miércoles, 22 de junio de 2016

La “paradoja del ahorro”: el mito keynesiano que jamás morirá


La "paradoja del ahorro" se ha hecho conocida particularmente gracias a John M. Keynes, aunque no es una creación original de él. Después de todo, Keynes se dedicó en gran parte a revivir viejas falacias inflacionistas ya refutadas. El mito es repetido ad nauseam por el keynesianiso más extremo y, a veces, por el que no lo es tanto.

Básicamente lo que dice la paradoja del ahorro es que suponiendo que el ahorro es beneficioso a nivel individual, ello no implica para nada que lo sea a nivel general. Los defensores de que el progreso de la sociedad es gracias al ahorro, dicen los keynesianos, cometen una falacia de la composición: que el ahorro sea benéfico a nivel particular no significa que sea bueno socialmente.

Recuerden el aforismo keynesiano: mi gasto es tu ingreso y mi ingreso es tu gasto. Por ende, es cierto que un individuo puede aumentar su riqueza incrementando su ahorro, pero solo a expensas de otra gente. Más ahorro, por definición, significa menos gasto en consumo. Menos gasto en consumo es menos ingreso para las empresas de consumo.

Imaginen ahora si todos ahorran simultáneamente, es decir, si todo el mundo disminuye su gasto en consumo al mismo tiempo. El ingreso de todas las empresas de consumo caería sincrónicamente provocándoles pérdidas. Un círculo vicioso se pone en marcha: por la caída de ingresos, la inversión cae. Por tanto, disminuyen los ingresos de los factores de producción (salarios y rentas). Al bajar los ingresos de los factores, el gasto en consumo se retrae todavía más y la economía se hunde en una espiral deflacionaria prácticamente interminable. Como los ingresos han caído, para ahorrar lo mismo que antes (cuando se disponía de un nivel de ingreso mayor), se deberá dedicar una fracción mayor de ingreso al ahorro. Desmoronando más el consumo y, ulteriormente, más el ingreso y así sucesivamente.

He ahí la paradoja: si todos tratan de aumentar su ahorro al mismo tiempo, producirán efectos que hacen que todos terminen ahorrando menos simultáneamente. El intento de aumentar el ahorro total termina disminuyendo el ahorro total. La falacia de la composición no puede ser más evidente: es completamente erróneo generalizar los benéficos efectos individuales del ahorro a la sociedad en su conjunto.

Demoledora refutación, ¿No? Pues… no.

Como correctamente señala Hülsmann (2012), es cierto que una reducción de gasto en consumo hará que se reduzca la inversión en empresas de bienes de consumo. Pero es falso que se pueda generalizar ese hecho.

Si una empresa se enfrenta a una reducción de ingresos, solo podrá permanecer en el mercado si disminuye sus costos, es decir, si baja su gasto en factores de producción renegociando los contratos con los dueños de los factores. Dado que solo una firma confronta una caída de ingresos, por ejemplo, debido a que cambió la demanda de los consumidores; le será muy difícil renegociar porque los factores de producción tienen otras alternativas. Se pueden ir a servir a otra compañía, posiblemente (aunque no únicamente) a la que experimenta una expansión de demanda dado el cambio que produjo la caída en ingresos de la primera empresa, en lugar de quedarse y que les bajen enormemente la paga. La oferta adicional de factores en busca de empleo hará que sus nuevos empleadores tiendan a pagarles menos de lo que ganaban antes en la industria que tuvo problemas, pero esos ingresos no son lo bajos que serían si seguían trabajando con sus antiguos empleadores que pasan dificultades. La firma que sufrió la caída de ingresos por el cambio de demanda se queda, de esta forma, con pérdidas y fuera del negocio (Hülsmann, 2012).

Como resultado, la economía en agregado progresa como antes, e incluso más que antes (Hülsmann, 2012). Primero porque la reducción parcial del precio de factores hace que ciertos proyectos, antes inviables por el previo precio más elevado, ahora sean rentables. Y segundo porque el cambio en la demanda implica que las empresas, cuyos bienes no son ya demandados y daban pérdidas, estaban destruyendo riqueza y mal asignando recursos si seguían produciendo. Su salida del mercado significa dejar de destruir valor. No hay un aparente juego de suma cero en el cual uno se beneficia a costa de otro como dan a entender los keynesianos, sino que la sociedad en su conjunto continúa progresando y se beneficia.

Pero las cosas cambian cuando todas las empresas experimentan una caída de ingresos monetarios, por ejemplo, a causa de que aumenta la demanda de dinero. Que caigan los ingresos de todas las firmas no implica para nada que todas tendrán pérdidas. ¿Por qué? Porque todas las compañías están involucradas en esto y, por ende, todas las empresas tendrán que reducir su gasto en factores de producción. Los dueños de los factores, a diferencia del escenario de la industria individual, ahora no tienen alternativas cuando su compañía quiera renegociar una baja considerable y tenderán a aceptar porque en todos los otros lados están en una situación similar (Hülsmann, 2012). Por tanto, no va a ocurrir que todas las empresas tengan pérdidas. Márgenes de beneficios pueden ser mantenidos y no sucede ninguna espiral deflacionaria sin fin.

¿Notan el error? La paradoja del ahorro se basa en generalizar indebidamente el caso de una empresa individual a toda la economía. Es decir, el usual argumento keynesiano contra la frugalidad se sustenta en una falacia de la composición. Los keynesianos llevan décadas acusando a otros del error que ellos cometen.

En conclusión, el núcleo de la paradoja se apoya en la falacia que los keynesianos proyectan sobre el análisis contrario. El ahorro voluntario es y seguirá siendo beneficioso tanto a nivel individual como colectivamente. En el único lugar donde ello no es así es en el mundo de fantasía de los keynesianos.   




Hülsmann, 
Jörg G. (2012) "The Meaning of Macroeconomics". Romanian Economic and Business Review. Vol. 7, No. 3, 40-54.

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