cálculo económico.” Para refutar el teorema, se debe refutar esto. Rallo no lo ha hecho.

Rallo dice: “¿Por qué, entonces, sí es posible establecer una relación de intercambio (un precio presente) entre el dólar, el yen, la libra o el euro y Bitcoin a partir del cual proyectar nuestras expectativas de poder adquisitivo futuro de Bitcoin pero, en cambio, no es posible establecer en una economía de trueque una relación de intercambio (un precio presente) entre las vacas, los corderos, las gallinas o las vasijas y el Bitcoin? Dicho de otro modo, o aceptamos que el primer dinero tampoco necesita contar con una utilidad no monetaria previa (en cuyo caso el teorema regresivo deja de significar nada) o aceptamos que los nuevos dineros también requieren contar con una utilidad no monetaria previa, al menos en su origen (lo cual provocaría que Bitcoin violara el teorema regresivo del dinero).”

En una economía de trueque o cambio directo el intercambio se
hace entre un bien con uso directo (en consumo o producción) por otro que también posee algún uso directo. Porque en el momento en que algo (con uso directo) se cambia por otra cosa que no se necesita directamente (no tiene uso directo) sino que se adquiere para cambiarlo luego, estamos en cambio indirecto y no en trueque. Bajo trueque, un intercambio (mutuamente beneficioso) entre A y B solo se realiza si coincide que A tiene los bienes que B necesita y además B tiene los bienes que A desea. Si A tiene los bienes que B necesita pero B solo tiene Bitcoins, el intercambio no se producirá pues B posee algo que A no necesita dado que, suponemos, las monedas digitales no tienen ningún valor de uso directo.

Mientras estemos bajo cambio directo las cosas solo se intercambian por (la apreciación subjetiva de) sus usos directos de consumo o producción (ya sea para consumir o producir ahora, o para guardarlos y consumir o producir luego). En una economía no de trueque se intercambia para usar un bien (dinero) en futuros o inmediatos ulteriores intercambios. La primera clase de dinero que surge puede mantener su uso directo y adicionalmente servir de medio de intercambio general (por ejemplo el oro), pero incluso en esas circunstancias ya no estamos en una economía de trueque. Lo que no hay razones para que ocurra, sin embargo, es que en una economía de trueque, y mientras sigamos en ella, se intercambie algo con valor de uso directo por algo que se sabe no lo tiene.

La respuesta a la pregunta de Rallo, “[por qué] no es posible establecer en una economía de trueque una relación de intercambio (un precio presente) entre las vacas, los corderos, las gallinas o las vasijas y el Bitcoin?”, es clara. Asumiendo que Bitcoin no tiene absolutamente ningún valor de uso directo**, este no se va a intercambiar (por ende, no se puede establecer una relación de intercambio) en una economía de trueque***. Las vacas, los corderos, las gallinas o las vasijas tienen un reconocido uso directo, Bitcoin no. En una economía de puro trueque solo se intercambian dos cosas que necesariamente se espera que tengan valor de uso directo. Por lo tanto, Bitcoin (que se sabe no tiene uso directo) y vacas, corderos, gallinas y vasijas (que sí tienen algún uso directo esperado) no van a intercambiarse en una economía de cambio directo.

Rallo está asumiendo que algo (Bitcoin o lo que sea) sin valor de uso directo (en consumo o producción) puede intercambiarse en una economía de trueque, situación que es completamente incompatible con los intercambios que se realizan bajo cambio directo. Por ende, en el momento en que se produce un intercambio de trueque entre Bitcoin y otro bien, Juan Ramón está suponiendo implícitamente que Bitcoin o lo que sea tiene necesariamente algún valor de uso directo previo. Lo cual es perfectamente compatible con el teorema regresivo. De hecho, Block y Davidson (2015) explícitamente despliegan un escenario hipotético en que Bitcoin aparece desde una economía de trueque y demuestran que el teorema regresivo debe implicar que cuando surge por primera vez, el bien dinerario debe tener algún previo valor en uso directo. 
Por otro lado, si se asume que Bitcoin o el bien que sea no tiene ningún valor de uso directo, entonces no va a intercambiarse en una economía de trueque. Lo que tampoco viola el teorema. 

La dicotomía que plantea Rallo no es correcta en absoluto. Por lo ya explicado, según el teorema regresivo de Mises ni es cierto que hay que aceptar que “el primer dinero tampoco necesita contar con una utilidad no monetaria previa…” ni tampoco es acertado que haya que reconocer que “los nuevos dineros también requieren contar con una utilidad no monetaria previa, al menos en su origen…”.

En otro ámbito, el ejemplo de Rallo por el cual en la primera transacción de Bitcoin se podría lanzar un precio arbitrario de 10 mil dólares y que otro lo acepta se debe a que, al momento de poner ese valor en dinero fiat (dólares), ya había una estructura de precios monetarios (en dólares). Es similar a lo que ocurrió cuando se pasó de una moneda papel fiat a otra (ambas sin uso directo no-monetario) y lo que explica Block y Davidson (2015). La razón por la que tanto el Bitcoin en el ejemplo de Rallo, como el Rentenmark en Alemania de 1923, como el Euro desde 1992, como los Créditos de Argentina en 2002 pueden usarse para el cálculo económico es que la “memoria” de la estructura de precios todavía existía bajo el dólar, el marco papel (aun con su hiperinflación), las viejas monedas fiat europeas y el peso argentino. El teorema explica que es imposible que esas ulteriores monedas surgieran o se impusieran sin un sistema de precios o al menos una memoria a la cual apelar, eso es todo. Es irrelevante para el cálculo económico monetario, el cual usa el sistema de precios monetarios, que la nueva moneda tenga valor de uso directo o no. Lo que se necesita son precios previamente establecidos en la antigua moneda. Dado que, al momento de pedir por primera vez el precio arbitrario de 10 mil dólares, había un sistema de precios en dólares (Rallo admite que hay “una miríada de precios de bienes, servicios o activos en términos de dólares…”); se puede realizar un cálculo económico estimativo. Existe un sistema de precios que permite conocer el valor de cambio objetivo y poder adquisitivo de cada dólar, y de los 10 mil dólares en conjunto, gracias a ello los participantes del mercado pueden estimar hacia arriba o abajo el precio pedido por el Bitcoin y su valor de cambio objetivo.

De hecho, intercambiar dólares por Bitcoin, por más arbitrario que sea el precio o no, y que ello provea la liquidez inicial es algo tenido totalmente en cuenta por Block y Davidson. Adicionalmente, ello no viola el teorema tampoco:
Bitcoin does not need to have a direct-use value in order to be a medium of exchange, because it did not emerge from a pure barter economy. This medium of exchange therefore does not violate the theorem. Clearly, it does have such a value, because it was directly exchanged for other goods, including the U.S. dollar. This provided the initial liquidity, which helped it to become a medium of exchange.
Las dos condiciones que pide el teorema, (1) que haya un sistema de precios previamente para el cálculo económico (cardinal en caso de en una economía monetaria) y (2) que podamos remontar secuencialmente hacia atrás en el tiempo el valor de cambio (hasta el momento en que solo había dinero mercancía y en última instancia al punto en que la mercancía fue usada por última vez únicamente en trueque), se cumplen. En ninguna forma es necesario que el bien dinerario nuevo que surja tenga un uso directo previo, cuando ya estamos en una economía monetaria. Esa necesidad ni es exigida por el teorema ni es lo que decía Mises.

Yo dije que no se pueden formar expectativas sobre el poder adquisitivo del dinero de la nada y Rallo intenta mostrar que no es necesariamente imposible suponiendo que se lanza un primer precio arbitrario en dólares y que alguien lo acepta y paga. Sin embargo, el hecho de pedir un precio arbitrario en dólares para la primera transacción de Bitcoin en absoluto significa que las expectativas surjan “de la nada”. Solo el hecho de que se intercambie por dólares, implica necesariamente la existencia de una economía dineraria. Y si ya hay una economía monetaria, necesariamente hay precios monetarios preexistentes, ya existe un valor objetivo de cambio del dinero que se cambia por Bitcoins. Por ende, estos se pueden tomar como referencia en cual basarse.

Por
s arbitraria, fluctuante o fija que sea la tasa a la que inyecten los Bitcoins, no deja de ser cierto que no se introdujeron de novo. Sino que se pudo intercambiar por dinero. El teorema regresivo sigue intacto. No solo porque podemos estimar su poder adquisitivo con preexistentes precios monetarios, sino además porque podemos retrotraer el valor de cambio de Bitcoin hasta el momento en que se empezó a cambiar por dinero fiat a precio arbitrario. Y, a partir de allí, podemos seguir regresando secuencialmente hasta el dinero mercancía primigenio.

De hecho, como muestran los casos históricos de cambio de moneda por ejemplo luego de una hiperinflación (Block y Davidson, 2015), la fijación entre una moneda fiat y otra nueva que la reemplace puede ser incluso a un arbitrario tipo fijo. El Bitcoin, asumiendo que surge solo como dinero nuevo sin usos directos, no se introduce de la nada. Dinero fiat existía antes de insertarlo y el Bitcoin se intercambió en términos de esa moneda existente previamente. Sin importar que se haya introducido a tasa fija o que la determine el mercado, lo relevante es que ya había precios monetarios existentes.

Bitcoin o cualquier nueva clase de dinero tangible o intangible que surja hoy o hace 20 años claramente tiene y tuvo una estructura de precios en dinero fiat (el cual a pesar de estar manipulado por el gobierno aun así sirve para el cálculo económico monetario). Para esa necesidad de existencia de un sistema de precios, es irrelevante el hecho de que la nueva moneda que surge apoyada en él tenga o no un uso no-monetario. Dicho sea de paso, explicar la forma en que se establezca el precio de Bitcoin o el bien (a ser monetizado) que sea en términos de dinero existente tampoco toca la validez del teorema regresivo. En palabras de Block y Davidson (2015):
Since an existing price structure was in place, the regression theorem has nothing more to say on the matter. And it is not incumbent upon advocates of the regression theorem to explain how the price of bitcoin in terms of the existing currency was established in the absence of any legally-imposed conversion process, when the theorem has nothing to say on the matter.
Por último, en absoluto Mises estaba “consternado”. No solo porque, como ya vimos, Mises explicaba el surgimiento del dinero crédito y fiat sin dificultades vía un preexistente valor de cambio. Sino que además, como explica Salerno (2010: 50), el teorema regresivo establecía rigurosamente la posibilidad lógica del dinero fiat, algo que hasta otro gran austriaco previo como Menger o un importantísimo fellow-traveler como Wicksteed e incluso Marx en sus obras principales habían creído difícil que pudiera existir, siendo solo Wieser el que realizó un intento por probarlo. Aun cuando su teorema demostraba que era posible la existencia del dinero fiat, Mises, incluso en 1966 cuando revisó la última edición de Human Action, no estaba seguro de que alguna vez en la historia se hubieran dado las condiciones para su presencia. Ser consciente de que uno ha demostrado la posibilidad de existencia de algo que probablemente todavía no existió pero que podría existir un día y que muchos grandes autores anteriores erróneamente negaron, difícilmente puede ser tomado como causa de consternación.

En conclusión, Mises no estaba equivocado con su teorema regresivo ni lo están Block y Davidson al interpretarlo. La crítica de Rallo no ha demostrado ser lo suficientemente efectiva. La liquidez, aunque importante en temas monetarios, no lo es todo. Centrarse en ella en exceso llevará y ha llevado a graves errores (tal y como le ocurrió a la rama lachmanniana de la Escuela Austriaca al excederse, en su caso, con el subjetivismo). Los teóricos de la liquidez están en un terreno muy resbaloso.




* El término “evolución” no debe entenderse estrictamente como que “siempre ocurrió de forma ‘natural’ en el mercado”. El dinero fiat actual existe por diversas intervenciones del gobierno, no surgió espontáneamente del mercado. Aun cuando esas intervenciones distorsionaron y minaron la elección espontanea de dinero mercancía, el progresivo establecimiento del dinero fiat estaba sujeto a la ley fundamental del mercado: el dinero fiat sí o sí necesitó una referencia a un preexistente valor de cambio objetivo del dinero que surgió previamente sin intervención. La larga serie de intervenciones estatales que dieron lugar al dinero fiat es lo que demuestra el “teorema progresivo” de Rothbard (Salerno, 2010: 49).

** Tanto en esta parte como a lo largo del post este supuesto se hace solo por el bien del argumento. Es muy cuestionable, y no se va a entrar en esa discusión acá, que Bitcoin no poseyera algún valor de uso directo (de consumo o inversión) en su origen, por más limitado que estuviera. De haberlo tenido, y es seguro que lo tuvo (Block y Davidson, 2015), el caso específico del Bitcoin convirtiéndose en dinero no violaría el teorema de Mises ni aceptando la crítica de Rallo.

*** Observen que ni Rallo ni yo nos hemos detenido en el punto evidente de que es imposible que Bitcoin surja de una economía de trueque. El detalle “técnico” se obvia solo para utilidad del argumento. Los límites enormes del cambio directo, en particular su imposibilidad de efectuar cálculo económico monetario, hacen impracticable que se pueda establecer una estructura productiva tan compleja como para crear computadoras, así como la infraestructura eléctrica y de internet para que funcionen y permitan el Bitcoin. Block y Davidson (2015) notan esto en su ejemplo hipotético.





Block, Walter y Davidson, Laura (2015), “Bitcoin, the Regression Theorem, and the Emergence of a New Medium of Exchange”. Quarterly Journal of Austrian Economics. Vol. 18, No. 3, 311-38.

Mises, Ludwig von (1912), The Theory of Money and Credit. New Haven: Yale University Press. 1953.

Salerno, Joseph T. (2010) Money, Sound and Unsound. Auburn, Alabama: Ludwig von Mises Institute.

miércoles, 20 de enero de 2016

Rallo se equivoca sobre el teorema regresivo


Rothbard (1988) decía que el teorema regresivo era el pons asinorum (ver “Otros usos”) de los críticos de la teoría monetaria de Mises, y lo sigue siendo. Juan Ramón Rallo publica una parte pequeña de su próximo libro contra la teoría monetaria de Mises. El post se trata de una crítica a su teorema regresivo del dinero. Es apenas un precalentamiento de lo que podríamos llamar “el ataque de la liquidez” contra la rama misesiana de la Escuela Austriaca. Sin embargo, como veremos, la crítica de Rallo no invalida para nada la idea de Mises.

Rallo dice que el surgimiento de un nuevo dinero no necesariamente requiere que el objeto dinerario haya tenido un uso directo, es decir, una utilidad no monetaria. El teorema regresivo de Mises supuestamente establece que “sólo” los bienes económicos con utilidad no monetaria previa pueden convertirse en dinero. En sus palabras resumidas: 

[L]a utilidad subjetiva del dinero no estará, por necesidad, históricamente ligada a su utilidad no monetaria originaria, sino que puede estarlo, simple y llanamente, a la aptitud que se espera que exhiba ese bien para actuar como dinero (como medio de cambio indirecto con valor objetivo de cambio estable)... 
Por consiguiente, un objeto podrá pasar a actuar como dinero aunque carezca de utilidad no monetaria previa...  
Si Mises se hubiera limitado a decir que los bienes con una utilidad no monetaria previa tienen muchas más probabilidades de convertirse evolutivamente en dinero que aquellos objetivos sin utilidad no monetaria, habría estado en lo cierto: pero es falso que sólo los bienes económicos con demanda no monetaria previa puedan convertirse en dinero. 

Walter Block y Laura Davidson lanzaron hace poco un paper (Block y Davidson, 2015) que trata de responder si el Bitcoin viola o no el teorema regresivo de Mises, cosa que se viene discutiendo desde la blogósfera e Internet en los últimos años. Coincidentemente, el trabajo de ambos autores contiene una respuesta completa a la crítica de Rallo. Lawrence White ya había ensayado un argumento similar al de ellos en la primera de sus dos posibles respuestas al desafío. Pero Block y Davidson realizan un análisis mucho más detallado

La clave del teorema de Mises es, básicamente, que es imposible para ninguna forma de nuevo dinero (ya sea el primero que surgió o uno nuevo que surja luego de que otro ya está establecido) emerger sin que exista alguna clase de sistema de precios con antelación. Sin precios previamente presentes en alguna forma, los actores no pueden calcular usando el nuevo dinero. Si antes de establecer la novedosa moneda no había precios monetarios para los bienes y servicios, entonces la única manera de obtenerlos es vía el cambio directo de una economía de trueque. En resumen, el teorema solo prohíbe la adopción de una nueva moneda sin un marco de cálculo económico (Block y Davidson, 2015).

Debe quedar claro que Mises, para evitar la acusación de que apelaba a un regressus in infinitum (ir hacia atrás sin límite), se refiere al surgimiento del primer dinero desde un estado puro de trueque, donde no existen precios monetarios (Block y Davidson, 2015). Mucha atención a la palabra “primer”. Es decir, se está explicando el surgimiento del primer dinero original, no de otra clase de dinero que surge luego de que previamente hay uno establecido. El austriaco se refiere al trueque y al uso directo del bien solo y en cuanto al surgimiento del dinero a partir de una situación en que este no existía previamente.

Por lo tanto, el teorema no debe ser interpretado como que, una vez establecido un dinero y el cálculo monetario con precios (monetarios) que permite, todo ulterior medio de intercambio o moneda necesite siempre tener previamente utilidad no monetaria (Block y Davidson, 2015). 

Mises reconoce que un nuevo medio, como el dinero fiat, puede montarse en el existente entramado de precios aun cuando jamás fue valuado directamente como mercancía en sí mismo (Block y Davidson, 2015).

Hay dos circunstancias separadas en las cuales un nuevo medio de intercambio puede surgir como dinero: 1) el nuevo medio emerge de una economía puramente de trueque, en cuyo caso sí necesita tener algún previo valor de uso directo o 2) el nuevo medio emerge cuando ya previamente existe una estructura de precios monetarios o al menos una memoria de la misma. En este caso, el nuevo medio (sea tangible o intangible) no necesita tener ninguna utilidad no monetaria. Ni tampoco ser respaldado o redimible por otra cosa, ni necesita ser establecido a una tasa fija. Nada de eso viola ni invalida el teorema regresivo (Block y Davidson, 2015). Mientras que existan precios (monetarios) en términos de la antigua moneda, eso es todo lo necesario para satisfacer el teorema.

No hay ninguna necesidad praxeológica de que cualquier nuevo medio de intercambio tenga un uso directo a menos que emerja de una situación de puro trueque, en cuyo caso solo lo hace porque no hay ninguna estructura de precios monetarios previa. Debido a que el “primerísimo primer” medio de cambio en emerger lo tuvo que haber hecho necesariamente sin precios monetarios previos, ese bien debió haber sido originalmente valuado, y cambiado, en trueque. El teorema regresivo de Mises NO dice que TODO ulterior medio de cambio deba haber sido intercambiado directamente o necesite tener valor de uso directo. Ni tampoco hay necesidad praxeológica de que el dinero deba tener uso directo para ser vendible, la liquidez del dinero depende de la confianza de los participantes del mercado en que será aceptado luego (Block y Davidson, 2015).

Un nuevo dinero, como por ejemplo el Bitcoin si algún día llegara a serlo, no necesita para nada tener un uso no monetario para emerger como un medio de intercambio, por el simple hecho de que no surge desde una economía de trueque puro. Por lo tanto, ello no viola el teorema regresivo para nada (Block y Davidson, 2015).

Dicho sea de paso, a pesar de usar términos como “regresivo”, el análisis monetario austriaco-misesiano tiene mucho de prospectivo. Para decidir el tamaño de sus tenencias monetarias, a los agentes les interesa el poder adquisitivo futuro esperado del dinero. Pero para poder intentar anticipar la futura estructura de precios, deben fijarse en los precios inmediatamente pasados. Nadie mecánicamente proyecta o extrapola los precios de “ayer” al futuro. Sino que usan los precios de “ayer” para estimar (appraising) la estructura de precios que emergerá y prevalecerá “hoy” como resultado de los cambios anticipados que intervinieron en los datos de la economía ayer (Salerno, 2010: 85-86). Rallo extrañamente parece decir que se puede esperar que un dinero tenga un esperado valor de cambio objetivo futuro estable sin recurrir a la experiencia pasada. Ergo, que las expectativas se pueden formar "de la nada" y no usan de punto de partida el pasado inmediato o no tan inmediato. Lo cual, claramente, es falso.

En resumen, Rallo tiene razón en que “un objeto podrá pasar a actuar como dinero aunque carezca de utilidad no monetaria previa”. Pero es falso que ello sea una crítica al teorema regresivo de Mises o que lo invalide. Rallo erra completamente en pensar que el teorema implica que “sólo los bienes económicos con demanda no monetaria previa puedan convertirse en dinero.”




Rothbard, Murray N. (1988) “Timberlake on the Austrian theory of money: A comment”. The Review of Austrian Economics. Vol. 2, No. 1, 179-187.

Salerno, Joseph T. (2010) Money, Sound and Unsound. Auburn, Alabama: Ludwig von Mises Institute.

Block, Walter y Davidson, Laura (2015), “Bitcoin, the Regression Theorem, and the Emergence of a New Medium of Exchange”. Quarterly Journal of Austrian Economics. Vol. 18, No. 3, 311-38.

domingo, 17 de enero de 2016

Otro fracaso de la izquierda Premio Nobel


Ya vimos como el economista Ludwig von Mises destrozó las falaces e ignorantes críticas sobre la Ciencia Económica por parte del sociólogo Gunnar Myrdal. Pues bien, los grotescos errores económicos de Myrdal no terminan en ese antecedente.

Antes de que terminara la Segunda Guerra Mundial, varios economistas, muchos de ellos keynesianos, predijeron una alta probabilidad de un “Apocalipsis” de desempleo masivo y depresión económica en Estados Unidos una vez que el gasto público, la inflación y la regulación disminuyeran al concluir el conflicto. Para ellos, el pasar rápidamente de una economía de guerra comandada por el gobierno a una de mercado sería un desastre. Paul Samuelson, keynesiano y futuro Premio Nobel de Economía, fue uno de los más famosos de ellos (Henderson, 2010). Pero además de él, otro futuro Premio Nobel, el socialista sueco Gunnar Myrdal, se sumó al “Club del Cataclismo”. Myrdal decía en 1944 (Henderson, 2010):
La incertidumbre económica en Estados Unidos hoy se centra en qué le va a ocurrir a este auge económico cuando 1) la demanda del gobierno por materiales de guerra disminuya y gradualmente desaparezca, y 2) el control central sea reemplazado por la empresa libre.  
Excepto por la Alemania Nazi y la Rusia Comunista (es decir, por las economías centralmente planificadas), no tenemos ningún precedente histórico sobre la estabilización de un boom. En una sociedad capitalista desregulada, parece que un auge debe siempre terminar en crisis y depresión… ¿Cómo se puede evitar el caos una vez que la enorme presión inflacionaria y los controles equilibrantes son simultáneamente removidos?
Además de eso, Myrdal creía que el “mucho mayor optimismo” que vio en Estados Unidos en 1944 comparado con el de 1941-42 estaba injustificado. Según él, perderían el empleo luego de la guerra un mínimo de “9 millones de las fuerzas armadas, 4 millones de la industria, medio millón del sistema de transporte y 1 millón de la administración pública”. Para que la economía pudiera continuar en “pleno empleo”, según el sociólogo sueco, debería haber “un enorme aumento en los salarios para poder crear suficiente base de poder adquisitivo”. Sin eso, Myrdal predijo “un grado muy alto de malestar económico” y “una epidemia de violencia” (Henderson, 2010).

En una sola cosa no se equivocó: un número muy importante de empleos del Estado se perdieron. De hecho, el empleo en la industria (relacionada con la milicia) cayó en 10,2 millones en 1945-1947, más del doble de lo predicho por Myrdal (Henderson, 2010). Pero no equivocarse en eso, no es ningún mérito. Era una obviedad que mucho empleo relacionado con lo militar se perdería. Con lo cual, el único “acierto” en todo este asunto de Myrdal, no vale casi nada.

En todo lo demás, erró patéticamente. La desmovilización se realizó rápidamente, los empresarios en el sector privado, llenos del optimismo que Myrdal había considerado engañoso, emplearon a millones de soldados, marineros, etc. despedidos de las fuerzas armadas y las industrias militares (Henderson, 2010). El pleno empleo se mantuvo incluso solo a un año del despedido de millones de trabajadores del sector público y hasta que la desmovilización terminó.

Y todo ello ocurrió, según estimaciones, con una caída del salario real ajustado por productividad (ergo, una reducción del poder adquisitivo) y con una desregulación importantísima en muy poco tiempo. Myrdal claramente había caído en la falacia del poder adquisitivo.

Un ejemplo increíble de como la torpe y prejuiciosa visión de un progresista sobre la economía de mercado hizo que su análisis sea un fracaso ridículo. 

Samuelson (keynesiano) y Myrdal (socialista), dos Premios Nobel y dos fracasos que pasaron a la historia por haber puesto la ideología por delante del análisis económico serio. 



Henderson, David R. (2010) “The U.S. postwar miracle”. George Mason University: Mercatus Center. Working paper 10-67.

viernes, 15 de enero de 2016

Podemos despedir a los empleados públicos sin crisis (II)


Las siguientes preguntas y cuestiones posiblemente se le ocurran al lector del post anterior:

- “¿Puede realmente realizarse esto en Argentina?” 

Claro que sí. 

-“Pero no podemos echar a todos los empleados públicos. ¿Quién se encargaría de presidir el gobierno, hacer las leyes, cuidar las calles, pagarle a los jubilados, etc?” 

El caso que plantee sirve para demostrar que podemos echar a todos, si se quiere, sin graves problemas. Pero, si lo desean, pueden correr a todos menos a un número mínimo necesario de empleados para realizar las tareas básicas del Estado. La conclusión no cambia para nada. Si ese número es, digamos, 500 mil empleados, entonces pueden despedir los otros 3,93 millones tranquilamente. O en su defecto, a todos los 2 millones agregados en la “Era K”.

-“Lo que decís no es políticamente viable”. 

Sí lo es. Un político (del partido Demócrata) lo realizó en 1946. Y no le hizo mucho caso a las malas y apocalípticas predicciones de economistas keynesianos. No porque él fuera un presidente “laissez faire”, claramente no lo era, ni porque creyera en el mercado sino por circunstancias. Por ejemplo, Truman deseaba conservar los controles de precios y el congreso pasó legislación en junio de 1946 para mantenerlos otros nueve meses. Pero al presidente no le gustó la cláusula de caducidad y otros aspectos que los debilitaban, por lo cual vetó la propuesta. Como resultado, los controles de precios terminaron el 30 de junio de 1946 (Anderson, 2010). Truman y el congreso volvieron a reimplantarlos a fines de julio pero con muchas más excepciones y límites para los controladores, junto con una fecha para cerrar la Oficina de Administración de Precios. Para octubre los controles de precios causaron una escasez de carne y una encuesta reveló que la mayoría de la gente se había vuelto en contra de ellos, por lo cual Truman los eliminó sobre la carne. En noviembre, solo cuatro días luego de la derrota electoral en la cual el partido Republicano, muy crítico de los controles de precios, le quitó la mayoría en ambas cámaras a los Demócratas, Truman abolió casi todos los controles de precios restantes (Anderson, 2010). Como se ve, ya sea por circunstancias o por decisión deliberada, se puede hacer. Incluso en el caso de que realmente no fuera políticamente posible, es lo correcto y ya. Si me dicen que lo políticamente viable y lo correcto en muchas ocasiones no coincide, pues bienvenidos al podrido mundo real de la política.

-“¿Puede el sector privado argentino absorber a todos los empleados públicos echados?” 

Sí, pero solo: 1) bajando brutalmente (léase, ¡mucho!) los impuestos y eliminando la mayoría de ellos, 2) disminuyendo brutalmente (léase, ¡mucho más!) el gasto público total, 3) desapareciendo el déficit fiscal (léase, ¡cero!) y 4) quitando regulaciones estatales brutalmente (léase, ¡eliminarlas!) a la actividad privada laboral y empresarial. Si solo si se cumplen las cuatro, simultánea (nada de hacer una, y luego dentro de 2 años la otra) y rápidamente (nada de gradualismo), el desempleo no trepará al nivel que anticipan algunos pseudo periodistas al despedir a los empleados estatales.

- “Ese caso de Estados Unidos no es aplicable a Argentina porque son dos situaciones y economías muy diferentes”. 

En cuanto a la “situación”, es básicamente la misma: un Estado enorme y al cual la gente ya no está dispuesta a financiar más, con la posibilidad de despedir a una parte de importante de sus empleados. El detalle particular sobre la actividad que realizan los empleados estatales en el caso de Estados Unidos y en el caso de Argentina es irrelevante para el hecho general principal: gente que realiza tareas que el Estado impone. No importa que en un caso son soldados y en el otro empleados que manejan papeles, ello para nada altera el hecho de que ambas son actividades que reciben un salario pagado con impuestos y ambas contribuyen al tamaño desmesurado del Estado. 

Por otro lado, la capacidad empresarial argentina no es extremadamente diferente a la norteamericana o de otros países. Una vez liberados del peso regulador y expropiador del Estado, no hay ninguna razón por la cual los emprendedores argentinos no puedan aprovechar las múltiples oportunidades de negocio que surgirían en este país. Si no lo hacen los que ahora son empresarios, lo hará una nueva generación que les compita y los reemplace con ideas y modelos de negocio mejor adaptados a la situación en la cual el Estado ya no protege ciertas empresas con privilegios. De hecho, la baja de costos de oportunidad por la disminución de gasto, regulación e impuestos hará que, en términos netos, pueda haber más empresarios de los ya existentes. Trabajadores podrían surgir como emprendedores. Gente que antes no emprendía porque el ahogo estatal fastidiaba la rentabilidad esperada de sus proyectos, tendrá ahora incentivos para intentar llevarlos a cabo. Y aun bajo el supuesto, irreal y absurdo, que toda la población argentina es inepta para emprender y no lo hace a pesar de la gran cantidad de oportunidades de beneficios abiertas por el retroceso estatal; vendría gente no-argentina de otros lados cercanos o lejanos que sí está dispuesta a correr los riesgos. Eso fue lo que ocurrió en el siglo XIX, donde las personas venían a arriesgarse y prosperar mientras el Estado era solo el 10 % de la economía y no interfería como hoy. No hay ninguna razón para pensar que el sector privado no pueda absorber a la masa de gente echada del sector público, si se le permite operar libremente.

-Dado que los salarios reales ajustados por productividad bajaron en Estados Unidos luego de la “mega austeridad” de 1946, “¿Acaso sos un defensor de explotadores empresarios que está pidiendo una rebaja de salarios?” 

Claro que no. Yo no “pido” ni salarios altos ni salarios bajos, sino salarios libres. Ni privilegios estatales para contratistas ni para contratados, sino contratos libres. Si, dada cierta configuración del mercado laboral argentino desprovisto de privilegios, lo salarios reales deben bajar para evitar el desempleo masivo, pues que bajen. Si tienen que subir o mantenerse, pues que suban o se mantengan. Y ni siquiera es cierto que debamos hablar sobre “salarios” en agregado. Algunos salarios seguramente bajarán, pero necesariamente otros deben subir, todo ello reflejando el cambio de circunstancias en diferentes mercados. Lo que importa para la economía son los precios y salarios relativos, no el “nivel” de salarios. Pero incluso asumiendo que bajaran, ese ajuste se debería a la intervención previa del Estado gastando y manteniendo artificialmente elevados muchos salarios, no al mercado en sí. Luego del corto periodo de ajuste a la nueva situación, la productividad argentina aumentaría al estar liberada del lastre gubernamental. Con lo cual los salarios reales crecerían sosteniblemente a medio y largo plazo. Mientras que manteniendo el esquema actual de super-Estado, ciertamente el gran ajuste no ocurriría (al menos a corto plazo), pero la tendencia a la pobreza dados los bajos y decrecientes niveles de productividad argentina continuará. Usted decide si quiere un sacrificio de corto plazo para ser más rico luego o si quiere continuar en la lenta decadencia. No hay más opciones. 

-“¿Hay ahorro privado para llevar a cabo inversiones que permitan la absorción?” 

Sí, hay bastante ahorro. Según estimaciones del INDEC, unos 228.357 millones de dólares están fuera del sistema financiero (“bajo el colchón”, en cuentas externas, etc.) hacia el segundo trimestre de 2015. Pero a causa de, precisamente, la ultra-regulación estatal, los altísimos impuestos, los desastres monetarios históricos y expropiaciones debidas al déficit fiscal y el nivel distorsionador de gasto público; nadie tiene incentivos para invertirlos.

-La última pregunta es la más obvia: “¿Tiene el presidente Macri la valentía (ya ni siquiera el apoyo), la entereza y las ideas claras para llevar a cabo esto en esta forma no-gradual?” 

Mi respuesta es un rotundo NO. Macri no ha demostrado la valentía necesaria para esto (ni en sus 8 años en CABA ni en el mes que lleva de presidente), ni la entereza suficiente con su estilo de no confrontación y mucho menos ideas claras bajo su absurdamente amplio y vacío concepto de “gestión”. De hecho, hasta ahora, solo está tratando de salvar al Estado grande, en lugar de reducirlo, al poner CEOs exitosos de empresas privadas para “gestionar” la ineficiencia de las públicas. No esperen milagros, porque no los habrá. Macri es un estatista de derecha. Lo de que es “liberal” es solo propaganda que la izquierda (kirchnerista y no-kirchnerista) usa para encajar al mundo real en su orbe de fantasía.



Nota: lo anterior estaba escrito antes de que el gobierno anunciara sus metas hace unos días. Ello reveló el modo gradualista en que piensa llevar a cabo sus políticas. Por ejemplo, supuestamente bajando únicamente un punto de PBI de déficit fiscal en este año. Todo lo contrario de lo expresado aquí. 




Anderson, David R. (2010) “The U.S. postwar miracle”. George Mason University: Mercatus Center. Working paper 10-67.

jueves, 14 de enero de 2016

Podemos despedir a los empleados públicos sin crisis (I)


Argentina tiene actualmente un enorme problema fiscal y hoy en día está muy de moda hablar sobre despidos de empleados estatales. El país tiene aproximadamente 4,43 millones de empleados públicos. De ellos, 2 millones se agregaron durante la “década K”. La creencia popular es que no se los puede despedir porque solo engordarían las filas de desempleados, empeorando la situación económica y alimentando un descontento generalizado que podría terminar en una revuelta. ¿Puede Argentina despedir a miles o incluso millones de empleados estatales sin que ello provoque una crisis económica y un masivo desempleo? Un caso histórico nos ayudará a comprender que sí puede.

Luego de terminada la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos bajó de manera brutal el gasto público. Millones de empleados del estado, soldados y civiles, fueron despedidos de la noche a la mañana. Con todo eso, la economía americana se mantuvo con pleno empleo y creciendo de manera formidable. La lección: se puede hacer un ajuste fiscal monumental, de manera rápida y sin crisis, ni desempleo, ni depresión económica. Como veremos, fue puro shock. No hubo nada de gradualismo. Las explicaciones keynesianas por el “milagro” de posguerra tienen tantos defectos que son descartables (Vedder y Gallaway, 1991; Higgs, 1999; Anderson, 2010).

Debido a la Segunda Guerra Mundial, los norteamericanos aumentaron el gasto público total (federal + state + local), principalmente defensa, desmesuradamente. Pasó de 18,82 % del PBI en 1941 a 51,79 % en 1945


Pero luego de la guerra, Estados Unidos bajó el gasto público total de más del 50 % del PBI de nuevo al 20 % en solo 3 años

Por otro lado, Argentina tiene hoy un gasto público consolidado (nación + provincias + municipios) de más del 50 % del PBI. La mayor parte del mismo no es otra cosa que salarios de empleados y jubilaciones.

Estados Unidos retrajo el nivel del gasto público* consolidado desde los 118 mil millones de dólares de 1945 hasta unos 79 mil millones en 1946. Es decir, el gasto estatal total cayó casi 33 % en solo un año. Luego, en 1947, se retrajo otro 27 % respecto al año anterior. Y finalmente disminuyó un casi 5 % en 1948. En total, el gasto estatal consolidado bajó un 53 % entre 1945 y 1948. El gasto público total se redujo a la mitad en solo 3 años.


Los déficits fiscales federales, dado el gasto total, para pagar la segunda gran guerra fueron monumentales. El rojo de las cuentas estatales absorbía el 29 % del PBI en 1943. Hacia 1944 bajó un poco hasta el 25 % para volver a subir el año siguiente hasta el 27 %. Terminada la guerra y con el brutal recorte de gasto de 1946, el déficit fiscal cae desde el 27 % hasta el 12 % del PBI (menos de la mitad de déficit en solo un año). Para 1947 el déficit era solo el 1 % (90 % de reducción en un solo año) y ya en 1948 se produce un superávit fiscal de más de 2 %.


En la actualidad, Argentina no tiene, ni de cerca, un déficit fiscal tan abultado. Pero aun así es muy elevado para un país que no está en guerra: un 8 % del PBI. El más alto de los últimos 28 años.

La FED tampoco realizó mucha expansión en esos años. El agregado de la base monetaria se estancó entre 1946 y 1951. Y la oferta monetaria M1 creció solo 9 % entre septiembre de 1945 y septiembre de 1948, mientras el M2 únicamente un 13 %. Nada fuera de lo normal.

Observen el siguiente cuadro que es el que presentan Vedder y Gallaway (1991) para Estados Unidos:


La Segunda Guerra Mundial terminó en septiembre de 1945. Solo en un año, desde junio de 1945 a junio de 1946, el gobierno despidió a casi 10 millones de personas. Leyeron bien: el gobierno en solo un año dejó sin empleo a 10 millones de americanos, 16 % de la fuerza de trabajo, que nosotros llamamos Población Económicamente Activa (PEA), de 1946.

En la Argentina actual, la PEA es de aproximadamente 19 millones de personas. Con lo que el total de empleados públicos representa un 23 % de la misma. Pero que ese porcentual sea mayor en el caso argentino no afecta el argumento. Ambos son porcentajes muy amplios de la PEA y ambos pueden bajarse a cero o un poco más de cero. En el caso argentino, si se quiere, se pueden despedir a varios millones, dejando solo el personal mínimo necesario para que el Estado realice las funciones básicas. Podemos incluso solo limitarnos a los 2 millones de empleados agregados en los últimos 12 años y que representan solo el 10,50 % de la PEA.

¿Acaso toda esa gente en la calle en tan poco tiempo provocó una subida fenomenal de la desocupación en Norteamérica? ¿Hubo una depresión luego de recortar drásticamente el gasto y empleo público como pronosticaban algunos economistas (varios keynesianos, claro) en años previos al fin de la guerra? ¿El sector privado pudo con toda esa mano de obre desocupada? Veamos:

A pesar de 10 millones de despedidos del Estado en solo un año, la tasa de desempleo llegó a un muy razonable 4,15 % en ese periodo. ¿Cómo fue posible esto?
  • 1) Hubo una caída en la oferta laboral: Noten que la población total apta para trabajar aumentó casi en un millón de personas en el año. A pesar de ese crecimiento neto del total, la PEA disminuyó en casi 5,6 millones de personas. Al terminar la segunda gran guerra mucha gente se retiró del mercado laboral. En particular, millones de mujeres voluntariamente decidieron salir de la fuerza laboral para volver a sus trabajos de madres, esposas y amas de casa**. Muchas otras, al igual que muchos hombres, decidieron también volver a la escuela o universidad. La participación de las mujeres en el empleo civil baja bastante, del 36,39 % al 29,65 %. Siempre recuerden que esta caída de la oferta laboral fue voluntaria. Con lo cual el desempleo potencial de 10 millones cayó en 56 % al ser absorbido por la salida voluntaria de 5,6 millones de personas del mercado laboral. La oferta de trabajo se contrajo y volvió a los niveles normales (históricos) que habían sido alterados por el hecho insólito de la guerra mundial (Vedder y Gallaway, 1991). Sin embargo, es falso decir que “el desempleo no fue alto solo porque las mujeres dejaron sus puestos en plantas y volvieron al hogar”. De las 4,9 millones de mujeres que entraron a la PEA entre 1941 y 1944, 2,4 millones permanecieron en el mercado laboral (Anderson, 2010).
  • 2) Ocurrió un aumento de la demanda del sector civil: A pesar de lo anterior, todavía quedaban 4,4 millones de desempleados. El otro factor que contribuyó a aminorar el desempleo fue que la industria civil (no empleo en el gobierno), en su mayoría sector privado, le dio trabajo a 2,7 millones de trabajadores en solo un año. El 27 % del desempleo potencial de los 10 millones fue absorbido por la producción civil entre junio de 1945 y junio de 1946 (Vedder y Gallaway, 1991). El restante 1,7 millón de personas, en adición a los 0,89 millones anteriores, son el 4,15 % de desempleo.
Alguien podría argumentar, mirando el cuadro, que el desempleo claramente subió desde más de 1 % en junio de 1945 hasta el 4 % en junio de 1946. Pero hay que aclarar que el desempleo de junio de 1945 está ficticiamente disminuido debido a que muchos trabajadores estaban “empleados” de soldado y peleando la guerra o haciendo municiones. En circunstancias normales (o sea, sin conflictos militares mundiales), menos de 5 % de desempleo es o “pleno empleo” o casi “pleno empleo”. Por si eso fuera poco, esa tasa menor a 5 % está por debajo de la tasa de desempleo promedio de Estados Unidos de todo el siglo XX. Es más, está incluso por debajo del promedio de los “prósperos” años 20s y 50s (Vedder y Gallaway, 1991). Para más inri, una intervención del Estado (los seguros de desempleo para veteranos) hizo que esa tasa de desempleo sea más alta de lo que habría sido sin la intervención (Higgs, 1999). Por lo tanto, el 4,15 % de desempleo de junio de 1946, ya terminada la guerra, es claramente “pleno empleo”.

Adicionalmente, el porcentaje de personas absorbidas por el sector civil fue mayor. Si incluimos las industrias de defensa, se despidieron en total a 11 millones de personas de las cuales 4 millones (más del 36 %) fueron absorbidos por la economía civil. Esto es debido a que, en el primer año de posguerra en que aumentó el empleo en 2,7 millones, las industrias de consumo todavía no alcanzaban la producción completa y también el empleo en fábricas de junio de 1946 estaba todavía más de 10 % debajo de los niveles de junio de 1945 (por la baja de producción relacionada con la defensa). Lo que implica que el crecimiento en el empleo no manufacturero y no del gobierno fue, de hecho, de 4 millones (Vedder y Gallaway, 1991). La tasa de desempleo continuó siendo asombrosamente baja hasta 1948. Entre 1944 y 1948, luego de que el gobierno despidiera a casi 11 millones de personas, el sector privado (comercio minorista y mayorista, servicios, construcción, vehículos y equipamiento, finanzas y bienes raíces, etc.) añadió 5,12 millones de empleos (Anderson, 2010).


Por otro lado, el PBI real norteamericano cayó un inédito 20,60 % en 1946, una bestialidad que superaba con creces el peor año de la Gran Depresión: 1932. También se desplomó antes en 1945 un 4 % y en 1947 un 1,5 %. ¿Qué ocurrió? ¿Hubo otra Gran Depresión en 1945-1947? No. Lo que hubo fue “magia estadística”. El PBI incluye el gasto público, el cual había subido tanto que absorbía gran parte del producto. Una baja desorbitada del gasto de gobierno implicaba una caída enorme del PBI. Si restamos el gasto público del PBI nos queda el producto del sector privado o Producto Bruto Privado (PBP). En 1946 el PBP real creció un increíble 29,50 %, cifra jamás igualada, mientras el PBI real caía 20,60 %. El PBP creció en 1945 aproximadamente 10 % y en 1947 un 3 % (Higgs, 1999). En total, el crecimiento del sector privado real en 1945-1947 fue de 33,80 % según cifras deflactadas con dudosos índices oficiales. Usando alternativos, el crecimiento pudo ser de 44,50 % (Higgs, 1999). En palabras simples, el sector privado surgió con toda su fuerza gracias a que el Estado se apartó.

¿Cómo ocurrió que el sector civil no manufacturero aumentó tanto como para absorber tamaña cantidad de empleados públicos despedidos?
  • a) Los salarios reales ajustados por productividad bajaron: se permitió que el mercado laboral hiciera los ajustes necesarios ante ese masivo exceso de oferta laboral de 11 millones en un solo año. Los mercados laborales actuaron rápido y eficientemente. Primero, como vimos, vía una reducción de la oferta. Segundo y adicionalmente, a través de una reducción de los salarios reales ajustados por productividad. Estos cayeron aproximadamente un 2,35 % en 1946 y un 7,15 % en 1947. Millones de trabajadores consiguieron trabajo y fueron contratados por empresas a pesar del futuro incierto simplemente porque “el precio era el correcto” (Vedder y Gallaway, 1991). Exactamente lo contrario de lo que ocurrió en la Gran Depresión, cuando el Estado no permitió al mercado laboral ajustar. Aun así, Higgs (1999) pone dudas de que todos hayan bajado.
  • b) Bajaron los impuestos: con la “Revenue Act” de 1945 se bajaron las tasas superiores de impuestos a los ingresos de las empresas y se eliminó el impuesto a las ganancias excesivas (un típico impuesto de guerra). Este último no era poca cosa. Solo entre 1941 y 1945 el acumulado de los pagos netos por ese impuesto fue de 40 mil millones de dólares (Higgs, 1999), que equivalen a 527 mil millones hoy. Con lo cual, las empresas disfrutaron de una suba de beneficios entre 1946 y 1948 (Higgs, 1999; Vedder y Gallaway, 1991). El ahorro bruto que permitían esos crecientes beneficios entre 1945-1948, habilitó buena parte de los fondos para el financiamiento de la gran inversión de posguerra que absorbió a los desempleados. La tasa marginal más baja también fue disminuida (Anderson, 2010).
  • c) Desregulación en tiempo record: la gran mayoría de los siempre cambiantes controles y regulaciones de guerra que asfixiaban la economía se quitaron en 1945, y en 1946 la mayor parte del resto (Higgs, 1999). Los controles de precios, regulaciones, prohibiciones, prioridades, programación de fechas, asignaciones físicas, conservación y limitación de órdenes, cuotas, subsidios, rechazos, racionamiento de bienes, racionamiento de crédito, control de tasas de interés, servicio militar obligatorio, la masiva inversión estatal, etc. desaparecieron en tiempo record (Higgs, 1999). En un lapso mínimo, dos años o menos, la economía norteamericana se despojó de una inmensa cantidad de regulaciones (Anderson, 2010). Ello validó la confianza e incentivó a los empresarios a actuar. Además, precisamente el hecho de que se esperaba que muchas regulaciones del mercado laboral fueran solo transitorias y se terminarían luego de la guerra, como finalmente ocurrió, fue otro factor fundamental para lograr el muy bajo desempleo.
  • d) El Estado no haciendo crowding-out: el Estado dejó de “desplazar” al sector privado al cancelar contratos militares inmediatamente, vender muchas fábricas estatales a privados, trasformar su déficit en superávit, etc. (Higgs, 1999)
Sí, es posible reducir el tamaño e influencia del Estado y despedir a todos los miles o millones de empleados públicos que se quiera en muy poco tiempo y sin un Apocalipsis de desempleo alto, crisis y depresión económica. En resumen, podemos “echarlos a todos”.

Vengan de a uno.




*Observen que el nivel del gasto público no regresa a la altura que tenía en 1940, sino que, luego de la tremenda subida, baja hasta una cota superior. Eso es lo que se conoce como "efecto trinquete" y es lo que refuta las absurdas teorías de Naomi Klein.

**Amiga/o feminista, si en caso de leer esto estás pensando en que yo quiero o estoy mandando a que las mujeres vuelvan a sus “roles” supuestamente “impuestos” por la “sociedad heteropatriarcal” o algo así, no entendiste nada. Contar los hechos históricos como fueron deja fuera cualquier intencionalidad que se invente el lector prejuicioso sobre quien escribe. 






Anderson, David R. (2010) “The U.S. postwar miracle”. George Mason University: Mercatus Center. Working paper 10-67.

Higgs, Robert (1999), “From Central Planning to the Market: The American Transition, 1945-1947”. The Journal of Economic History. Vol. 59, No. 3, 600-23.

Vedder, Richard K. y Gallaway, Lowell E. (1991) “The great depression of 1946”. The Review of Austrian Economics. Vol. 5, No. 2, 3-31.