martes, 7 de agosto de 2018

El fracaso histórico del gradualismo y la heterodoxia en Argentina

Imagen de The Economist

Emilio Ocampo tiene un excelente y reciente paper (Ocampo, 2017) donde analiza, de forma histórica y descriptiva (aunque no teórica), los más importantes planes de estabilización desde 1952 hasta 2015. 

¿Qué es un plan de estabilización? Un plan de estabilización es una serie o conjunto de medidas que se introducen principalmente para estabilizar la variación de los precios, es decir, para combatir la inflación. 

Las conclusiones de su trabajo son claras: (a) el gradualismo no funcionó. (b) los planes exitosos siempre incluyeron considerables restricciones monetarias y ajustes fiscales (no solo subir impuestos, también bajar el gasto). (c) los controles de precios y salarios no son condiciones necesarias ni suficientes para reducir la inflación. (d) los planes ortodoxos tuvieron mayor éxito que los planes híbridos y heterodoxos. (e) a lo largo del tiempo, los planes exitosos y los ortodoxos redituaron mayor tasa de crecimiento de PIB y salario real (Ocampo, 2017: 3).


En Argentina, entre 1952 y 2015, hubo 10 planes de estabilización que duraron 2 años o más. La mitad de ellos fueron exitosos mientras que el resto fracasaron (los que están en color gris en el gráfico). Exitoso significa que (1) redujo la tasa de inflación anual acumulada a 15 % o menos en el mes 24 o el promedio de los meses 23-25 y (2) permaneció en ese nivel en promedio en el periodo empezando en el mes 25 y terminando en el mes 48 (o el mes en que el plan terminó, si lo hizo antes) (Ocampo, 2017: 10). Noten que la definición de "éxito" no contempla las consecuencias de la inflación reprimida (vía controles o congelamiento de precios, tarifas o salarios) y la distorsión de precios relativos (Ocampo, 2017: 10).

¿Por qué 24 meses o más? Porque la evidencia de los 10 planes de estabilización muestra que el hecho de que reducir la tasa de inflación por debajo de 15 % los primeros 12 meses era condición necesaria pero no suficiente para el éxito. En cambio, reducir la inflación a ese nivel dentro de 24 meses sí era suficiente (Ocampo, 2017: 18). Los datos dejan ver que, si el plan no redujo la tasa de inflación anual debajo de 15 % dentro de los 24 meses, jamás lo hizo (Ocampo, 2017: 10).

Planes exitosos y fracasados

Los cinco planes de estabilización que tuvieron éxito fueron: Gómez Morales (1952), Álvaro Alsogaray (1959), Krieger Vasena (1967), Domingo Cavallo (1991) y Roberto Lavagna (2002)



Sobre Gómez Morales se debe tener en cuenta que él ideó el plan pero no era el ministro de hacienda encargado de implementarlo, cargo ocupado por Pedro Bonanni. Algo similar ocurrió con Raúl Prebisch y Eugenio Blanco y también, hasta cierto punto, con el FMI y Donato del Carril y Álvaro Alsogaray.

Por otro lado, los cinco planes de estabilización que fracasaron han sido: Eugenio Blanco (1955), José Ber Gelbard (1973), Martínez de Hoz (1976), Juan vital Sourrouille (1985) y Axel Kicillof (2013)



A pesar de que Gelbard duró solo 17 meses en el cargo, su plan no se fue con él. Gómez Morales regresó y lo sucedió, pero, en los tres meses que duró, no intentó ninguna medida seria para combatir los desequilibrios descomunales acumulados. Por lo que puede ser tomado como continuador del plan. Celestino Rodrigo, y luego Bonanni, lidiaron con las consecuencias del plan de Gelbard.

Ortodoxia y heterodoxia

¿Qué tan ortodoxos o heterodoxos fueron los planes? Ocampo realiza una escala simple que se basa en el grado de restricción fiscal y monetaria, la dependencia en controles de  variables clave como precios, salarios, tipo de cambio, flujo de capital, comercio exterior, etc.



La escala va desde 0 hasta 2, donde 0 es completamente ortodoxo y 2 es completamente heterodoxo. Los planes híbridos pueden mezclar cosas de ambos.

Inflación


Claramente los planes ortodoxos fueron efectivos y redujeron la tasa, mensual y acumulada anual, de inflación considerablementeMientras que los planes híbridos a pesar de también bajarla, en última instancia la mantuvieron muy alta. Los planes heterodoxos no solo mantuvieron la inflación alta, sino que terminaron aumentándola.



Y no solo eso, los planes ortodoxos redujeron la inflación TODAS LAS VECES, un ratio de éxito del 100 %. Por ende, tendieron a durar más, en promedio. Los planes híbridos solo fueron exitosos la mitad de las veces. Mientras que los planes heterodoxos tuvieron éxito el 0 % de las veces.

Oferta monetaria



¿Cómo controlaron la inflación los planes exitosos? ¡Reduciendo la tasa de expansión de la oferta monetaria! Predeciblemente, los planes que fracasaron no controlaron la oferta monetaria y, por ende, la inflación.

Por otro lado, los planes ortodoxos lo lograron y bajaron la inflación. Los híbridos lo hicieron a medias y no alcanzaron reducir la inflación de niveles elevados. Los heterodoxos, para sorpresa de nadie, jamás pudieron o quisieron controlar la tasa a la que se expandía el dinero.

Déficit fiscal


Una de las mayores diferencias entre los planes exitosos y los fracasados, es que los primeros lograron bajar el déficit fiscal, tanto en porcentaje del PIB como respecto a la situación previa al plan, rápidamente y de forma considerable. Los planes que fracasaron, no lo hicieron.

Los planes ortodoxos, en promedio, ya tenían incluso un poco de superávit al segundo año. Para los planes híbridos, la reducción fue lenta, pero el déficit siguió existiendo. Los planes heterodoxos mantuvieron déficits altos e incluso los amplificaron más.

Gasto público


En promedio, los planes exitosos lograron reducir el gasto público hasta el tercer año en general, en conjunción con aumentos de impuestos. Los planes fracasados, aumentaron el gasto los primeros años y dependían solo de subir los impuestos para bajar el déficit, sin lograr ninguna baja significativa al cuarto año.

Los planes ortodoxos sí redujeron el gasto mientras aumentaron impuestos. Los híbridos aumentaron impuestos pero ni siquiera lograron bajarlo. La heterodoxia aumentó el gasto.

Deuda pública



Acá hay una “trampa”. La deuda pública, a simple vista, sube más, en promedio, con los planes exitosos, en contradicción con el plano fiscal. La razón para esto es que los planes exitosos incluyen el periodo 2002-2005, el plan de Lavagna, cuando el ratio deuda/PIB explotó en 2002 desde aproximadamente 50 % en 2001 a 140 % en 2002 por la megadevaluación y la caída del PIB. Esa suba descomunal es lo que eleva todo el promedio de los exitosos.

Excluyendo excepciones como Lavagna y Gómez Morales, los planes exitosos terminaron con igual nivel de deuda pública que antes de lanzar el plan. Con los planes fracasados pasa algo similar: incluyen Martínez de Hoz y el aumento (al doble) de la deuda sobre PIB por la devaluación de 1981 (en 1980 era 12,4 % y en 1981 pasó a 26,1 %). Pero aun sacando a Hoz, los planes fracasados terminaron con más nivel de deuda pública que los exitosos.

En cuanto a los planes con “etiqueta”, los ortodoxos sí lograron reducir el endeudamiento público. Mientras que bajo los planes de estabilización híbridos y, en especial, los heterodoxos la deuda aumentó. Los híbridos incluyen Lavagna y Morales, y aun sacándolos la deuda aumenta.

Cuenta corriente


El fetiche heterodoxo favorito: el sector externo. El déficit de la cuenta corriente se redujo el primer año y desapareció en el segundo para los planes exitosos, luego reapareció y empeoró. Los planes fracasados también lo redujeron los primeros años pero luego se mantuvo.

Los planes ortodoxos y heterodoxos terminaron aumentando el déficit de cuenta corriente, mientras los híbridos sí lograron reducirlo. En el caso de los ortodoxos, el déficit de cuenta corriente reflejaba la mayor inversión del sector privado así como la apreciación real del peso dado el gran ajuste fiscal. Para los heterodoxos, el déficit podría reflejar una contracción de la demanda agregada. 

Por ende, lo que ocurrió con la cuenta corriente no tuvo la influencia exagerada sobre el éxito o fracaso de un plan que la heterodoxia le da.

Tipo de cambio real



Con la excepción de Cavallo y Alsogaray, en promedio, los planes exitosos lograron una inmediata depreciación real de la moneda que ayudó a las exportaciones y redujo el déficit externo. A medida que pasó el tiempo, la depreciación se evaporó. Los planes que fracasaron, terminaron apreciando en términos reales la moneda a lo largo del tiempo, lo cual explica el déficit de la cuenta corriente.

En cuanto a los planes ortodoxos, en promedio, ambos terminaron apreciando en términos reales la moneda. Lo contrario ocurrió bajo los planes híbridos y heterodoxos. La depreciación fuera de serie del tercer año de los planes heterodoxos se explica por la corrección de Celestino Rodrigo (el plan de Gelbard).

Crecimiento



Los planes exitosos comenzaron con una caída del PIB el primer año, de 1 % en promedio (excepto Cavallo), pero fueron extremadamente reactivantes, logrando “tasas chinas”. Los planes fracasados, no reactivaron del todo o estancaron el PIB.

Los planes ortodoxos lograron un MAYOR CRECIMIENTO que los híbridos y heterodoxos. Además, no tuvieron caída el primer año.

Salarios reales



Los planes exitosos lograron aumentar los salarios reales a lo largo del tiempo, mientras los fracasados los terminaron bajando como consecuencia de no controlar la inflación.

Los planes ortodoxos también aumentaron los salarios reales, incluso más que los híbridos. Los heterodoxos los incrementaron más, pero, como es esperable, esos aumentos probaron ser insostenibles.

Distribución del ingreso



Los planes exitosos resultaron ser significativamente mejores para la participación de los salarios en el ingreso que los fracasados. Esto puede ser por que la inflación resurge con venganza cuando fracasa un plan mientras los salarios se atrasan.

Dada la dispersión de datos de los planes ortodoxos y la falta de datos de la era Kicillof, las conclusiones deben tomarse con cautela. Con Gelbard pasó de 39 % a 46,7 %, pero esta suba resultó completamente insostenible. Cavallo logró una performance similar pero con Alsogaray la participación de los salarios bajó. La distribución del ingreso fue más benéfica para los trabajadores bajo planes ortodoxos que los híbridos.

Desempleo


En términos absolutos, los planes exitosos redujeron el desempleo mientras los fracasados lo aumentaron. Solo en términos relativos los últimos ganan.

Dado que hay cifras de desempleo desde 1961, el único plan ortodoxo utilizable es el de Cavallo y la redujo en más puntos que híbridos y heterodoxos. Los híbridos no consiguieron mucho resultado.

Contexto internacional/"Viento de cola"



Dado que Argentina ha sido tradicionalmente un exportador neto de materias primas agrícolas e importador neto de capital, las dos variables clave del "viento de cola" son el precio internacional de las materias primas y las tasas de interés. 

El resultado ha sido mixto: los planes exitosos han logrado triunfar a pesar de que enfrentaron precios de materias primas en caída los primeros años. Sin embargo, cuando vemos los términos de intercambio (índice de precios de exportaciones/índice de precios de importaciones) estos se mantuvieron. Enfrentaron tasas de interés internacionales reales a la baja y nominales relativamente constantes. Los planes que fracasaron tuvieron precios agrícolas al alza pero términos de intercambio decrecientes. Además, contaron con tasas reales de interés internacional a la baja pero nominales al alza.

Por otro lado, los planes ortodoxos, y en menor medida los híbridos, tuvieron la desventaja de precios de materias primas a la baja, mientras que los heterodoxos disfrutaron de la ventaja de subas enormes. Sin embargo los ortodoxos sí disfrutaron una suba de términos de intercambio mayor a los híbridos y heterodoxos. Los planes heterodoxos disfrutaron de tasas de interés reales decrecientes y nominales con pocos cambios.






Ocampo, Emilio (2017), “Fighting Inflation in Argentina: A Brief History of Ten Stabilization Plans”. Serie Documentos de Trabajo. Buenos Aires, Argentina: Universidad del CEMA.

jueves, 26 de abril de 2018

DLC, pases de temporada, expansiones y micropagos: ¿La culpa es de las empresas?


Dentro de la comunidad de videojugadores, hoy en día es permanente escuchar quejas sobre que los juegos actuales ya no se venden “enteros” de salida. Es decir que, cuando un videojuego nuevo sale, ya no lo hace con todo el contenido incluido, sino “por partes”. Al ponerse un nuevo software en el mercado al precio estándar de salida, además, se suele anunciar que en un futuro se le agregará contenido extra por el que habrá que pagar adicionalmente. Lo que todos conocemos como DLC (downloadable content o contenido descargable), expansiones, pases de temporada e incluso las tan odiadas microtransacciones (pagar pequeñas cantidades de dinero real por extras dentro del videojuego que no vienen incluidas o son difíciles de desbloquear normalmente). La reacción común de la gente es directamente culpar a las empresas. Sin embargo, en un análisis profundo, ¿Son realmente las culpables de tener que realizar esta práctica por su avaricia? ¿O están forzadas a adaptar su negocio a factores externos? Desafortunadamente, la respuesta es un poco más complicada que simplemente quejarse de las compañías de videojuegos. Para saber si son o no las únicas culpables de esta práctica tan criticada, debemos comprender cómo reaccionan las empresas ante las circunstancias en las que vive la industria del videojuego. 

Primero hay que aclarar unos conceptos: ¿Qué es la inflación? La inflación es, en su definición estándar, el aumento constante (o sostenido) y generalizado de los precios de una economía durante un periodo de tiempo. En español simple significa que “todo aumenta todos los años”. ¿A qué se debe la inflación? A que la cantidad de dinero en sentido amplio en la economía aumenta constantemente en un periodo. ¿Quién hace aumentar la cantidad de dinero en sentido amplio? El Estado: principalmente el banco central orquestando, y los bancos comerciales siguiendo. Cuando el banco central decide aumentar la cantidad de dinero, se dice que se lleva a cabo una política monetaria laxa o expansiva. En resumen, la secuencia es: el banco central realiza una política monetaria laxa -> aumenta la cantidad de dinero -> hay inflación (los precios suben). 

Por Economía 101 sabemos que cuando se incrementa la oferta de dinero, los precios y costos nominales (permaneciendo igual todo lo demás) tienden a subir, aunque sin hacerlo al mismo tiempo ni en la misma proporción que el aumento de la cantidad de moneda. Los precios no se determinan de forma automática, sino que hay decisiones consientes detrás (tanto de oferentes como de demandantes). Y aquí viene una de las claves: para muchos empresarios, sobre todo los que se mueven en mercados cuya demanda es sensible al precio o “elástica” (las compras de los clientes y los ingresos totales de la empresa reaccionan mucho ante cambios de precio), que sus costos aumenten no significa que pueden simplemente subir el precio de los bienes y ya. Las empresas siempre tratan de establecer los precios que piden a un nivel tal que maximice sus beneficios, no ponen “el precio que sea o el que se les antoje”. Por encima de ese óptimo, las firmas estiman que sus ingresos disminuirían y, por ende, no lo suben más. Por lo tanto, para industrias con demanda previsiblemente sensible al precio, elevarlo implica perder ingresos y beneficios. 

Como demuestra la ciencia económica, dos estrategias son las principales (aunque hay otras menos relevantes) cuando los costos aumentan constantemente debido a un proceso inflacionario mientras al mismo tiempo el precio del producto final no lo hace: (1) disminuir la cantidad del producto y (2) disminuir la calidad del producto. También es posible alguna combinación de ambas. 

El punto (1) significa reducir la cantidad del producto manteniendo su precio nominal igual. Por ejemplo, un paquete de galletas de 12 unidades se vende a $12. Ello significa que cada galleta vale $1 (precio ajustado por cantidad = precio nominal/cantidad). Ante el hecho de no poder subir el precio del paquete mientras está sufriendo subas de costos, la empresa puede empezar a venderlo (advirtiendo con más o menos claridad) conteniendo solo 10 galletas. Luego de eso, cada galleta ahora vale $1,2. El precio nominal del paquete de galletas no cambió (sigue siendo $12) pero el precio efectivo sí lo hizo (aumentó desde $1 a $1,2). Los clientes seguirán comprando su paquete de galletas a $12 como antes, aun cuando ahora solo tenga 10 galletas. 

¿Por qué las compañías adoptan esta práctica? La reducción de cantidad sin subir el precio es un intento por parte de las empresas de mantener los beneficios cuando se enfrentan a clientes sensibles al precio mientras ven subir sus costos monetarios. Pero noten que esto no ocurre únicamente por “la infinita avaricia” de los empresarios, sino debido al incremento de la cantidad de dinero y, por ende, a la suba de precios y costos. A causa de esos aumentos, el empresario debe perder tiempo, dinero y recursos escasos ideando estrategias para hacer menores empaques de forma poco obvia. 

En otras palabras, debido a la política monetaria laxa del banco central, los costos dinerarios están subiendo. Pero al mismo tiempo el empresario sabe que se enfrenta a una demanda que reaccionará mucho (dejarán de comprar considerablemente) si eleva el precio del producto y sus ingresos totales caerán. Las empresas se encuentran entre la espada y la pared. Es la inflación lo que induce a los empresarios a adoptar este comportamiento dada la estructura de su demanda. Las prácticas generalizadas de reducir la cantidad o calidad de los productos para venderlo al mismo precio no son el resultado de “la voluntad codiciosa o de la avaricia desenfrenada de las empresas”, sino que ello es el producto de su esfuerzo de permanecer en el negocio en un entorno inflacionario y además competitivo. En lugar de ofrecer mayor cantidad de producto o de mejor calidad al mismo precio, la inflación (causada por el Estado) instiga a los empresarios a invertir sus escasos recursos monetarios, trabajo y tiempo para hacer que pase desapercibido el incremento del precio efectivo por la reducción de la cantidad o calidad. La inflación provoca que se bajen costos vía reducción de gasto en inversión e innovación que beneficia a los consumidores. 

Pero ahora viene la pregunta: ¿Qué tiene que ver todo esto con los videojuegos y los contenidos extra? Seguramente el lector atento ya estará intuyendo la respuesta. 

Hay que recordar que los videojuegos no son productos de necesidad. Es decir que son lo que suele llamarse “bienes de lujo”, su consumo no es absolutamente necesario para la vida o salud. Adicionalmente, los videojuegos compiten con muchas otras formas de actividades para disfrutar el tiempo de ocio (leer, ver series, el cine, TV cable, etc.). Todo ello hace que la demanda de videojuegos sea muy sensible (“elástica”) a modificaciones de precio. Como ya se aclaró, esto quiere decir que cambios de determinada proporción en el precio pueden ocasionar una reacción en los ingresos totales de la empresa de mayor proporción. La mejor prueba de ello son los enormes descuentos (pueden ir de 20 % a 90 %) en videojuegos que se suelen ver en plataformas digitales o en las versiones físicas. Incluso se pueden observar descuentos de 50 % o 60 % en juegos con unos pocos meses en el mercado. Hace años el presidente de Valve, Gabe Newell, contaba en una entrevista que experimentaron realizar un muy promocionado descuento de 75 % sobre un determinado videojuego en su plataforma llamada Steam. Para sorpresa incluso de ellos, sus ingresos totales por ese juego se multiplicaron por 40 (!). Por otro lado, en Suecia, una tienda online de venta de juegos bajó sus precios un 75 % y vio sus unidades vendidas aumentar un increíble 5.500 %, así como sus ingresos totales incrementarse un 1.300 %.

Además, hay que tomar en cuenta que, en Estados Unidos, así como en Europa también, ha habido una notable inflación de precios y costos (causada por el banco central) desde mitad de los 90s hasta hoy

Por lo tanto, tenemos en la industria del videojuego las características esenciales del contexto que describimos anteriormente de forma general: inflación de precios y costos que repercute sobre empresas que se desenvuelven en un mercado competitivo. Veamos unos datos para comprenderlo mejor. 

Usando el trabajo de Jonathan Gitlin en el sitio Arstechnica, tenemos un buen aproximado del precio nominal de los videojuegos de consola nuevos en disco desde 1996 hasta 2013. Desde 2013 en adelante, simplemente coloqué el que es, hasta hoy mismo, el precio estándar de los grandes lanzamientos: 59.99 dólares.


Como se ve, si tomamos de punta (1996) a punta (2017), el precio de los videojuegos prácticamente no ha cambiado. Pagabas, en general, casi 60 dólares en 1996 por tus juegos de PlayStation 1 y Saturn tal y como lo haces hoy en 2017 por los de PlayStation 4 y Xbox One. Siempre recuerden que estos son precios nominales, no se toma en cuenta la inflación, porque lo que nos interesa es ver cómo han variado a lo largo del tiempo lo precios que los consumidores ven en el mostrador. La competencia los hizo caer a lo largo de la segunda mitad de los 90s. Pero, en promedio, prácticamente los precios (nominales) de los videojuegos se han mantenido constantes.

Para mostrar que detrás del proceso inflacionario está un incremento en el circulante, a continuación, se muestra cómo ha evolucionado la oferta de dinero amplia en Estados Unidos (usando los agregados monetarios MZM, M1 y M2). Cualquiera sea el agregado que tomemos, claramente ha habido un aumento significativo desde 1996.


Para medir aproximadamente cómo aumentó el precio de lo que pagan los consumidores por los demás productos, se usa el índice de precios al consumidor (IPC) e igualmente para los mayoristas se usa el índice de precios mayoristas (IPM). Reflejando el hecho de que los costos laborales en general también aumentaron, se usa el índice de costo de empleo, que mide cuánto pagan las empresas en salarios más beneficios (vacaciones pagas, horas extras, seguros de vida o trabajo, aportes patronales, etc.) a los trabajadores del sector privado. Al hablar de precios en dólares, obviamente, estos son datos de Estados Unidos.


Para simplificar la exposición, he hecho que todas las series de datos comiencen en valor 100 en 1996 (a excepción del costo de empleo, el cual empieza en 100 en 2001 porque recién desde ese año arrancan sus valores).

Claramente pueden notar que entre 1996 y 2017 los precios de los videojuegos se mantuvieron prácticamente constantes (aumentaron casi 0 %) mientras los precios del consumidor, así como mayoristas, crecieron aproximadamente 56 % y 52 % respectivamente. Al mismo tiempo, solo entre 2001 y 2017, los costos salariales totales (salarios + beneficios) de las empresas privadas crecieron un 46 % (es seguro que, si pudiéramos tomar desde 1996, el aumento sería todavía mayor). Está más que claro que los videojuegos, en general, mantuvieron sus precios nominales casi sin cambios en una era fuertemente inflacionaria.

De hecho, si los videojuegos hubiesen subido como aumentaron los precios al consumidor entre 1996 y 2017, hoy estarían en aproximadamente 94 dólares. ¿Les parece muy caro? Pues el reciente Dragon Ball FighterZ vale prácticamente eso (está a 95 dólares) en su versión completa digital, así como el todavía más actual Far Cry 5 que cuesta 90 dólares con todo su contenido. En resumen, si sumamos todo, los videojuegos completos ya han subido de precio. El hecho de que, para muchos, leer esto sea una sorpresa o les suene extraño es una de las razones por las que las compañías deciden no hacer completamente explícito el aumento.

En conclusión, la política monetaria laxa de los bancos centrales ha causado una notable inflación en las últimas décadas. Debido a eso, solo en Estados Unidos, precios y costos han subido considerablemente desde 1996. Al mismo tiempo, las empresas productoras de videojuegos sufren el fenómeno inflacionario mientras se desenvuelven en un mercado cuyos clientes son muy sensibles a cambios de precio. Dada la estructura de su demanda, la inflación causada por el banco central indujo a las empresas a adoptar la táctica de reducir la cantidad de contenido de los videojuegos de salida mientras mantienen el precio. Antes obteníamos el software completo de salida a 60 dólares, actualmente y a causa de la inflación obtenemos el software menos cierta cantidad de contenido pagando lo mismo. Tal y como ocurría en el ejemplo del paquete de galletas que pasaba de tener 12 a 10 unidades manteniendo el precio, hoy
en los videojuegos se pasó de tener juegos completos de salida pagando 60 dólares a que salga el juego base a ese precio histórico más el resto en forma de onerosos DLC, expansiones o micropagos. Recibimos menos cantidad de (contenido de) videojuego pagando lo mismo.

Por
último, no voy a negar que detrás de la suba de costos de producción de videojuegos (sobre todo salariales y de cantidad de empleados) puede haber factores reales. Después de todo, la expansión de la industria del videojuego ha sido enorme las últimas décadas. Cuando una determinada rama de la producción promete una tasa de rentabilidad mayor a la de otros sectores, ceteris paribus, aumenta la inversión en ese sector (mientras se tiende a “desinvertir” en sectores de menor tasa) y, consecuentemente, el precio de los factores no específicos complementarios de producción también lo hace. Pero la caída del precio de los equipos informáticos, así como de los costos de distribución por la vía de descarga digital, puede, a pesar de la inflación, compensar en cierta parte la suba de costos de personal en el desarrollo de juegos. Sin embargo, es un hecho que la inflación importante que ha sufrido Estados Unidos desde 1996 es un factor que afecta a todas las industrias, incluida la del videojuego.

La causa de estas prácticas va mucho más allá de la visión superficial general de unas malvadas empresas avaras que explotan al pobre jugador. Detrás del telón, se esconde el origen principal de los problemas: el Estado.

viernes, 5 de enero de 2018

El mito de que el capitalismo causa la brecha salarial de género (II)


En un post anterior vimos cómo el mercado tiene un mecanismo inherente y sistémico cuyo proceso tiende a igualar los salarios de hombres y mujeres cuando la diferencia no sea explicada por el valor de la productividad marginal esperada.  Ahora veremos unos pocos puntos accesorios que se pueden desprender de tal hecho y, de paso, contestaremos ciertas críticas posibles por parte del feminismo socialista que sostiene el mito.

El mercado no “prohíbe por ley”, pero castiga

El socialista moral podría decir que “no alcanza” solo con el incentivo del costo monetario, fundirse y la continua reducción de influencia que propicia el mercado porque “hay que evitar que la discriminación ocurra totalmente” y para ello “el Estado debe prohibirla por ley”. 

Por supuesto, tal argumento suena bien, pero ignora muchas cosas. Primero que nada, el Estado no es omnipotente. Que exista una regulación que lo prohíba, no necesariamente impide que un acontecimiento ocurra de todos modos (fuera de la visión del gobierno). Y mientras suceda fuera del ojo vigilante, la penalidad del Estado no se impone. Por ejemplo, el consumo o producción de ciertas drogas está prohibido con penas severas por parte del Estado en muchos países y aun así estas abundan entre sus habitantes. Segundo, el Estado está compuesto por hombres, muchos de ellos son sobornables y el Estado sistemáticamente favorece la corrupción. El hecho prohibido acontecerá mientras los funcionarios sean corrompidos. Por tanto, por más que se prohíba por ley, el hecho puede ocurrir de todas maneras de la misma forma que puede pasar en el mercado. La pena de cárcel o multa dineraria estatal es “tan incentivo” como lo son las penas que vienen del mercado. Sin embargo, la cuenta de pérdidas y ganancias del mercado es (a) incorruptible, (b) inescapable y (c) actúa de forma absolutamente inmediata. Es igual de severa con todos en cualquier rincón, a cualquier hora y ante ella no hay escapatoria ni soborno que valga. El mercado es inmediato e inescapable, mientras el Estado, no.

Bajo las reglas del mercado, no está “prohibido” discriminar (sin considerar productividad) en el sentido estricto de que nadie nunca jamás lo hará o intentará. Pero el proceso de mercado tiende a provocar que la gente sea menos discriminadora haciendo que lo paguen con su propio patrimonio. En otras palabras, si algunos empresarios quieren discriminar, pueden hacerlo. Pero inmediata e inexorablemente aparecerá la penalidad, la “multa” despiadada del mercado. A causa de ello se volverán sucesivamente una irrelevancia en el mercado o irán a la quiebra y, siendo así, su rango de acción discriminadora será cada vez menor hasta ser impotente. 

A medida que el empleador pierda dinero o gane mucho menos por su decisión tozuda de continuar siendo “sexista”, sus competidores lo desplazarán del mercado y el empresario pasará de seguir siéndolo a ser un asalariado. El emprendedor deja de tener control sobre recursos y puede pasar a ser un empleado más. No solo dejando de influir en el mercado con su “sexismo”, sino convirtiéndose en uno más de los hombres que cada día están más dificultados de encontrar empleo. Su contribución, ahora como oferente laboral adicional, en el margen y ceteris paribus, pone aún más presión a la baja de salarios masculinos en el mercado laboral. En una ironía desconocida para el torpe análisis socialista feminista, al hacer que el empresario expulsado pase a ser un asalariado, el mercado tiende a poner a los empresarios “sexistas” en un lugar que contribuye a la igualación de salarios de hombres y mujeres.

El capitalismo expulsa de su función empresarial a este empresario por su pobre función anticipadora y su insistencia en actuar con criterios no-de mercado sino personales. Al mismo tiempo, el rol de empresario del emprendedor o emprendedores que no se dejaron guiar por su “sexismo patriarcal” se amplía y consolida cada vez más. Bajo el mercado libre, no se tiende a tener preferencias basadas en el “genero” (fuera de la productividad) porque los que las tengan son continuamente expulsados del mercado.

Consumidores sexistas

Dado lo irrefutable del análisis anterior, la única escapatoria para el feminismo socialista es: ¿Y qué pasa si son los clientes los sexistas? Entonces la discriminación podría ser duradera e incluso permanente pues en ese caso ya no hay mecanismo de mercado que castigue el sexismo empresarial. Sin embargo, tampoco acá es cierto que el mercado no penalice. 

Si no es el empresario el que paga con su patrimonio, lo hará su clientela. Los consumidores "sexistas", aquellos que decidan a ir y poner su dinero en lugares o empresas donde deliberadamente solo se contraten hombres (con salarios relativamente elevados) en detrimento de mujeres, ceteris paribus, deberán pagar precios mucho más altos que los consumidores que no discriminan. La penalidad recaerá por completo sobre todos los que discriminen.

En otras palabras, bajo una economía libre, todos los consumidores sexistas son castigados por el mercado con la “multa” de pagar más caro la totalidad de los productos de comercios que también sean sexistas. Si los consumidores “sexistas” desean dejar de pagar el sobreprecio permanente y no ser más pobres de lo que serían si no fueran como son, deberán adquirir productos de empresarios que contraten mujeres y vendan a menor precio, aunque deban hacerlo de manera subrepticia. 

¿Y si todos los empresarios son sexistas-patriarcales por costumbre?

Alguien podría argumentar que todo el análisis anterior no es correcto porque la discriminación sexista es una pauta de comportamiento sistemático social. Es decir que, más allá de las ganancias, TODOS los empleadores (e incluso las empleadoras) van a actuar discriminando por sexo porque así está “establecido socialmente”, porque fueron "criados así", por “costumbre”, “mandato social” o, el término arbitrario, indefinido y multiuso favorito de las feministas; por “patriarcado”. Manteniendo así, el “estatus” de diferencial de salarios masculino-femenino e interrumpiendo el proceso de mercado.

Por supuesto que tal asunción es ridícula en términos teóricos e históricos. No hay ninguna razón por la cual suponer que absolutamente todos los empleadores se comportarán igual. De hecho, solo basta con que uno solo decida poner las ganancias por sobre las “costumbres sociales”, como para que el proceso de igualación se lleve a cabo. 

Este empresario único que contrata mujeres, pagando salarios mucho más bajos que TODOS sus competidores, tendrá, ceteris paribus, costos considerablemente más bajos. Por ende, podrá vender a precios menores que toda la competencia sin sacrificar ganancias. Quienes sean sus rivales e insistan en su comportamiento sexista, verán como venden menos y le compran más al “no sexista”. A medida que este último absorba la cuota de mercado de sus competidores, venderá más, incrementando así todavía más sus ganancias. Para producir más, ganando como gana, deberá contratar más mujeres al tiempo de evitar a los hombres, lo cual tenderá a elevar los salarios de las féminas. Los varones despedidos de las empresas competidoras, las cuales fracasaron porque insistieron tozudamente en ser sexistas, deberán competir con otros masculinos por puestos de trabajo que cada vez se reducen más. Lo cual tenderá a reducir los salarios de los hombres. 

Alguien podría pensar que la tendencia a la baja de salarios masculinos podría aliviar los costos de los empresarios sexistas. Pero el asumir extremamente unas “costumbres patriarcales” por parte de TODOS los empleadores o incluso de un edicto del gobierno lleva a bizarras conclusiones. Dado que “por patriarcado” o ley se “debe” mantener cierto margen diferencial entre salarios de hombres y mujeres, y como ahora los salarios femeninos se han elevado por la demanda siempre creciente del único emprendedor excepcional, entonces los salarios de los varones aún empleados “deben” subir para mantener intacto ese “diferencial patriarcal de costumbre”. Agravando la situación de costos de los empresarios sexistas. Al mismo tiempo, ese salario fijado arbitrariamente y aumentado actúa como un "salario mínimo" que provoca un ejército de hombres desempleados que presionan cada vez más ese salario a la baja.

Si aún con esta elevación de salario de mujeres y baja del de hombres todavía queda un margen importante de diferencia tal que el “no sexista” puede continuar vendiendo a precio reducido y toda la competencia que queda sigue insistiendo con su sexismo, entonces nuestro pionero seguirá derrotándolos con su producto barato. Cada vez más cuota de mercado quedará en manos del pionero a expensas de sus competidores “patriarcales”. Por ende, su demanda de mano de obra femenina será cada vez más importante e influyente y su repulsión por usar trabajo masculino afectará a progresivamente más varones en el mercado laboral. Los salarios de las primeras tenderán a subir todavía más mientras los de los segundos caerán adicionalmente.

Y aun asumiendo el caso más extremo y estúpidamente irreal posible, que absolutamente todos los empresarios “y empresarias” en todo el país son sexistas sin excepción alguna, no se cumple el absurdo patriarcal. Porque bastaría con que aparezca un extranjero interesado en ganancias que ocupe el lugar del empresario “pionero” analizado arriba, como para iniciar el proceso de igualación y derrumbar el relato feminista.

Claro que todo el supuesto anterior es, además de teóricamente absurdo, históricamente falso. Los empresarios más exitosos se han caracterizado siempre, precisamente, por romper con esquemas y costumbres establecidos. Siempre surgió necesariamente una camada que rompió con el "status quo", con lo que aprendieron de niños. Jamás podría asumirse que la diferencia salarial entre hombres y mujeres se debe a que todos los empresarios son esclavos de sus "costumbres patriarcales", porque romperlas y beneficiarse de ello es precisamente una tarea de empresarios.

miércoles, 3 de enero de 2018

El mito de que el capitalismo causa la brecha salarial de género (I)


Este post es sobre Teoría Económica. Es un análisis lógico sobre por qué el capitalismo tiene, inherentemente, un freno automático para cualquier persona o grupo que desee pagar menos a una persona o grupo basado en criterios que no sean el de productividad (por su sexo, su religión, su raza, etc.) No es un post sobre los (muchos muy cuestionables) análisis estadísticos sobre la supuesta “brecha salarial de género”. Ello vendrá, espero, en un futuro post.

Con esto, espero no tener que aclararlo a gente que tiene incorporada la reacción de “eso sucede en la teoría, pero la realidad es…” y a continuación pega el nombre de una noticia redactada incorrectamente o un estudio empírico erróneo, de baja calidad o muy cuestionable.

Básicamente, el feminismo socialista establece que ante un mismo trabajo de una determinada calidad durante un mismo periodo de tiempo en circunstancias similares, a las mujeres se les paga sistemática y considerablemente menos. Observen que necesariamente se debe suponer que el tipo de trabajo, las horas trabajadas y la calidad de su realización son iguales en su ejecución tanto por parte de hombres como mujeres. Porque si no fuera así, ello podría explicar la diferencia en remuneración.

¿A qué se debe que se les pague menos? Al “patriarcado” (ese concepto que es usado como ad hoc para toda explicación que no cierre), es decir, una organización social en la que la autoridad la ejercen, de forma desequilibrada y privilegiada respecto a las mujeres, los varones. Dado eso, ellos pueden pagar sistemáticamente menos a las no privilegiadas féminas por el simple hecho de no pertenecer a la casta que supuestamente ejerce el mando.

De entrada, regalaremos que el argumento feminista es correcto sin siquiera cuestionarlo. Vamos a suponer que realmente es así: el valor de productividad marginal estimado para un determinado trabajo por un cierto periodo de tiempo de una calidad determinada es igual entre hombres y mujeres, pero a estas últimas se les paga un salario menor.

Cuadro basado en el de Walter Block

El feminismo socialista moderno asegura que la productividad de la mujer y el hombre son iguales, pero a la mujer se le paga menos. Por lo tanto, en el cuadro de arriba, tanto el valor de la productividad de los hombres como de las mujeres que trabajan en un lugar determinado es de $100 el día (o la hora o lo que quieran de unidad de tiempo). Esto es lo que le aportan a la empresa, lo que recibe el empresario, sus ingresos. Por otro lado, los costos del empleador son los siguientes: le paga $100 al día a los hombres y $70 a las mujeres. He ahí el tan nombrado 30 % de “brecha salarial”.

Sea cual fuere el diferencial (considerable) de salarios entre hombres y mujeres, algo es claro: ceteris paribus (manteniendo sin cambios los precios de las demás materias primas, insumos, etc. complementarios), los costos salariales contratando solo mujeres serían notablemente menores que empleando hombres. El feminismo socialista pretende decirnos que, al mismo tiempo que asumen que los empresarios son seres egoístas que buscan obtener siempre la máxima ganancia posible, los empleados no van a contratar mayoritariamente mujeres aun cuando por cada día trabajado ganan $30 con ellas mientras que con los hombres ganan $0. Independientemente de esa contracción absurda del feminismo de izquierda, nos quieren hacer creer que la situación del cuadro anterior es estable. Claramente no lo es.

El empresario que tenga un juicio superior y sí contrate féminas, al tener erogaciones salariales menores (invariados los demás costos), estará obteniendo beneficios extraordinarios respecto a sus competidores “sexistas”.

Es evidente que esos beneficios extraordinarios de ese emprendedor inducirán a que (1) sus rivales que ya están en la industria lo imiten contratando más mujeres (en lugar de hombres) para también ganar más y (2) otros productores que se dedicaban a otras industrias o disponen de capital en busca de jugosos rendimientos donde invertirlo entren contratando empleadas dada la tasa de beneficio relativamente más alta.

Por un lado, (a) hay una mayor demanda de empleadas femeninas que puja contra una cantidad (stock) dada de mujeres en un momento del tiempo. (b) En la medida que menos mujeres quedan disponibles para trabajar, porque ya fueron contratadas, más escasa se vuelve relativamente su fuerza laboral. Todo ello, ceteris paribus, necesariamente implica una tendencia a la suba de sus salarios. Por el otro lado, (c) hay una demanda de empleados varones que cae contra una cantidad (stock) dado de hombres en un momento del tiempo. (d) A medida que más hombres quedan desempleados, comienzan a abundar y están dispuestos a tomar el mismo puesto de trabajo por menos. Lo que, ceteris paribus, causa una tendencia a la baja de sus salarios.

En resumen, tenemos unos salarios relativamente bajos (de mujeres) que tienden a subir y otros altos (de hombres) que tienden a bajar. Esos movimientos opuestos hacen que el diferencial que había tienda a achicarse o incluso desaparecer (en términos de ser una diferencia considerable).

Una implicación necesaria es que, descontando el riesgo, en las industrias mano de obra intensivas “dominadas por hombres” (pesca, agricultura, minería, informática, construcción, etc.) debería haber de forma sistemática mucho menor beneficio o tasa de beneficio que en industrias mano de obra intensivas “dominadas por mujeres” (cosmética, venta minorista, salud educación, consumo masivo, publicidad, etc.). Nada en una economía libre impide que ocurra el movimiento de inversión de capital monetario desde las industrias con menores beneficios relativos hacia las de mayor. Tendiendo así a aumentar relativamente los beneficios en las primeras y disminuyéndolo en las últimas. Al producirse la tendencia a la igualación de beneficios, aumenta la inversión (y salarios) en industrias intensivas en trabajo femenino mientras disminuye la inversión (y salarios) en las otras de presencia masculina.

De más está decir, pero debo hacerlo dada cierta tendencia de la heterodoxia a reaccionar con “estas suponiendo X”, que no estoy asumiendo para nada un mundo de “competencia perfecta” ni nada por el estilo. Descontando las críticas irrefutables de la Escuela Austriaca contra esa construcción imaginaria, lo único que se ha descripto en este post es la competencia como proceso de rivalidad, que no existen barreras legales-estatales de entrada o salida. El cómo la intervención del Estado sí puede causar una tendencia a la discriminación sexista será tratado en otro post.

La función del empresario es precisamente anticipar que ciertos factores productivos están sub-valuados dado su potencial valor de producción. En este caso, nos referimos a los servicios laborales que proporcionan las mujeres. Mientras eso pase, necesariamente ello es una oportunidad de ganancia para empresarios. Los beneficios que obtengan, son la recompensa por anticipar el futuro incierto con más exactitud que los demás (comprar servicios de factores productivos a precios de mercado menores que el eventual precio de venta del producto).

Dada la incertidumbre inerradicable del futuro, algunos individuos son más capaces que otros para anticipar las futuras condiciones del mercado. Estas personas tienden a adquirir mayor cantidad de recursos a lo largo del tiempo, mientras los sujetos menos capaces se quedan con menos y hasta son expulsados por el mercado de su función empresarial y pasan a ser asalariados. El proceso de mercado del capitalismo es precisamente el funcionamiento de este “mecanismo de selección” en el cual los empresarios menos exitosos (aquellos que sistemáticamente sobre-valúan los precios de los factores productivos relativamente a las eventuales demandas de los consumidores) son eliminados de su tarea de comandar recursos. En el caso que nos concierne, claramente los más capacitados son los que contratan mujeres antes que hombres y los menos exitosos son los que insisten en seguir con hombres.

Como se ve, no hay nada en el funcionamiento del capitalismo que cause un diferencial considerable, permanente y sistemático de salarios entre hombres y mujeres que sea independiente al valor de productividad esperada (sea por sexo, raza, religión, etc.)

La conclusión es evidente: la propia tendencia de evitar pérdidas y maximizar ganancias es la que asegura que no haya diferencias enormes permanentes en el precio del servicio del factor trabajo (salario) que no vengan justificadas por productividad. Es el propio proceso de beneficios y pérdidas del mercado lo que genera una tendencia a la igualdad de salarios. El mercado libre tiene inherente e inevitablemente una tendencia sistémica a castigar (hacer pagar caro) la discriminación sexista y premiar la inclusión.