Mostrando entradas con la etiqueta devaluacion. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta devaluacion. Mostrar todas las entradas

domingo, 3 de enero de 2016

El 2003-2007 nunca fue sostenible


Los cimientos básicos del llamado “modelo K” ya se plantaron con el gobierno previo de Eduardo Duhalde por lo que, desde el punto de vista económico, lo correcto sería hablar del periodo 2002-2007. Pero en este post nos concentraremos solo en los herederos de la devaluación inflacionaria post-convertibilidad: los Kirchner. El periodo económico del kirchnerismo suele ser dividido en, como mínimo, dos partes: una es lo que podemos llamar el “milagro” o “Kirchner I” y va desde 2003 hasta 2007. El resto de años 2008-2015 pueden, a su vez, ser cortados en otros periodos (casi con seguridad el 2011 y el control de cambios conocido como “cepo” es otra división obligatoria).

La historia oficial, que comparten muchos kirchneristas y no-kirchneristas, establece que el periodo de auge 2003-2007 iba bien, era sólido y pudo ser sostenible con las medidas adecuadas. Lamentablemente, el mismo gobierno que encausó ese boom económico comenzó a tomar malas decisiones desde 2008. Por lo que no importa lo mal que termine el gobierno kirchnerista y, de hecho, terminó bastante mal, siempre será posible señalar al periodo 2003-2007 como lo que pudo haberse mantenido y lo bueno que habría sido el no desviarse de ese camino. Para muchas personas que comparten la creencia de que el Estado debe intervenir para ayudar a la economía de un país, es muy difícil defender hoy en día muchas decisiones de los Kirchner. Pero no dudan en señalar al periodo 2003-2007 como algo "rescatable".

Veremos, de manera simple aunque un poco extensa, que la “epopeya” kirchnerista jamás fue realmente sostenible.

Como ya analizamos antes, la devaluación no necesariamente mejora la productividad del país que la realiza. Así ocurrió en Argentina luego de la devaluación de enero de 2002: la productividad de la nación no cambió. La productividad total de los factores (PTF) representa las mejoras en el ahorro de costos medios de producción que no se deben a la sustitución de factores productivos más caros por otros más baratos debido a un cambio de precios relativos de esos factores. A pesar de ser un concepto mainstream, criticado y no utilizado por la Escuela Austriaca en general; es, en mi opinión, la forma más seria hasta ahora realizada para observar el comportamiento de la productividad de la economía en este país. Las alternativas supuestamente “heterodoxas” dejan bastante que desear. En palabras simples: “es lo que hay”.

Las ganancias de PTF “son un factor clave de la competitividad endógena de una firma, sector o país” (Coremberg, 2013). Por ejemplo, la productividad laboral puede aumentar porque se incrementa 1) la cantidad o calidad de (bienes de) capital por trabajador bien invertido (más y mejores maquinas, herramientas, equipos, infraestructura), 2) la calidad de la mano de obra o 3) la PTF que reúne un conjunto de fenómenos que permiten aumentar la producción independientemente de la acumulación y uso de factores (Coremberg, 2013). Es decir que sin aumentar la cantidad y calidad de factores, usando “los que hay”, pueden ser más productivos si están mejor organizados, complementados, asignados, si realizan economías de escala, etc.


Productividad Total de los Factores
ajustada y no ajustada. Fuente: Coremberg, 2014

Dados los cálculos disponibles (Coremberg, 2014) y en el caso más favorable al "modelo", la PTF sin hacer ajustes por capacidad utilizada y calidad de mano de obra, la productividad argentina no cambió con respecto al máximo la década pasada. Por otro lado, las ganancias de productividad sostenibles en el largo plazo una vez que se descuentan los efectos de recuperación (PTF ajustada), claramente muestran un decrecimiento (Coremberg, 2013) respecto al máximo de los 90s. EL nivel de la productividad argentina no ha superado el máximo de 1998. Ello quiere decir que la política del tipo de cambio “competitivo” en su mejor momento solo tuvo un efecto de corto plazo (gracias a los factores ociosos heredados de la crisis: la utilización del capital e intensidad laboral), jamás mejoró las variables reales de rendimiento de largo plazo de la economía argentina. La productividad de Argentina sigue siendo, como máximo, la misma. Y dado que la mejora competitiva no estaba basada en una mejora real sino en una perturbación monetaria, la reversión era inevitable y llegaría tarde o temprano. No debería extrañar que hacia fines de 2007 algunos indicadores de actividad económica se comienzan a estancar y ya en 2008 pierden el gran impulso que tenían desde aproximadamente mitad de 2002. El crecimiento extraordinario, pero no inédito (solo por dar un ejemplo: en 1991-1994, 1996 y 1997 también hubo “tasas chinas” de crecimiento anual del PBI como en otros periodos), del periodo 2003-2007 no era sostenible. 

Adicionalmente al factor de productividad, el volumen de comercio externo (al igual que el interno) depende en última instancia de diferenciales de precios que lo hagan rentable. El tipo de cambio, en este caso del peso y el dólar, está determinado en definitiva por el poder adquirido de la unidad de cada clase de dinero también conocido como la paridad del poder adquisitivo (Mises, 1912: 250-51; Rothbard, 1962: 828-31; Salerno, 1994a; 1994b). La devaluación (impulsada por expansión monetaria) solo puede perturbarla por un tiempo, pero se revertirá y tenderá al nivel que tenga ella de nuevo. Con lo cual los movimientos y los supuestos “beneficios” del periodo de ajuste solo son transitorios y aparentes

Ahora que sabemos que la productividad argentina no cambió, debemos preguntar ¿Cómo se sostuvo el tipo de cambio más alto de lo que debió haber estado? La respuesta simple es: emitiendo pesos.

Factores de explicación de la Base Monetaria. Fuente: BCRA

Recuerden que la oferta de Base Monetaria es lo que puede influenciar directamente el banco central (aunque los bancos comerciales, y las actitudes de sus clientes, también pueden influir). Como se observa arriba, entre 2003 y 2007 el principal factor de expansión de la base monetaria fue la compra de divisas para mantener el dólar artificialmente alto o lo que es lo mismo, el peso artificialmente devaluado.

Balanza comercial, en miles de dólares corrientes. Fuente: INDEC

Predeciblemente, ello provocaba que temporalmente las importaciones se encarezcan y las exportaciones se abaraten, impulsando superávits de balanza comercial. Noten que en el 2002, el año de la devaluación, las exportaciones en dólares no aumentaron sino que cayeron un poco y el superávit extraordinariamente alto se logró únicamente porque las importaciones se destruyeron. Ese superávit provocaba una entrada de divisas (un aumento de la oferta de dólares) que empujaba hacia abajo el precio del dólar en pesos. Esa revaluación del peso debió ser contrarrestada por el banco central emitiendo y comprando dólares (de paso, aumentaba sus reservas). El propio gobierno confesaba que si no emitía para comprar dólares el precio de este “bajaría hasta los $2,30”.

El banco central emitía pesos para comprar dólares (gran parte se los “compraba” a exportadores a los cuales obligaba por ley penal cambiaria a vendérselos), lo cual aumenta la base monetaria (como la aumenta la compra de otros activos por parte del banco central). Dado que todos en el banco central saben, aun cuando ridículamente lo nieguen en público, que esa gran emisión de pesos (que son un pasivo del central) tendría efectos inflacionarios, decidieron esterilizar (sacar de circulación pesos emitidos) buena parte de esa expansión con operaciones de mercado abierto. Es decir, vendiendo títulos de deuda, que también son un pasivo, del banco central con el sistema financiero (letras llamadas LEBAC y notas llamadas NOBAC. Por supuesto, todas pagan una tasa de interés y tienen plazos cortos y medianos respectivamente) y con operaciones de pase pasivo como hizo en gran parte durante 2003 y 2004. Entre ambas daban más de 80 % del total esterilizado (ver el gráfico de "factores de explicación de la base monetaria"). En 2005 y 2006, a medida que creció la liquidez, los bancos comenzaron a devolver la deuda contraída durante la crisis, por lo que el banco central necesitó esterilizar mucho menos con títulos y pases de lo que hubiera tenido que hacer sin esa devolución del sistema bancario. Los títulos y pases pasaron a ser solo el 57 % y 32 % del total esterilizado en 2005 y 2006 respectivamente. Además el banco central lanzó un programa en 2005 para acelerar la amortización de la deuda de los bancos con él (Frenkel y Rapetti, 2008). En 2007 los pases y títulos vuelven a ser preponderantes en la esterilización.

Sin embargo, esa esterilización en 2003-2007 jamás neutralizó toda la emisión de pesos adicionales ni se quiso que fuera así. Por ello la base monetaria se sigue ampliando, o sea, teniendo un resultado neto positivo aunque decreciente hasta 2005, como se observa en el gráfico de factores de explicación de la base monetaria. La compra de divisas permitía expandir la cantidad de dinero y crédito. La oferta monetaria más restringida (base y circulante) y la más amplia (M1, M2 y M3) llegaron a crecer en promedio a una tasa de alrededor de 25 % anual, como se va a continuación.

Variación anual de la oferta monetaria: circulante, Base Monetaria, 
M1, M2, M3 y promedio de todas. Fuente: BCRA

Como consecuencia de la intervención monetaria expansiva para comprar moneda extranjera y mantener el tipo de cambio "competitivo", la oferta de dinero creció rápidamente y los precios internos inevitablemente subieron.

Tipo de cambio nominal, salarios, precios mayoristas, costo de la construcción,
IPC y promedio de todas. Indice con diciembre de 2001 = 100.
Fuente: INDECCosas que PasanBCRA
 

La línea verde es el precio del dólar (tipo de cambio nominal o TCN, según datos del BCRA), la punteada azul son los salarios, la punteada amarilla son los precios mayoristas y la negra punteada el costo de la construcción, todos de acuerdo con el INDEC. La línea roja son los precios al consumidor según Natalio Ruiz, que hasta 2007 son iguales a los del INDEC y luego usa datos no manipulados por este último. Todos muestran el nivel de cada índice y parten con diciembre de 2001 = 100.

Claramente se observa cómo las “ventajas” de la devaluación  inflacionaria solo fueron temporales. Inicialmente, al ocurrir la devaluación, el precio del dólar (línea verde) creció muy rápido y se alejó mucho de los demás precios internos. Luego de tocar máximos empieza a bajar y es mantenido artificialmente cerca de $3 por el banco central. Además podemos ver como, en el inicio, los precios suben más rápido que los salarios, provocando la caída del salario real y, gracias a ello, la caída de la tasa de desempleo. Tal y como estipula la teoría económica, a medida que pasó el tiempo y debido a la expansión monetaria, los precios y salarios crecieron. Las aparentes ventajas de la devaluación fueron cayendo en la cuantía que precios y salarios iban ajustándose a las nuevas condiciones monetarias. El pilar principal del “modelo” era un engaño contradictorio: para elevar y mantener el tipo de cambio (nominal) por encima de los demás precios (para así ser “competitivo”) se necesitó expandir la masa monetaria. Ese aumento de oferta de dinero provoca una elevación de los precios que tiende a minar lo “competitivo” del tipo de cambio buscado.

Noten que la pérdida de competitividad comienza muy temprano. Es falso, por lo tanto, pensar que "a partir de 2008" se empezaron a tomar malas decisiones que tiraron abajo los pilares del "modelo". El tipo de cambio "competitivo" estaba minado por sus propias contradicciones, no por las decisiones posteriores al año 2008

El nivel general de salarios en dólares también muestra la tendencia decreciente de la “ventaja” del tipo de cambio “competitivo” (medido en esa moneda). Claramente la parte más “exitosa” de “el modelo K” se basaba en mantener el tiempo que se pudiera los salarios en dólares y reales bajos.

Nivel general de salarios en dólares. Indice con diciembre de 2001 = 100. 
Fuente: BCRA, INDEC

Los dólares se compraban emitiendo y con deuda del banco central. Pero el banco central no puede endeudarse a ritmo alto para siempre. La mayor deuda implica mayores pagos por intereses los cuales se pagan, al final, emitiendo pesos. Por supuesto que el central puede, a corto plazo, renovar las letras que van venciendo, pero no puede hacerlo exponencialmente a la larga. Eventualmente, si acumula demasiada deuda, un día le pueden reclamar. Entonces deberá pagarlas (capital e intereses) y, en definitiva, tendrá que emitir para cumplir. Es menos emisión e inflación hoy a cambio de mayor emisión e inflación mañana. Además al emitir LEBACS se disminuye el ahorro local privado disponible y se tiende a aumentar la tasa de interés. Lo cual va en contra del propio objetivo del tipo de cambio real artificialmente alto: mayor crecimiento.

Tasas de interés de LEBAC a 90 días y de pases pasivos a 7 días. 
En porcentaje nominal anual. Promedio diario para valores mensuales. Fuente: BCRABCRA

Observen como las tasas de interés de las LEBACs y de los pases pasivos (promedio mensual de saldos diarios) tienden a aumentar a lo largo del periodo. Aun cuando la tasa de LEBACs se mantiene constante por un tiempo por la baja de utilización de ese instrumento durante 2005-2006, pasó desde 1,13 % en 2004 a 10,75 % en 2007, multiplicándose por más de 9 veces.

El ritmo de crecimiento de la deuda del banco central tampoco era sostenible. Un problema adicional de la estrategia del tipo de cambio “competitivo” durante 2003-2007 era no el nivel de reservas y títulos del banco central (a diciembre de 2007 las reservas eran casi tres veces el monto en dólares de las LEBACs y NOBACs), sino la tasa a la que crecían.

Reservas internacionales y Letras y Notas del BCRA. 
En dólares, convertidos al tipo de cambio de valuación. 
Indice con enero 2003 = 100. Fuente: BCRA

Claramente se observa que, aun cuando en términos de nivel las reservas superaban los títulos, la deuda del banco central crecía mucho más rápido que las reservas internacionales (parte importante del activo). En diciembre de 2007 las reservas eran 4,6 veces las de enero de 2003 mientras que las LEBACs y NOBACs eran 17 veces lo que solían ser para la misma fecha comparada.

Por lo que la estrategia de endeudar al banco central para esterilizar la emisión, que parece funcionar al principio, tampoco es sustentable a la larga. Y en cuanto a la esterilización por el pago de deuda por parte del sistema bancario al central, esta se hizo una vez en esa magnitud y no puede hacerse de nuevo, por lo cual tampoco es sostenible. Hacia principios de 2006 ya la mayoría de los bancos habían cancelado sus deudas con la autoridad monetaria (Frenkel y Rapetti, 2008).

Tipo de cambio real (TCR) bilateral con Estados Unidos (usando el IPC argentino de CqP luego de 2007), tipo de cambio real multilateral (TCRM) y promedio anual del TCRM (verde). Fuente: BCRAFREDIICosas que Pasan

El mantenimiento del tipo de cambio real multilateral (TCRM) alto durante 2003-2006 se debió a circunstancias, más que a acciones deliberadas del gobierno. Mientras que para elaborar el TCR con Estados Unidos se utiliza solo el IPC americano, para realizar el TCRM se ponderan varios según la participación en el comercio internacional con Argentina. Los más importantes fueron (y son) Brasil, la Zona del EURO y Estado Unidos, con China en crecimiento. Tanto el real brasilero, como el euro, como el peso chileno (por nombrar otro), se apreciaron mucho frente al dólar buena parte de 2003-2007. Además, como durante ese periodo Argentina mantuvo un tipo de cambio relativamente fijo con el dólar, la depreciación de la moneda norteamericana en el mundo ayudó también a mantener al TCRM argentino alto. 

Pero incluso aceptando el “éxito” de mantener artificialmente depreciado en términos reales el peso, claramente se ve que el final comienza en 2007 (año que se incluye en el periodo de “gloria K”). La clara inconsistencia interna del modelo terminó por “comerse” la “competitividad”. El promedio de TCRM en 2007 es mucho más bajo que en 2006 y casi igual al de 2003. No quedan dudas que la insostenibilidad del “modelo K” estaba en su propia esencia. La brutal política expansiva del gobierno se encontró con la suerte de Brasil y otros socios revaluando y Estados Unidos depreciando, lo que le permitió temporal e insosteniblemente disfrutar de un TCRM más alto de lo que hubiera sido sin esa fortuna.

Este post ya es muy largo y, por lo tanto, no entraré ahora en discusiones sobre los argumentos a favor de la supuesta sostenibilidad del esquema de esterilización que hacen los defensores del periodo 2002-2007 (Frenkel, 2007). Basta con decir que la esterilización nunca fue completa. Deliberadamente se buscó que la oferta monetaria crezca, y así ocurrió. Concomitantemente los precios internos en pesos tendieron a subir. Lo cual, con un precio del dólar elevado y más o menos fijo, propendió a minar el tipo de cambio real artificialmente alto (“competitivo”) a lo largo del tiempo. Por lo tanto, y dados los hechos presentados, el principal pilar del “modelo K” no era sostenible a larga.

Vale destacar que este análisis no toma en cuenta otros pilares del cual “el modelo” era dependiente: los precios internacionales, el consumo de capital ya existente y la capacidad instalada ociosa heredada. Variables que el gobierno no controlaba y simplemente encontró al llegar. Es decir, suerte.

Mal que le pese a los defensores kirchneristas y no-kirchneristas del periodo 2003-2007, no hay nada rescatable de él. El “modelo” no tuvo una "etapa virtuosa", sino un auge inflacionario insostenible. Su esquema nunca fue sustentable a la larga. Fueron sus propias inconsistencias y no un “cambio de política o de persona a partir de 2008” lo que determinó muchos de los problemas que duran hasta hoy. La división entre 2003-2007 “bueno” y 2008-2015 “peor” es falsa. Así como lo es el argumento de que "de haber seguido con las políticas de Néstor Kirchner, muchos problemas posteriores a 2007 se habrían evitado".





Coremberg, Ariel A. (2013) “Competitividad Argentina: Por la inflación y la baja productividad, se perdió la década”. Universidad de Buenos Aires.

Coremberg, Ariel A. (2014) “Midiendo La Productividad y Las Fuentes del Crecimiento de La Economía Argentina. El Proyecto ARKLEMS+LAND.” En Coremberg, Ariel A. Ed. (2015) Progresos en Medición de la Economía. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Temas Grupo Editorial. Asociación Argentina de Economía Política.

Frenkel, Roberto (2007), “La sostenibilidad de la política de esterilización”. Centro de Economía y Finanzas para el Desarrollo de la Argentina. Documento de Trabajo Nº 17.

Frenkel, Roberto y Rapetti, Martín (2008), “Five years of competitive and stable real exchange rate in Argentina, 2002–2007”. International Review of Applied Economics. Vol. 22, No. 2, 215-226.

Mises, Ludwig von (1912), The Theory of Money and Credit. New Haven: Yale University Press. 1953.

Rothbard, Murray N. (1962) Man, Economy, and State, with Power and Market. Auburn, Alabama: Ludwig von Mises Institute. 2004.

Salerno, Joseph T. (1994a) "Ludwig von Mises’s Monetary Theory in Light of Modern Monetary Thought". Review of Austrian Economics. Vol. 8, No. 1, 71-115. En Salerno, Joseph T. (2010) Money, Sound and Unsound. Auburn, Alabama: Ludwig von Mises Institute. 61-114.

Salerno, Joseph T. (1994b) “International Monetary Theory”. En Boettke, Peter J. Ed. (1994) The Elgar Companion to Austrian Economics. Northampton, USA: Edward Elgar Publishing, Inc. En Salerno, Joseph T. (2010) Money, Sound and Unsound. Auburn, Alabama: Ludwig von Mises Institute. 153-65.

martes, 29 de diciembre de 2015

El absurdo de la devaluación


Este es un análisis de los efectos de la devaluación empleada deliberadamente vía una política monetaria expansiva, es decir, aumentando la oferta de dinero, para causar inflación, impulsar o mantener un tipo de cambio real artificialmente alto y así “reactivar” la economía. 

La explicación para estar a favor de la devaluación inflacionaria aparenta ser convincente. La mayoría de los economistas de la corriente principal y muchos “heterodoxos” comparten la idea de que una economía anda bien (tiene cierto porcentaje o nivel de desempleo, inflación, crecimiento, etc. que se considera "bueno") cuando posee un “correcto” nivel de gasto total (lo que se conoce como “demanda agregada”). Si, por cualquier razón, los habitantes de un país se han vuelto muy poco gastadores y ello provoca desempleo, capacidad ociosa, deflación, recesión, etc., podemos incentivar que los extranjeros gasten lo suficiente para compensar. Al devaluar (si hay tipo de cambio fijo, establecido por el gobierno) o depreciar (si hay tipo de cambio flexible, intervenido por el Estado) realmente la moneda (aumentar el tipo de cambio o precio de la divisa nacional respecto a una divisa extranjera en mayor proporción que los precios internos) se da un impulso al sector transable internacional (exportador, turístico, etc.) mientras al mismo tiempo se desalientan las importaciones. Todo parece cerrar para aumentar el gasto total: los extranjeros gastan más en la economía y los nacionales filtran menos gasto hacia el exterior para volcarlo internamente al buscar sustitutos internos a lo que antes compraban afuera. Los desempleados encuentran trabajo en el sector exportador, en el nacional que sustituya importaciones y en el turístico gracias a su ahora menor salario real. De paso, también reducimos el peso de las deudas con la inflación beneficiando a los deudores a expensas de los acreedores. Sin embargo, el objetivo último y definitivo de la devaluación vía incrementar la cantidad de dinero, es causar inflación y un auge inflacionario. No es de extrañar que todo ello provoque un crecimiento del país, a veces, fuera de lo normal.

Nadie niega que, bajo ciertas condiciones, una devaluación permite absorber (a corto plazo, insostenible y transitoriamente) buena parte del desempleo producto del ciclo económico. Ello se logra vía la reducción del nivel de salarios reales y en moneda extranjera. Sin embargo, cuando se va más allá del error de ver solo esos efectos de corto plazo un unos pocos sectores, se descubre que esta política tiene tantos defectos que sus supuestos “beneficios” ni resuelven el problema ni valen la pena. 
  • 1) Primero, la devaluación o depreciación (real) del tipo de cambio únicamente funciona cuando las demás naciones o nación con los que comercia el país devaluante no deprecian sus monedas en igual o mayor proporción. En el primer caso el país que devalúa no gana nada de competitividad y en el segundo pierde incluso la que ya tenía. Técnicamente hablando, es tan sencillo para el otro país devaluar como lo es para el que primero lo hizo. Por lo que, ceteris paribus, si al expandir su oferta monetaria el país A devalúa 20 % su moneda con respecto a la del país B, su par comercial B puede también aumentar su stock de dinero y depreciar en igual proporción con respecto a la moneda de A. El resultado final es que ningún país obtuvo ventaja “competitiva” alguna y ambos terminaron con más inflación (con todos los efectos distorsivos que implica). Si este proceso se repite y A devalúa nuevamente mientras B compensa depreciando, el resultado último de esta carrera devaluatoria o guerra de divisas es la super o hiper inflación y el fin de sus monedas. En definitiva, la conclusión lógica de la devaluación “competitiva” es la destrucción del sistema monetario que manipula el Estado. No estoy diciendo que “cualquier devaluación = hiperinflación inmediata”. Sino que la táctica de la devaluación, llevada a sus últimas consecuencias lógicas, termina inevitablemente destruyendo el dinero que el Estado maneja (Mises, 1949: 785). Pero el hecho de que la moneda manipulada colapse no implica que el sistema monetario desaparezca de la economía. El comercio se emancipa de la moneda estatal y puede continuar usando un dinero mejor, como otra moneda extranjera o dinero metálico (Mises, 1912: 229-30). Una idea cuya lógica final conduce a un desastre no deseado por los propios ejecutores, de entrada, debería parecernos una mala idea. Y, de hecho, lo es.
  • 2) Aun suponiendo que 1) no se cumpla, hay otros defectos. El siguiente punto desfavorable ha sido muy bien señalado por Rallo. El comercio internacional es mutuamente beneficioso cuando está basado en ventajas comparativas: un país que es relativamente mejor para producir un bien o servicio valioso respecto a otra nación, se dedica a ofertarlo. Su mayor productividad le permite suplantar al país que anteriormente producía esos bienes en condiciones que ahora se revela no eran tan eficientes. Este último deberá dedicarse entonces a otras actividades (relacionadas o no con lo que hacía) que también generen algún valor y en las cuales sea relativamente mejor. La producción y riqueza global aumenta, hay más bienes que antes. ¡Hasta Krugman admite esto! (Krugman et al., 2007: 332) La devaluación inflacionaria, por otro lado, no aumenta la productividad. Depreciar la moneda no incrementa el valor por unidad de insumo generado por las empresas. Pero la competitividad internacional del país con moneda ahora más débil sí puede aumentar (basada en un artificio y en nada productivo real) a costa de la de otro país. La mejora competitiva no se debe a ser más productivo. La producción y riqueza total, esta vez, no ha aumentado. El país que padece el problema de pérdida de ventaja comparativa no lo soluciona, sino que le traslada su crisis a la nación que no la tenía. Ahora el país que producía más eficientemente tiene una crisis porque no puede competir con otro país que no aumentó su productividad en absoluto sino que simplemente hundió el valor de su moneda. Por lo tanto, la devaluación inflacionaria no resuelve el problema de competitividad, simplemente lo traslada. Pero, además, el patrón de especialización de cada país dentro de la división internacional del trabajo queda manipulado por los políticos y el banco central en lugar de los consumidores de cada nación. Con las evidentes ineficiencias y perjuicio para estos últimos que ello necesariamente acarrea.
  • 3) Incluso haciendo de cuenta que 1) y 2) no existen, aparece el más grave problema. La Teoría Económica sana, la que analiza los efectos de cualquier medida a corto y largo plazo en un sector y en los demás, demuestra que los resultados de la devaluación sobre el sector comercial del país son, como mucho, transitorios. El shock devaluatorio, de una vez y mientras los demás precios de la economía permanezcan igual o no suban tanto como el precio de la divisa (tipo de cambio), ciertamente tiene efectos positivos en la balanza comercial al encarecer las importaciones y abaratar las exportaciones y el turismo en el país, entre otros objetivos. Pero esos frutos son solo transitorios y se deben simplemente al hecho de que los precios y salarios del país que devalúa tardan cierto tiempo en subir. Los precios y salarios se retrasan por un tiempo respecto a la suba del precio de la divisa. Durante ese intervalo de tiempo en que la estructura de precios domésticos se adapta a la nueva situación creada por la devaluación, algunos proyectos del sector transable externo (exportación, turismo, etc.), inviables antes de la devaluación, aparentan ahora ser rentables (Mises, 1912: 214-15, 224; 1946; 1949: 785-87; Hayek, 1937: 370-74; Howden, 2012; Salerno, 2014). 
Ese es todo el secreto de los efectos “expansivos” de la devaluación en el sector transable: el simple hecho de que todos los precios no aumentan al mismo tiempo ni en la misma proporción ante cambios monetarios (Mises, 1949: 785; Howden, 2012). Si el dinero y crédito emitido por el banco central es inyectado primero vía el mercado de divisas, y si el mercado no anticipó esto o no lo hizo completamente (lo cual, per se, es otro problema adicional), el precio de las mismas subirá primero y en mayor proporción. De hecho, como el mercado de divisas suele estar bastante organizado y acostumbrado a anticipar movimientos, puede ocurrir que al momento en que el banco central anuncia una política monetaria más laxa, inversores compran rápidamente moneda extranjera pagando con moneda local aumentando el tipo de cambio. Mientras tanto, los precios y salarios internos de los demás bienes y servicios no han cambiado todavía pues son determinados por diversas demandas de individuos dispersos con poco conocimiento en materia monetaria (Howden, 2012). Los exportadores ven una oportunidad de beneficios ante la devaluación (real) y aumentan sus actividades usando el crédito adicional que los bancos les dan a relativa menor tasa o facilidades crediticias propiciadas por la ya mencionada política expansiva del central que inicia todo. Los exportadores pueden obtener recursos y ampliar sus actividades gracias al nuevo dinero y crédito. Es decir, sus costos no han subido todavía mientras ellos tienen ahora más dinero en mano. Entretanto los precios y salarios internos no aumenten o no lo hagan en la misma proporción, el exportador tiene amplias ganancias cuando vende (por cualquier cantidad de divisas que obtenga exportando, puede ahora adquirir mayor cantidad de unidades de moneda local). Para el exportador el precio de lo que vende, medido en dinero del país que devaluó, aumenta mientras sus costos, también contados en moneda nacional, no lo hicieron.

Por ejemplo: un exportador vende al exterior por un valor de U$S 1.000 y el tipo de cambio con el peso argentino es $1 por cada U$S1. Por lo tanto, su ingreso en pesos es $1.000. Supongamos que opera con insumos y trabajadores argentinos, por lo que sus costos están en pesos y equivalen a $1.100. Entonces sus ingresos son $1.000 y sus costos $1.100, este exportador o proyecto de exportación pierde dinero. Luego, de un día para el otro, devalúan la moneda a $3 por cada U$S1. Para asombro de todos, los mismos ingresos de U$S1.000 del exportador ahora son, en pesos, de $3.000 mientras sus costos siguen igual en $1.100. Pasó de perder $100 a ganar $1.900 recibiendo el mismo ingreso en dólares, ¡Negoción de la noche a la mañana!

Sin embargo, y a medida que el tiempo pasa, el dinero emitido se esparce y es gastado por los adicionales proveedores y trabajadores contratados. Consecuentemente los precios y salarios comienzan a subir relativamente. Más se gasta en bienes internos a lo que se le suma las mayores ganancias de exportadores favorecidos por el cambio de precio de la divisa (Hayek, 1937: 371). Si el tipo de cambio anteriormente devaluado no se ha movido, la ganancia en el sector exportador desaparece paulatinamente a medida que aumentan los precios y remuneraciones internas. El movimiento anterior se revierte: los costos (precios y salarios internos) en moneda nacional del exportador suben mientras el precio de lo que vende, medido en esa misma moneda, sigue siendo el mismo.

En el caso del exportador del ejemplo, si sus costos anteriores de $1.100 suben gradualmente hasta llegar a los $3.300 mientras el tipo de cambio sigue igual en $3 por dólar y tiene igual ingreso de U$S1.000 ($3.000), el comerciante está exactamente en la misma posición de pérdida previa a la devaluación. Ahora pierde $300 en lugar de $100, pero son sumas equivalentes: antes perdía $100 que eran U$S100 y ahora pierde $300 que también son U$S100. 

La actividad lograda es una ilusión. Primero porque simplemente es transitoria y, por lo tanto, no soluciona el problema esencial. Solo duró mientras los precios no se ajustaron al valor del dólar. Es únicamente durante el ínterin cuando “aumenta” el nivel de ocupación. Y segundo porque solo se consigue a costa de otros sectores (unos grupos ganan debido a que el resto es perjudicado). Mientras dure el lapso de ajuste de precios, se beneficia y se les da mayores ingresos en términos de moneda nacional a los exportadores, el sector turístico y a los extranjeros a costa del resto del país que ve disminuida su capacidad de compra en moneda extranjera (salarios e ingresos reales en moneda extranjera) y pierde por los efectos redistributivos de la inflación (salarios e ingresos reales). Los exportadores y foráneos reciben más moneda nacional por la misma cantidad de moneda extranjera que poseen mientras, por el contrario, los residentes que tienen la misma cantidad de moneda nacional deben entregar más de ella para obtener igual cuantía de extranjera.

Una vez los precios se ajustan al valor de la divisa, el país se encuentra en la misma situación. Los ingresos de U$S1.000 no alcanzaban con precios y salarios internos equivalentes a U$S1.100, solo bastaron cuando la devaluación redujo los costos a US$367 por cierto tiempo.
  • 4) Y es que incluso suponiendo que 3) no se da y los efectos no son solo temporales sino que duran a lo largo del tiempo, tampoco es cierto que en definitiva la devaluación cree riqueza. Supongamos que el otro país decide quedarse en el molde y no hacer nada ante la quita del mercado internacional provocada por la devaluación de su socio. Ciertamente la devaluación beneficia a los exportadores, que venderán más. Sus compradores extranjeros obtienen más moneda local a cambio de la suya y adquieren más bienes. El exportador tiene más ventas únicamente porque su precio en moneda extranjera es más bajo que antes de la devaluación. Ese menor precio en divisa foránea de los productos locales no se debió a una mejora en la productividad por más ahorro y acumulación de capital o mayor eficiencia de los exportadores. De haber sido así, todos tenderían a enriquecerse por la ganancia de ellos. Sin embargo, en el caso de la devaluación inflacionaria el menor precio en divisa extranjera solo se debe a un subsidio (una transferencia de riqueza) pagado por muchos en el país exportador hacia los compradores extranjeros. Riqueza es trasladada hacia el sector transable (los exportadores, sus trabajadores y proveedores) por parte de todo el resto del país que engloba el sector no-transable (Barron, 2012). Si, como suele ocurrir, los salarios de los demás trabajadores (precios de los servicios del factor trabajo) no se ajustan inmediatamente al nuevo precio de los bienes importados, entonces los exportadores y sus obreros ganan a expensas de los primeros. A todos los demás trabajadores domésticos se les reducen sus ingresos reales, quienes deben reducir su consumo, para incrementar los del sector exportador y sus alrededores. La expansión monetaria para devaluar la moneda no crea riqueza, la transfiere desde los trabajadores (clase media y pobres) y emprendedores hacia los exportadores y ligados al sector transable (Hollenbeck, 2015). Lo que está ocurriendo es que el país que devalúa exporta más pero obtiene menor cantidad de importaciones a cambio o, al menos, no más que antes por una cantidad menor de exportaciones (Mises, 1946). Los ciudadanos del país devaluante deben exportar más de sus propios bienes para comprar la cantidad de bienes externos que recibía antes de la devaluación por menos productos exportados. Globalmente es harto dudoso que sea más rico.
Los importadores se perjudican al perder muchas ventas. La moneda local compra menos moneda extranjera por lo que sus ventas caen al subir sus precios, lo cual refleja la pérdida de poder adquisitivo de la divisa nacional. Es cierto que a los extranjeros les es más barato comprar bienes locales, pero también es cierto que a los nacionales les sale más caro adquirir productos de afuera. La devaluación favorece a los que exportan gracias a que se perjudica a los que importan o compran productos importados. Para empeorar las cosas, suele ocurrir que muchos exportadores deben importar varios insumos para poder exportar. Con lo cual la ganancia de “competitividad” por la depreciación puede ser reducida considerablemente o directamente no aparecer. Obviamente, no todos los costos de los exportadores son de insumos importados, pero pueden serlo en buena medida. Si, por ejemplo, un país que no tiene petróleo (importa todo lo que usa y no posee sustituto) devalúa, sus exportaciones se pueden encarecer en lugar de abaratarse dado que ahora el insumo petróleo es más caro. Los que compraban productos en el extranjero deben a) restringir sus compras o b) reasignar sus gastos a productos nacionales menos rentables o de peor calidad que los extranjeros que solían adquirir.

Adicionalmente, la restricción de la oferta de bienes importados tiende a provocar que los productores nacionales puedan elevar mucho más sus precios de lo que podían hacerlo antes con la amenaza de competencia externa. Menor oferta de bienes para un gasto que no cambió y que ahora se filtra menos al exterior es una invitación a la suba de precios internos. Los productores nacionales relativamente ineficientes que antes no podían competir, porque sus precios y costos eran más altos que los de los productos importados, ahora pueden colocar sus bienes en el mercado cautivo interno producto de la devaluación. Muchos productores que usaban insumos más baratos importados para crear bienes en el país ven aumentados sus costos, reducidos sus beneficios y hasta pueden quebrar con la devaluación. La riqueza de muchos que estaban haciendo bien las cosas (tenían costos bajos, eran eficientes, compraban barato y vendían cosas valiosas) es sacrificada para beneficiar a los que estaban haciendo las cosas mal y no eran eficientes (ciertas industrias exportadoras, turísticas y productores nacionales).

Se perjudican, además, los que reciben al último el nuevo dinero creado para devaluar la moneda. Los exportadores son de los primeros destinatarios del circulante. Como consecuencia, pueden comprar con sus ingresos aumentados antes de que los precios y salarios comiencen a subir. Las mayores disponibilidades monetarias se esparcen a medida que pasa el tiempo elevando paulatinamente los restantes precios. Pero todos aquellos cuyos ingresos todavía no suben mientras sí lo hacen los precios de lo que compran, se perjudican. Los jubilados, pensionistas, etc. son ejemplos de este grupo de perdedores. Los exportadores y sus trabajadores que obtienen el dinero primero ganan la riqueza que pierden los últimos receptores del mismo.
  • 5) Incluso obviando la conclusión final de 1) y asumiendo que tratamos de evitar la inexorable reversión descripta en 3) con ulteriores devaluaciones que mantengan en cada momento del tiempo los transitorios efectos expansionistas, no se podría mantener (Mises, 1912: 224-31). Para lograrlo se necesitan continuadas devaluaciones o depreciaciones inflacionarias de la divisa. Es evidente que, tarde o temprano, los prestamistas no van a realizar préstamos en esa moneda que se sabe que se depreciará en el futuro. Se puede engañar a cierta gente por un tiempo, pero eventualmente las expectativas se adaptarán y los precios del país subirán antes de que la política se lleve a cabo (Howden, 2012).
En conclusión, la devaluación inflacionaria es un mal remedio contra la crisis. Sus supuestos beneficios reactivantes y absorbentes del desempleo se terminan revirtiendo para demostrar que son solo ilusorios, de corto plazo y no resuelven el problema principal. Emitir dinero no es la solución a los problemas. Lección que los políticos y los “heterodoxos” herederos de John Law-John M. Keynes jamás comprendieron.





Barron, Patrick (2012), “Value in Devaluation?”. Mises Institute: Mises Daily.

Hayek, Friedrich A. von (1937) Monetary Nationalism and International Stability. En Salerno, Joseph T. Ed. (2008) Prices and Production and Other Works. Auburn, Alabama: Ludwig von Mises Institute.

Hollenbeck, Frank (2015), “Bad Idea: Devaluing Currency to Help Exporters”. Mises Institute: Mises Daily.

Howden, David (2012), “Expansionist Monetary Policies and the Trade Balance”. En Hülsmann, Jörg G. Ed. (2012) Theory of Money and Fiduciary Media. Auburn, Alabama: Ludwig von Mises Institute.

Krugman, Paul; Olney, Martha L. y Wells, Robin (2007), Fundamentos de Economía. Barcelona, España: Editorial Reverté, SA. 2008.

Mises, Ludwig von (1912), The Theory of Money and Credit. New Haven: Yale University Press. 1953.

Mises, Ludwig von (1946), “Business Under German Inflation: The Losses from the German Inflation Far Exceeded Any Gains”. Foundation for Economic Education: The Freeman. 2003.

Mises, Ludwig von (1949), Human Action. The Scholar's Edition. Auburn, Alabama: Ludwig von Mises Institute. 1998.

Salerno, Joseph T. (2014) “The Neo-Mercantilist Hysteria Over US Trade Deficits”. Mises Institute: Mises Daily.

jueves, 19 de noviembre de 2015

Atraso cambiario: Vanoli miente, según el BCRA


De acuerdo con el presidente del Banco Central de Argentina (BCRA), Alejandro Vanoli, "No hay atraso cambiario…". Sin embargo, eso no es cierto si nos guiamos por los criterios que usó el banco central en otra ocasión para desmentir que hubiera atraso.

Corría el año 2009-2010 y ya se hablaba del tema. En aquel entonces el BCRA mandó información desmintiéndolo (de la mano del "periodista" que cobra más dinero del gobierno para defenderlo). ¿En que criterios se basaba el BCRA para negar un atraso cambiario? En estos tres:
  • 1) El tipo de cambio real multilateral (TCRM) debe estar por encima de la convertibilidad.
El artículo dice: "Página/12 tuvo acceso a un informe del Central que señala que el tipo de cambio real multilateral (comparado con los países con los que se sostienen relaciones comerciales) actual es un 143 por ciento superior al de la salida de la convertibilidad." 

Veamos el índice de Natalio Ruiz que usa un IPC no manipulado por el gobierno:


Claramente el TCRM no está muy lejos de la convertibilidad. Si tomamos diciembre de 2001 como 100, el TCRM hoy está en solo 107 (en su "mejor época" post "1 a 1" estuvo alrededor de 230). Están casi iguales. Por lo tanto, según el BCRA, hay atraso cambiario
  • 2) Debe haber superávit de balanza comercial y cuenta corriente. 
Continúa el artículo: "Para el Central, 'la existencia de un notable y persistente superávit de la balanza comercial y en la cuenta corriente, en un contexto donde estos superávit han mermado o desaparecido en la mayoría de los países de la región, es otra prueba no menor de que la competitividad sigue siendo muy alta'." 

Pues, de acuerdo con el INDEC, Argentina tuvo superávit de balanza comercial (exportaciones menos importaciones) muy pequeño, hasta ahora de apenas 1551 millones de dólares. Luego hay que recordar que el INDEC incluso manipula las estadísticas de comercio exterior inflando las exportaciones. Por lo que, en realidad, la cuenta está en déficit. Pero incluso si no tomamos en cuenta esa falsificación, el saldo ha venido claramente decreciendo (16 % acumulado desde el año pasado). Las exportaciones han caído todo lo que va del 2015 y 2014. El superávit comercial, como mínimo, "ha mermado" y mucho. Así que ya no es ni "notable" ni "persistente". 

En cuanto a la cuenta corriente, de nuevo según el INDEC, está en déficit en el segundo trimestre de este año y viene así desde 2014. 

Por lo tanto, no existe "un notable y persistente superávit de la balanza comercial y en la cuenta corriente". Nuevamente, según el BCRA, hay atraso cambiario.

  • 3) Debe existir un crecimiento de la exportación de manufacturas de origen industrial.
Por último tenemos esto: "El informe del BCRA remarca que, si el tipo de cambio estuviese atrasado, las manufacturas de origen industrial no hubiesen podido crecer un 39 por ciento en el primer cuatrimestre de 2010 con respecto al mismo período del año pasado."

Según el informe del propio INDEC, las Manufacturas de origen industrial cayeron 28 % respecto a septiembre del año pasado y 19 % en los últimos nueve meses.

¿Qué significa eso? Adivinaste. Según el BCRA, hay atraso cambiario.

Siempre pensé que la ridiculez de Marcó del Pontsería difícil de superar. Es complicado estar por encima de la peor banqueracentral del mundo. Pero Vanoli está haciendo esfuerzos denodados por entrar al podio.

lunes, 21 de abril de 2014

Fue la Crisis de 2001-2002 la "Peor de la Historia"?


No. En términos de las cifras de PBI con las que contamos.

¿Cuantas veces oímos que la crisis de 2001 fue la peor de la historia argentina? ¿O que fue una crisis nunca vista en la historia?

En general, a los socialistas (de izquierda y de derecha) les gusta mentir exagerar sobre lo mala que era la situación inicial que encontraron cuando llegaron al gobierno para ensalzar su actual gestión e inflar el impacto de sus políticas. Por ejemplo Allende lo hizo en Chile diciendo que estaban en una "depresión aguda" antes de él y actualmente los fanáticos propagandistas del gobierno kirchnerista llegan a decir que "[L]a crisis de 2001... se constituyó en la peor crisis económica y social de la historia argentina en términos de caída del Producto...".

Según Heymann; Centrángolo y Ramos (2007) eso es mentira:

Heymann et al. (2007)
Como se ve, en términos de PBI por habitante, la crisis de 2002 se ve superada por muy poco por la crisis de 1889-91, aunque el Siglo XIX se recuperó mucho más. También fue superada por el cataclismo de la Primera Guerra Mundial. La caída de 1998-2002 fue muy similar a la de la Gran Depresión (recuerden que la misma no fue solo americana, también fue un ciclo económico internacional), pero con una subida mucho más rápida.

Pero ¿Qué ocurrió con el PBI real? Veamos la serie de PBI real más larga de que disponemos, la de Ferreres (2010) que va desde 1810 hasta 2009:

Ferreres (2010)
El PBI real tuvo su mayor caída anual en 1897, una baja del 18,88 %. Bastante alejado del casi 11 % de caída en un solo año de 2002. Sin embargo, dado que no existían las cuentas nacionales en el Siglo XIX y solo tenemos estimaciones, deberíamos ver a otro autor para comparar si también observa una caída similar en el mismo año. A continuación tenemos la misma serie, en otro gráfico, que esta vez incluye la de Cortés Conde (2009: 308-09):

Ferreres (2010) y Cortés Conde (2009)
Con la serie más corta de Cortés Conde (2009) la situación cambia y observamos que 1) La tremenda caída de 1897 no fue tan grande y 2) La peor disminución del PBI real ahora es la que ocurrió en 1917: Una baja de 13,72 %. Cifra que sigue siendo mayor al 10,89 % [Error en el gráfico] de 2002. Es evidente que en términos de PBI real, de las investigaciones históricas más importantes, el 2002 no fue la caída anual más importante de la historia

Ferreres (2010)
¿Qué hay de la caída en la industria? La peor ocurrió en 1880 con un -15,07 % mucho mayor al -10,96 % de 2002. Además se notan varias caídas en otros años que también superan a la crisis de principios de 2000.

Ferreres (2010)
El salario real se desplomó un 19,01 % en 2002 producto de la devaluación y el salto inflacionario. Sin embargo, a pesar que 19 % es una caída muy considerable, la misma palidece ante la mayor caída de toda la serie. En 1976 el salario real colapsó un impresionante 34,50 %, aun cuando ya venía cayendo un 3,91 % en 1975. Mucho menor, pero mayor que la de 2002, fue la baja de 1959, un considerable 25,58 %.

Ferreres (2010)
Dado que no hay disponibles series fiables de desempleo del Siglo XIX, y ni siquiera de los primeros años del Siglo XX, no tenemos mucha "historia" con qué comparar, solo tenemos datos buenos a partir de 1963. No debería extrañar entonces que en esta categoría la crisis de 2002 sí gane con creces. Hay una estimación, por ejemplo, de Bunge para el periodo de la Primera Guerra Mundial que dice que el desempleo llegó a 19,4 % (Cortés Conde, 2009: 56). Aun así no supera el tremendo 22,64 % de 2002.

Ferreres (2010)
En cuanto a la oferta monetaria, por fin podemos decir que la crisis de 2001 fue la peor de la historia. Desde 1863 la mayor contracción monetaria en un año ocurrió en 2001: El M3 se redujo un 22,34 % con respecto al año 2000. Lo único que se acerca a eso es la contracción monetaria de 1900 con una baja de 17,92 %. Esto no debería extrañar pues el caso argentino de 2001 es un ejemplo de manual de la llamada Deflación Confiscatoria (Salerno, 2003) por parte del Estado. El corralito es un buen ejemplo.

Ferreres (2010)
Muchos también se fijan en la deflación de precios que comenzó en 1999 con una caída del IPC del 1,13 %, se aplacó en 2000 cayendo 0,15 % y se profundizó en 2001 con 1,07%. Por supuesto eso se queda chico en comparación con las grandes deflaciones anteriores, en especial la de 1841 cuando los precios cayeron el máximo registrado: 40 % en un año. O con el periodo 1848-52 donde cayeron: 6,51 % en 1848, 10,89 % en 1849, 1,93 % en 1850, 4,32 % en 1851 y un tremendo 21,68 % en 1852. Al lado de eso, la deflación de precios de 1999-2001 fue ínfima.

Como ya debería quedar claro, no estoy diciendo que en 2001-2002 no hubo crisis, ni tampoco estoy diciendo que fue una crisis pequeña o irrelevante. Porque claramente no lo fue. Lo que sí estoy diciendo es que, en términos de las variables vistas, no fue la caída más profunda de la historia argentina.

Lo de que venimos de la "peor crisis de nuestra historia" es otra mentira del realto kirchnerista. ¿Todavía soñas con ir a La Cámpora?





Cortés Conde, Roberto. (2009) The Political Economy of Argentina in the Twentieth Century. New York: Cambridge University Press.

Ferreres, Orlando J. (2010) Dos Siglos de Economía Argentina 1810-2010. Edición Bicentenario. El Ateneo y Fundación Norte y Sur, Buenos Aires.

Heymann, Daniel; Cetrángolo, Oscar y Ramos, Adrián (2007), "Macroeconomía en recuperación: la Argentina post-crisis". En CEPAL (2007), Crisis, recuperación y nuevos dilemas. La economía argentina 2002-2007. Documentos de Proyectos. Nº 20.

Salerno, Joseph T. (2003) "An Austrian Taxonomy of Deflation—With Applications to the U. S." Journal: Quarterly Journal of Austrian Economics. Vol. 6, No. 4, 81-109.