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viernes, 5 de enero de 2018

El mito de que el capitalismo causa la brecha salarial de género (II)


En un post anterior vimos cómo el mercado tiene un mecanismo inherente y sistémico cuyo proceso tiende a igualar los salarios de hombres y mujeres cuando la diferencia no sea explicada por el valor de la productividad marginal esperada.  Ahora veremos unos pocos puntos accesorios que se pueden desprender de tal hecho y, de paso, contestaremos ciertas críticas posibles por parte del feminismo socialista que sostiene el mito.

El mercado no “prohíbe por ley”, pero castiga

El socialista moral podría decir que “no alcanza” solo con el incentivo del costo monetario, fundirse y la continua reducción de influencia que propicia el mercado porque “hay que evitar que la discriminación ocurra totalmente” y para ello “el Estado debe prohibirla por ley”. 

Por supuesto, tal argumento suena bien, pero ignora muchas cosas. Primero que nada, el Estado no es omnipotente. Que exista una regulación que lo prohíba, no necesariamente impide que un acontecimiento ocurra de todos modos (fuera de la visión del gobierno). Y mientras suceda fuera del ojo vigilante, la penalidad del Estado no se impone. Por ejemplo, el consumo o producción de ciertas drogas está prohibido con penas severas por parte del Estado en muchos países y aun así estas abundan entre sus habitantes. Segundo, el Estado está compuesto por hombres, muchos de ellos son sobornables y el Estado sistemáticamente favorece la corrupción. El hecho prohibido acontecerá mientras los funcionarios sean corrompidos. Por tanto, por más que se prohíba por ley, el hecho puede ocurrir de todas maneras de la misma forma que puede pasar en el mercado. La pena de cárcel o multa dineraria estatal es “tan incentivo” como lo son las penas que vienen del mercado. Sin embargo, la cuenta de pérdidas y ganancias del mercado es (a) incorruptible, (b) inescapable y (c) actúa de forma absolutamente inmediata. Es igual de severa con todos en cualquier rincón, a cualquier hora y ante ella no hay escapatoria ni soborno que valga. El mercado es inmediato e inescapable, mientras el Estado, no.

Bajo las reglas del mercado, no está “prohibido” discriminar (sin considerar productividad) en el sentido estricto de que nadie nunca jamás lo hará o intentará. Pero el proceso de mercado tiende a provocar que la gente sea menos discriminadora haciendo que lo paguen con su propio patrimonio. En otras palabras, si algunos empresarios quieren discriminar, pueden hacerlo. Pero inmediata e inexorablemente aparecerá la penalidad, la “multa” despiadada del mercado. A causa de ello se volverán sucesivamente una irrelevancia en el mercado o irán a la quiebra y, siendo así, su rango de acción discriminadora será cada vez menor hasta ser impotente. 

A medida que el empleador pierda dinero o gane mucho menos por su decisión tozuda de continuar siendo “sexista”, sus competidores lo desplazarán del mercado y el empresario pasará de seguir siéndolo a ser un asalariado. El emprendedor deja de tener control sobre recursos y puede pasar a ser un empleado más. No solo dejando de influir en el mercado con su “sexismo”, sino convirtiéndose en uno más de los hombres que cada día están más dificultados de encontrar empleo. Su contribución, ahora como oferente laboral adicional, en el margen y ceteris paribus, pone aún más presión a la baja de salarios masculinos en el mercado laboral. En una ironía desconocida para el torpe análisis socialista feminista, al hacer que el empresario expulsado pase a ser un asalariado, el mercado tiende a poner a los empresarios “sexistas” en un lugar que contribuye a la igualación de salarios de hombres y mujeres.

El capitalismo expulsa de su función empresarial a este empresario por su pobre función anticipadora y su insistencia en actuar con criterios no-de mercado sino personales. Al mismo tiempo, el rol de empresario del emprendedor o emprendedores que no se dejaron guiar por su “sexismo patriarcal” se amplía y consolida cada vez más. Bajo el mercado libre, no se tiende a tener preferencias basadas en el “genero” (fuera de la productividad) porque los que las tengan son continuamente expulsados del mercado.

Consumidores sexistas

Dado lo irrefutable del análisis anterior, la única escapatoria para el feminismo socialista es: ¿Y qué pasa si son los clientes los sexistas? Entonces la discriminación podría ser duradera e incluso permanente pues en ese caso ya no hay mecanismo de mercado que castigue el sexismo empresarial. Sin embargo, tampoco acá es cierto que el mercado no penalice. 

Si no es el empresario el que paga con su patrimonio, lo hará su clientela. Los consumidores "sexistas", aquellos que decidan a ir y poner su dinero en lugares o empresas donde deliberadamente solo se contraten hombres (con salarios relativamente elevados) en detrimento de mujeres, ceteris paribus, deberán pagar precios mucho más altos que los consumidores que no discriminan. La penalidad recaerá por completo sobre todos los que discriminen.

En otras palabras, bajo una economía libre, todos los consumidores sexistas son castigados por el mercado con la “multa” de pagar más caro la totalidad de los productos de comercios que también sean sexistas. Si los consumidores “sexistas” desean dejar de pagar el sobreprecio permanente y no ser más pobres de lo que serían si no fueran como son, deberán adquirir productos de empresarios que contraten mujeres y vendan a menor precio, aunque deban hacerlo de manera subrepticia. 

¿Y si todos los empresarios son sexistas-patriarcales por costumbre?

Alguien podría argumentar que todo el análisis anterior no es correcto porque la discriminación sexista es una pauta de comportamiento sistemático social. Es decir que, más allá de las ganancias, TODOS los empleadores (e incluso las empleadoras) van a actuar discriminando por sexo porque así está “establecido socialmente”, porque fueron "criados así", por “costumbre”, “mandato social” o, el término arbitrario, indefinido y multiuso favorito de las feministas; por “patriarcado”. Manteniendo así, el “estatus” de diferencial de salarios masculino-femenino e interrumpiendo el proceso de mercado.

Por supuesto que tal asunción es ridícula en términos teóricos e históricos. No hay ninguna razón por la cual suponer que absolutamente todos los empleadores se comportarán igual. De hecho, solo basta con que uno solo decida poner las ganancias por sobre las “costumbres sociales”, como para que el proceso de igualación se lleve a cabo. 

Este empresario único que contrata mujeres, pagando salarios mucho más bajos que TODOS sus competidores, tendrá, ceteris paribus, costos considerablemente más bajos. Por ende, podrá vender a precios menores que toda la competencia sin sacrificar ganancias. Quienes sean sus rivales e insistan en su comportamiento sexista, verán como venden menos y le compran más al “no sexista”. A medida que este último absorba la cuota de mercado de sus competidores, venderá más, incrementando así todavía más sus ganancias. Para producir más, ganando como gana, deberá contratar más mujeres al tiempo de evitar a los hombres, lo cual tenderá a elevar los salarios de las féminas. Los varones despedidos de las empresas competidoras, las cuales fracasaron porque insistieron tozudamente en ser sexistas, deberán competir con otros masculinos por puestos de trabajo que cada vez se reducen más. Lo cual tenderá a reducir los salarios de los hombres. 

Alguien podría pensar que la tendencia a la baja de salarios masculinos podría aliviar los costos de los empresarios sexistas. Pero el asumir extremamente unas “costumbres patriarcales” por parte de TODOS los empleadores o incluso de un edicto del gobierno lleva a bizarras conclusiones. Dado que “por patriarcado” o ley se “debe” mantener cierto margen diferencial entre salarios de hombres y mujeres, y como ahora los salarios femeninos se han elevado por la demanda siempre creciente del único emprendedor excepcional, entonces los salarios de los varones aún empleados “deben” subir para mantener intacto ese “diferencial patriarcal de costumbre”. Agravando la situación de costos de los empresarios sexistas. Al mismo tiempo, ese salario fijado arbitrariamente y aumentado actúa como un "salario mínimo" que provoca un ejército de hombres desempleados que presionan cada vez más ese salario a la baja.

Si aún con esta elevación de salario de mujeres y baja del de hombres todavía queda un margen importante de diferencia tal que el “no sexista” puede continuar vendiendo a precio reducido y toda la competencia que queda sigue insistiendo con su sexismo, entonces nuestro pionero seguirá derrotándolos con su producto barato. Cada vez más cuota de mercado quedará en manos del pionero a expensas de sus competidores “patriarcales”. Por ende, su demanda de mano de obra femenina será cada vez más importante e influyente y su repulsión por usar trabajo masculino afectará a progresivamente más varones en el mercado laboral. Los salarios de las primeras tenderán a subir todavía más mientras los de los segundos caerán adicionalmente.

Y aun asumiendo el caso más extremo y estúpidamente irreal posible, que absolutamente todos los empresarios “y empresarias” en todo el país son sexistas sin excepción alguna, no se cumple el absurdo patriarcal. Porque bastaría con que aparezca un extranjero interesado en ganancias que ocupe el lugar del empresario “pionero” analizado arriba, como para iniciar el proceso de igualación y derrumbar el relato feminista.

Claro que todo el supuesto anterior es, además de teóricamente absurdo, históricamente falso. Los empresarios más exitosos se han caracterizado siempre, precisamente, por romper con esquemas y costumbres establecidos. Siempre surgió necesariamente una camada que rompió con el "status quo", con lo que aprendieron de niños. Jamás podría asumirse que la diferencia salarial entre hombres y mujeres se debe a que todos los empresarios son esclavos de sus "costumbres patriarcales", porque romperlas y beneficiarse de ello es precisamente una tarea de empresarios.

miércoles, 3 de enero de 2018

El mito de que el capitalismo causa la brecha salarial de género (I)


Este post es sobre Teoría Económica. Es un análisis lógico sobre por qué el capitalismo tiene, inherentemente, un freno automático para cualquier persona o grupo que desee pagar menos a una persona o grupo basado en criterios que no sean el de productividad (por su sexo, su religión, su raza, etc.) No es un post sobre los (muchos muy cuestionables) análisis estadísticos sobre la supuesta “brecha salarial de género”. Ello vendrá, espero, en un futuro post.

Con esto, espero no tener que aclararlo a gente que tiene incorporada la reacción de “eso sucede en la teoría, pero la realidad es…” y a continuación pega el nombre de una noticia redactada incorrectamente o un estudio empírico erróneo, de baja calidad o muy cuestionable.

Básicamente, el feminismo socialista establece que ante un mismo trabajo de una determinada calidad durante un mismo periodo de tiempo en circunstancias similares, a las mujeres se les paga sistemática y considerablemente menos. Observen que necesariamente se debe suponer que el tipo de trabajo, las horas trabajadas y la calidad de su realización son iguales en su ejecución tanto por parte de hombres como mujeres. Porque si no fuera así, ello podría explicar la diferencia en remuneración.

¿A qué se debe que se les pague menos? Al “patriarcado” (ese concepto que es usado como ad hoc para toda explicación que no cierre), es decir, una organización social en la que la autoridad la ejercen, de forma desequilibrada y privilegiada respecto a las mujeres, los varones. Dado eso, ellos pueden pagar sistemáticamente menos a las no privilegiadas féminas por el simple hecho de no pertenecer a la casta que supuestamente ejerce el mando.

De entrada, regalaremos que el argumento feminista es correcto sin siquiera cuestionarlo. Vamos a suponer que realmente es así: el valor de productividad marginal estimado para un determinado trabajo por un cierto periodo de tiempo de una calidad determinada es igual entre hombres y mujeres, pero a estas últimas se les paga un salario menor.

Cuadro basado en el de Walter Block

El feminismo socialista moderno asegura que la productividad de la mujer y el hombre son iguales, pero a la mujer se le paga menos. Por lo tanto, en el cuadro de arriba, tanto el valor de la productividad de los hombres como de las mujeres que trabajan en un lugar determinado es de $100 el día (o la hora o lo que quieran de unidad de tiempo). Esto es lo que le aportan a la empresa, lo que recibe el empresario, sus ingresos. Por otro lado, los costos del empleador son los siguientes: le paga $100 al día a los hombres y $70 a las mujeres. He ahí el tan nombrado 30 % de “brecha salarial”.

Sea cual fuere el diferencial (considerable) de salarios entre hombres y mujeres, algo es claro: ceteris paribus (manteniendo sin cambios los precios de las demás materias primas, insumos, etc. complementarios), los costos salariales contratando solo mujeres serían notablemente menores que empleando hombres. El feminismo socialista pretende decirnos que, al mismo tiempo que asumen que los empresarios son seres egoístas que buscan obtener siempre la máxima ganancia posible, los empleados no van a contratar mayoritariamente mujeres aun cuando por cada día trabajado ganan $30 con ellas mientras que con los hombres ganan $0. Independientemente de esa contracción absurda del feminismo de izquierda, nos quieren hacer creer que la situación del cuadro anterior es estable. Claramente no lo es.

El empresario que tenga un juicio superior y sí contrate féminas, al tener erogaciones salariales menores (invariados los demás costos), estará obteniendo beneficios extraordinarios respecto a sus competidores “sexistas”.

Es evidente que esos beneficios extraordinarios de ese emprendedor inducirán a que (1) sus rivales que ya están en la industria lo imiten contratando más mujeres (en lugar de hombres) para también ganar más y (2) otros productores que se dedicaban a otras industrias o disponen de capital en busca de jugosos rendimientos donde invertirlo entren contratando empleadas dada la tasa de beneficio relativamente más alta.

Por un lado, (a) hay una mayor demanda de empleadas femeninas que puja contra una cantidad (stock) dada de mujeres en un momento del tiempo. (b) En la medida que menos mujeres quedan disponibles para trabajar, porque ya fueron contratadas, más escasa se vuelve relativamente su fuerza laboral. Todo ello, ceteris paribus, necesariamente implica una tendencia a la suba de sus salarios. Por el otro lado, (c) hay una demanda de empleados varones que cae contra una cantidad (stock) dado de hombres en un momento del tiempo. (d) A medida que más hombres quedan desempleados, comienzan a abundar y están dispuestos a tomar el mismo puesto de trabajo por menos. Lo que, ceteris paribus, causa una tendencia a la baja de sus salarios.

En resumen, tenemos unos salarios relativamente bajos (de mujeres) que tienden a subir y otros altos (de hombres) que tienden a bajar. Esos movimientos opuestos hacen que el diferencial que había tienda a achicarse o incluso desaparecer (en términos de ser una diferencia considerable).

Una implicación necesaria es que, descontando el riesgo, en las industrias mano de obra intensivas “dominadas por hombres” (pesca, agricultura, minería, informática, construcción, etc.) debería haber de forma sistemática mucho menor beneficio o tasa de beneficio que en industrias mano de obra intensivas “dominadas por mujeres” (cosmética, venta minorista, salud educación, consumo masivo, publicidad, etc.). Nada en una economía libre impide que ocurra el movimiento de inversión de capital monetario desde las industrias con menores beneficios relativos hacia las de mayor. Tendiendo así a aumentar relativamente los beneficios en las primeras y disminuyéndolo en las últimas. Al producirse la tendencia a la igualación de beneficios, aumenta la inversión (y salarios) en industrias intensivas en trabajo femenino mientras disminuye la inversión (y salarios) en las otras de presencia masculina.

De más está decir, pero debo hacerlo dada cierta tendencia de la heterodoxia a reaccionar con “estas suponiendo X”, que no estoy asumiendo para nada un mundo de “competencia perfecta” ni nada por el estilo. Descontando las críticas irrefutables de la Escuela Austriaca contra esa construcción imaginaria, lo único que se ha descripto en este post es la competencia como proceso de rivalidad, que no existen barreras legales-estatales de entrada o salida. El cómo la intervención del Estado sí puede causar una tendencia a la discriminación sexista será tratado en otro post.

La función del empresario es precisamente anticipar que ciertos factores productivos están sub-valuados dado su potencial valor de producción. En este caso, nos referimos a los servicios laborales que proporcionan las mujeres. Mientras eso pase, necesariamente ello es una oportunidad de ganancia para empresarios. Los beneficios que obtengan, son la recompensa por anticipar el futuro incierto con más exactitud que los demás (comprar servicios de factores productivos a precios de mercado menores que el eventual precio de venta del producto).

Dada la incertidumbre inerradicable del futuro, algunos individuos son más capaces que otros para anticipar las futuras condiciones del mercado. Estas personas tienden a adquirir mayor cantidad de recursos a lo largo del tiempo, mientras los sujetos menos capaces se quedan con menos y hasta son expulsados por el mercado de su función empresarial y pasan a ser asalariados. El proceso de mercado del capitalismo es precisamente el funcionamiento de este “mecanismo de selección” en el cual los empresarios menos exitosos (aquellos que sistemáticamente sobre-valúan los precios de los factores productivos relativamente a las eventuales demandas de los consumidores) son eliminados de su tarea de comandar recursos. En el caso que nos concierne, claramente los más capacitados son los que contratan mujeres antes que hombres y los menos exitosos son los que insisten en seguir con hombres.

Como se ve, no hay nada en el funcionamiento del capitalismo que cause un diferencial considerable, permanente y sistemático de salarios entre hombres y mujeres que sea independiente al valor de productividad esperada (sea por sexo, raza, religión, etc.)

La conclusión es evidente: la propia tendencia de evitar pérdidas y maximizar ganancias es la que asegura que no haya diferencias enormes permanentes en el precio del servicio del factor trabajo (salario) que no vengan justificadas por productividad. Es el propio proceso de beneficios y pérdidas del mercado lo que genera una tendencia a la igualdad de salarios. El mercado libre tiene inherente e inevitablemente una tendencia sistémica a castigar (hacer pagar caro) la discriminación sexista y premiar la inclusión.  

sábado, 30 de abril de 2016

Como el capitalismo del siglo XIX benefició a los trabajadores

New York, 1900. Fuente: Alamy

En el año 2014 se publicó un libro (van Zaden, et al. 2014) con las más modernas estimaciones de estadísticas de bienestar a nivel mundial desde 1820 en adelante. En este post, veremos cómo evolucionaron los salarios reales de los trabajadores desde 1820 hasta 1900.

Primero una aclaración obvia: como todo el mundo supone, en el siglo XIX no habían abundantes estadísticas precisas con índices de precios o salarios. Por ende, los economistas e historiadores hacen cuanto pueden con lo que tienen y con los pocos datos que consiguen. Por ejemplo, calcular un Indice de Precios al Consumidor (IPC) a lo largo de un tiempo largo es muy problemático. Hay que considerar cambios en los precios relativos entre bienes complementarios y la introducción de nuevos bienes (vía mejoras tecnológicas o mediante comercio internacional) que pueden causar que se sobre o subestimen las verdaderas subas de precios, existen adicionales problemas que surgen de hacer comparaciones internacionales de salarios reales dado que dietas y patrones de consumo difieren radicalmente, etc. (de Zwart, et al. 2014) 

Para lidiar con eso, se puede usar una canasta de bienes basada en la cantidad estándar de proteínas (40 gramos por día, mínimo) y calorías (1940 calorías por día, mínimo) que se consumen y que provienen de los carbohidratos más baratos del área (en Asia el arroz, en Africa el maíz y la yuca, en Europa del norte avena, etc.). Además, la canasta contiene unas comidas más aparte de las anteriores, algo de ropa y combustible (de Zwart, et al. 2014). A continuación se muestra cuantas de estas canastas de subsistencia diaria puede comprar un salario diario de un trabajador (no calificado, hombre) de la construcción. Este índice refleja el nivel absoluto del salario real basado en una canasta de mínima subsistencia y, por ende, también puede ser una medida absoluta de bienestar. Es una especie de línea de pobreza dado que se relaciona con la cantidad de veces que un trabajador no calificado de la construcción puede comprar la canasta mínima requerida para subsistir a diario (de Zwart, et al. 2014). En palabras simples, 1 es la "línea de pobreza" absoluta. Para "subsistir" se necesita poder comprar 1 canasta al día. 

Dado que tampoco existía un "índice de salarios" en 1820 para los salarios nominales, se usan los sueldos de los trabajadores de la industria de la construcción. ¿Por qué? Porque la construcción fue una de las más importantes industrias en el mundo pre-industrial. Además, la naturaleza del trabajo no ha cambiado mucho desde la era medieval. La evidencia sugiere que los salarios de los trabajadores de la construcción son indicativos de la tendencia de la media de los ingresos (de Zwart, et al. 2014).

Veamos ahora cómo se comportaron los salarios reales en algunas zonas del mundo desde 1820 hasta 1900 por década:

Salario real (en cantidad de canastas de subsistencia) de
Europa occidental, promedio por década, 1820-1900

En Europa occidental los trabajadores pasaron de poder comprar aproximadamente 11 canastas de subsistencia diaria en los 1850s a 19 en 1900s.

Particularmente importante es ver la evolución del salario real en Europa occidental (Reino Unido, Países Bajos, Francia, Alemania, Italia, España y Suecia). ¿Por qué? Porque allí es donde la revolución industrial surge primero y donde más desarrollado se encuentra el capitalismo relativamente a otras partes del mundo en el periodo. Por ende, según las doctrinas marxistas, es ahí donde debería haber una tendencia de los salarios reales a mantenerse en el nivel de subsistencia.

Ahora bien, la evidencia histórica disponible demuestra que no existió ninguna tendencia de los salarios reales a caer  o mantenerse en el nivel de subsistencia durante la era del capitalismo de la segunda mitad del siglo XIX en la región que era más "capitalista": Europa occidental.

Este incremento descomunal en el ingreso real de los trabajadores no calificados occidentales respecto a otras partes del mundo es un fenómeno que se conoce como "la gran divergencia". Es decir, el incremento desigual del nivel de vida entre el mundo occidental y otras partes como la región asiática.

Salario real (en cantidad de canastas de subsistencia) de 
Europa del este, promedio por década, 1820-1900

Observen que incluso Europa del este (Rusia y Polonia) se benefició de la explosión capitalista.

Salario real (en cantidad de canastas de subsistencia) de 
Vástago occidental, promedio por década, 1820-1900
 

Aunque los datos para el Vástago occidental (Estados Unidos, Australia y Canadá) están incompletos, se observa también la tendencia al incremento del nivel de vida. 

Adicionalmente, se puede ver que el nivel de salarios reales es muy superior al de las demás regiones. Una posible explicación para esa desproporcionada diferencia son los precios relativos: los precios de los principales alimentos básicos, que son la parte principal de la canasta de subsistencia, eran relativamente bajos en esos países ricos en tierras (de Zwart, et al. 2014).

Salario real (en cantidad de canastas de subsistencia) de 
Latinoamérica, promedio por década, 1820-1900
 

Incluso en Latinoamérica (México, Brasil y Argentina) se ve una suba importante.


Salario real (en cantidad de canastas de subsistencia) del este de Asia, sur y sudoeste de Asia, medio oriente y Africa del norte y Africa subsahariana, promedio por década, 1820-1900

Por otro lado, tanto el sur y sudeste de Asia (India, Indonesia y Tailandia) como el medio oriente y el norte de Africa (Egipto y Turquía) se mantuvieron estancados en el periodo. Mientras tanto el salario real del este de Asia (China y Japón) y Africa subsahariana (Kenia, Nigeria y Sudáfrica) claramente aumenta desde mitad del siglo XIX. Pero como parten de mucha mayor pobreza que occidente, en términos de nivel, su suba no aparenta ser importante. 

Dado que el capitalismo no se extendió uniformemente por el planeta, sino que comenzó en ciertas regiones primero para ulteriormente desplegarse; no debería extrañar a nadie el desigual aumento del nivel de vida que caracteriza a la "gran divergencia". Tampoco debería asombrar que en regiones aún poco afectadas por el capitalismo no hayan tenido crecimiento de salarios reales. 

La distancia entre la cantidad de canastas que compraba un occidental y las que podían comprar los de las demás regiones determinaba niveles de vida completamente diferentes. Un salario de un trabajador hombre en Europa occidental compraba, digamos, 12 veces su consumo mínimo diario. Debido a ello le quedaba más renta disponible y podía aumentar su inversión en educación, salud y productos industriales (de Zwart, et al. 2014).

Salario real (en cantidad de canastas de subsistencia)
del 
mundo, promedio por década, 1820-1900

Gracias al capitalismo de la segunda mitad del siglo XIX, el salario real medio de los trabajadores no calificados aumentó constantemente en el mundo.

Toda la moderna evidencia científica e histórica demuestra que el capitalismo del siglo XIX en general y el de su segunda mitad en particular elevó el salario real y bienestar de los trabajadores como nunca en la historia. Y ello ocurrió con un Estado que, en términos relativos al de hoy, era pequeño, bajo Patrón Oro y sin estado de bienestar.

La verdadera "revolución proletaria"* fue la del capitalismo.





* Entendiendo "revolución" en su sentido estricto de un cambio rápido y profundo en el nivel de vida de los trabajadores.


 



van Zanden, Jan L., et al. [Eds.] (2014), How Was Life?: Global Well-being since 1820. OECD Publishing.

de Zwart, Pim; van Leeuwen, Bas y van Leeuwen-Li, Jieli (2014), "Real wages since 1820". En Jan Luiten van Zanden, et al. (Eds.) How Was Life?: Global Well-being since 1820. OECD Publishing.

sábado, 15 de agosto de 2015

Salarios reales en el siglo XIX en Estados Unidos

Estados Unidos en el siglo XIX

En un post del año pasado vimos que, como es usual, Marx se equivocaba en su "predicción" de que el capitalismo tiende a disminuir el valor medio de los salarios. Hoy vamos a ver que Marx se sigue equivocando.

Usando el índice de salarios nominales anual de la FED de St. Louis y el IPC
de la FED de Minneapolis, podemos realizar un índice de salarios reales anual para Estados Unidos en el periodo 1820-1914 (con 1820 = 100). Recuerden que la llamada "Era Liberal" termina en 1914 con el estallido de la Primera Guerra Mundial, que es el comienzo de la pesadilla estatista del siglo XX. Por eso los gráficos terminan ahí.


De una punta (1820) a la otra (1913), el salario real de los trabajadores se multiplicó por cinco durante el siglo XIX. Observen la tremenda caída entre 1861 y 1864. Lo que ocurrió fue la Guerra Civil Americana, la cual incluyó una hiperinflación. Juan Ramón Rallo hizo el mismo gráfico antes, pero deflactando los salarios con el IPC de Measuring Worth. Por eso los valores son algo diferentes.

Alguien podría decir: "esa suba se puede haber debido a una restricción de la oferta laboral a lo largo de los años, mas que a un aumento de la remuneración real y demanda de trabajo". Pues, no.


Como se puede ver, según los datos de Maddison, la población aumentó exponencialmente durante ese mismo periodo.

En palabras simples: el capitalismo del siglo XIX logró incrementar en cinco veces los salarios reales de los trabajadores al mismo tiempo que la población se multiplicaba por diez y con una guerra civil de por medio. Todo sin salario mínimo y sin sindicatos privilegiados por el Estado. 

No hay mucho más para añadir.

martes, 7 de julio de 2015

Cuando "la causa" de la Gran Depresión NO provocó una gran depresión


La explicación más extendida sobre las causas del cataclismo de 1929-1933 en Estados Unidos es la monetarista y dice, en general, algo así: la Gran Depresión fue causada por la Reserva Federal (FED) debido a que no hizo lo suficiente para evitar que la cantidad de dinero se contraiga un tercio (Friedman y Schwartz, 1963: 352) y que el número de bancos también lo haga en la misma medida (Friedman y Schwartz, 1963: 299). De allí viene el comentario de Friedman de que por cada 3 dólares en depósito que había en 1929, solo quedaban 2 dólares en 1933. Y por cada 3 bancos de 1929, existían solo 2 en 1933.

En este blog hemos revisado la visión de la Escuela Austriaca de Economía sobre la Gran Depresión. La misma no culpa a la contracción monetaria en sí (de hecho, demuestra que la FED hizo todo cuanto pudo para reinflar el crédito), sino a la política del gobierno de Hoover y a los intentos de la Reserva Federal de mantener artificialmente altos precios y salarios.

Sin embargo, hay un caso histórico que sirve para ilustrar que la explicación austriaca tiene mucho más sentido para comprender los hechos acaecidos en los años 30s que la monetarista.

Casi a mediados del siglo XIX en Estados Unidos ocurrió un ciclo económico cuya fase de contracción se comienza a manifestar con el pánico de 1837. Sin meternos demasiado en cuales fueron las causas, veamos como se desarrollaron los hechos posteriores.

Dado que, en general, no hay datos completamente seguros de los hechos concernientes al siglo XIX; siempre es bueno usar varias fuentes o una sola que haga un análisis con ese criterio. Friedman y Schwartz (1970: 231-32) enseñan tres fuentes diferentes de oferta monetaria para los años previos a 1867. El siguiente cuadro las muestra para el periodo 1837-1843:

Oferta Monetaria de Estados Unidos, 1837-1843 según
autores. Fuente Friedman y Schwartz (1970: 231-32)
Noten que todas registran una caída de más de un tercio en la oferta monetaria, desde el pico de 1838 hasta el valle de 1842. Lo mismo que ocurrió en el periodo 1929-1933 y que, según los monetaristas, fue la causa principal del cataclismo de la Gran Depresión. Los propios Friedman y Schwartz mencionan el episodio del siglo XIX (Friedman y Schwartz, 1963: 299-300), aunque el trabajo más importante sobre esa crisis es el de Temin (1969) y su estimación de la oferta monetaria también se encuentra en Temin (1968). Veamos algunos datos de ese periodo:
  • La oferta monetaria se redujo un 34,2 % entre 1839 y 1842. Es decir, la cantidad de dinero se contrajo un tercio en 1839-1842 
  • La cantidad de bancos se redujo en un 23 %, incluyendo el Banco de Estados Unidos. O sea, un cuarto de los bancos colapsaron (Rothbard, 2002: 101; Salerno, 2010: 277 basados en Temin, 1969) 
  • Según Measuring Worth, el índice de precios al consumidor cayó un 12,4 % entre 1839 y 1842 y, si tomamos hasta 1843, bajó un 20,5 %. Mientras tanto, los precios mayoristas se desplomaron un 42 % (Rothbard, 2002: 101; Salerno, 2010: 277 basados en Temin, 1969) 
  • De acuerdo con Measuring Worth, el PBI real (en dólares de 2009) aumentó un 5,8 % entre 1839 y 1842. Y, si tomamos 1839-1843 (porque hasta 1843 los precios aún seguían bajando), el PBI real creció 11 % 
  • El consumo real aumentó 21 % entre 1839 y 1843 (Rothbard, 2002: 103; Salerno, 2010: 277-78 basados en Temin, 1969) 
  • Sin embargo, la inversión bruta real se desplomó un 23 % en 1839-1843 (Rothbard, 2002: 103; Salerno, 2010: 278 basados en Temin, 1969) 
¿Cual fue el "secreto" para que factores similares a los que causaron la Gran Depresión no provocaran en 1839-1843 un cataclismo similar al de 1929-1933? Simple, no hubo intervención estatal para evitar que salarios y precios se ajustaran a la situación económica y monetaria. Es decir, los salarios eran flexibles (Rothbard, 2002: 103-04; Salerno, 2010: 277-78). Como dice Margo (2000: 159): "Los salarios nominales antes de la Guerra Civil eran flexibles en respuesta a shocks nominales o reales sostenidos, pero no de inmediato."

En conclusión, para los monetaristas la causa principal del colapso de la Gran Depresión en 1929-1933 fue (que la FED permitió) la reducción de un tercio de la cantidad de dinero en ese periodo con las quiebras bancarias. Sin embargo, en 1838-1842 la cantidad de dinero también se redujo en más de un tercio, junto con una desaparición importante de bancos y una deflación fenomenal, sin causar un cataclismo ni remotamente similar. Es decir, sin desempleo masivo y permanente del 25 %, sin una caída catastrófica del PBI real, sin una reducción descomunal del consumo real. Por supuesto, la crisis no fue un paseo por el parque. Gente quedó temporalmente desempleada y mucha riqueza se perdió en mala inversión.

La brutal caída de la inversión real refleja la muy saludable liquidación de las malas inversiones del auge previo (Salerno, 2010: 278) y la flexibilidad de salarios explica que, aun con una contracción monetaria, quiebras bancarias y una deflación similares; la economía pudo funcionar en el siglo XIX sin colapsar como en los años 30s del siglo XX.

Como ya se aclaró, la contracción monetaria y la quiebra de bancos per se no fue la causa de la Gran Depresión. Sino los esfuerzos del gobierno (y de la FED) para evitar el reajuste de precios y salarios relativos.





Friedman, Milton y Schwartz, Anna J. (1963) A Monetary History of the United States, 1867-1960. Princeton, NJ: Princeton University Press. 1993.

Friedman, Milton y Schwartz, Anna J. (1970) Monetary Statistics of the United States: Estimates, Sources, Methods. New York: Columbia University Press for the National Bureau of Economic Research.

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domingo, 1 de marzo de 2015

La Gran Depresión en USA, 1932: El colapso del primer New Deal

Hoover y Roosevelt. Fuente

"En todas partes, vemos la burocracia crecer en tamaño. Como resultado, los impuestos están subiendo en todos lados. En un momento cuando la necesidad de reducir los costos de producción es universalmente discutida, nuevos impuestos se están imponiendo sobre la producción. Por lo tanto, la crisis económica es, al mismo tiempo, una crisis en las finanzas públicas."

Ludwig von Mises (1931)



El New Deal fue un conjunto amplio de medidas gubernamentales para intervenir y planificar la economía. Por ejemplo, impulsar al alza salarios y precios, expansión del crédito, salvar empresas débiles, aumentar el gasto público, etc. (Rothbard, 1963: 186) En palabras simples, un mecanismo para estropear los mercados y prevenir el mecanismo de precios en favor de los intereses de clases especiales (Anderson, 1949: 115). Así fue denominado el programa de Franklin Roosevelt. Sin embargo, no fue una creación del gobierno del presidente demócrata. A pesar de que Anderson (1949: 115) dice que empieza en 1924 como un programa deliberado y consciente debido a la manipulación monetaria, lo cierto es que el New Deal comenzó con toda su fuerza en el gobierno previo de Herbert Hoover (Anderson, 1949: 219-26; Rothbard, 1963: 185-87, 209-10, 217-37, 285-320; Ohanian, 2009; Horwitz, 2011).

El año 1932 es particularmente importante. Debido a la profundización de la depresión en 1930 y 1931 y a que no se veía la más mínima señal de recuperación posible, el intervencionismo de Hoover se vuelve más drástico (Rothbard, 1963: 285-320). Dado su carácter intervencionista, las medidas de 1932 son el verdadero comienzo del New Deal en su máxima expresión.

Más intervención estatal

1) Por si todas las anteriores intervenciones estatales en la fijación de salarios fueran insuficientes, Hoover firma la Norris-La Guardia Act en marzo de 1932. Continuando, de esta manera, su política de cartelización previa. Hoover no se daba por vencido para seguir interviniendo la economía. Básicamente prohibía a las cortes realizar acciones contra los piquetes, huelgas o boicots y además también prohibía los contratos de "perro amarillo" así como exoneraba a los sindicatos de que se les apliquen leyes antitrust (Reynolds, 1982). Dándoles una inédita capacidad y ámbito de realizar sus actos violentos y agresivos. De hecho, luego de la Wagner Act, es la mayor legislación favorable para sindicatos de la historia de Estados Unidos. Ambas legislaciones pasadas para "combatir" una inexistente "falla de mercado" (Reynolds, 1982).

2) La intervención del mercado laboral continuó con la legalización por parte del Congreso de la prohibición ejecutiva de la inmigración y la restricción artificial de la oferta de trabajo que implica. La inmigración cae a mínimos históricos.

Homeland Security
3) Empeñado en evitar la liquidación a toda costa, Hoover impulsa, en enero de 1932, la creación de la Reconstruction Finance Corporation. A esta altura los keynesianos que lo suelen llamar "liquidacionista" demuestran que nunca revisaron la historia. Fue creada para otorgar préstamos y financiamiento con dinero de los contribuyentes a organizaciones que estaban a punto de quebrar. La mayor parte fue prestada a bancos y ferrocarriles (Rothbard, 1963: 296-300). Una vez más, se evitaba la liquidación de malas empresas que tenían pérdidas para usar sus recursos en cosas verdaderamente valoradas por la gente y salir de la depresión. De hecho, desde enero de 1932 hasta febrero de 1933, el organismo otorgó préstamos colateralizados de corto plazo a bancos en problemas. Está demostrado (Calomiris; Mason; Weidenmier y Bobroff, 2012) que los préstamos de la Reconstruction Finance Corporation no solo no evitaron las quiebras de los bancos, sino que hizo que sea más probable que quebraran. Luego, desde marzo de 1933, cambió su política a comprar acciones preferentes (preferred stock). Ello aumentó la probabilidad de supervivencia de los bancos a costa de que los contribuyentes soportaran el riesgo de sus quiebras.

4) En julio de 1932, Hoover pasa una ley para crear la Federal Home Land Banks. Era un sistema de 12 bancos que proveían financiación estable y de bajo costo (subsidiada) para que extendieran préstamos hipotecarios más accesibles a los americanos. En realidad, simplemente proveía ayuda al sector de la construcción. Interrumpiendo, aún más, el proceso de liquidación y purga de malas inversiones que la economía necesitaba.

5) Hoover crea, en 1932, la primer legislación federal para dar ayuda social a los desempleados, la Temporary Emergency Relief Administration. Eran préstamos directos a los gobiernos de los estados para gasto en ayuda social. Este fue uno de los programas claves de Roosevelt luego, al punto de que solo le cambió el nombre. Una vez más, se ve que el verdadero padre del New Deal fue Herbert Hoover. 

Ya en 1932 los empresarios, al ver que el país se seguía hundiendo y dado que la presión sobre los beneficios se hizo insoportable, deciden desacatar el plan de Hoover de mantener los salarios. Es por ello que recién en 1932 bajan considerablemente (Rothbard, 1963: 331-33; Vedder y Gallaway, 1987). Pero la baja de salarios se toparía con un obstáculo que, combinado con la caída brutal de productividad y toda la legislación favorable a los sindicatos, haría que la baja no fuera suficiente: la contracción monetaria.

La FED: Ni pasiva ni deliberadamente contractiva

La FED consistentemente intentó reinflar el crédito durante el periodo 1929-33. De hecho, lo hizo de manera desesperada desde la primera etapa de la Gran Depresión. La Reserva Federal trató desesperadamente de reinflar el crédito incrementando todo lo que estaba bajo su control (Salerno, 1999; Herbener, 2014; Rothbard, 1963: 214-16, 239-41, 260-63; 2002: 274-78). 

Esto no es una idea únicamente austriaca. En la actualidad, incluso un monetarista respetado como Allan Meltzer, en el que se conoce como el mejor libro sobre la historia de la Reserva Federal, reconoce que: "[L]a Reserva Federal no fue enteramente pasiva en los tres años y medio del declive. Más de una vez compró títulos o bajó la tasa de descuento." (Meltzer, 2003: 273). Incluso pone en duda la tesis de Friedman de que si Benjamin Strong, el presidente de la FED desde que se puso en marcha en 1914, no hubiera muerto en 1928; el banco central hubiera tenido una política más consistentemente expansiva (inflacionaria): "[L]os oficiales de la Reserva Federal se comportaron consistentemente en los declives de 1923-24, 1926-27 y 1929-33." (Meltzer, 2003: 274).

Rothbard (1963) y Friedman y Schwartz (1963)
Como se observa en el gráfico, tomando los valores de diciembre de cada año (con diciembre de 1929 igual a 100), tanto la oferta monetaria de Rothbard (1963: 240, 302, 325; Salerno, 1999) como el M1 y M2 de Friedman y Schwartz (1963: 712-14) se contraen desde 1930 hasta 1933. Nadie niega que ocurrió una contracción monetaria importante en 1930-1933, aunque la oferta monetaria austriaca cae mucho menos que la monetarista. Pero no es cierto que la misma fue causada deliberadamente por o debido a la inacción de la Reserva Federal. La deflación o contracción de la oferta monetaria se debió a hechos totalmente fuera del control del órgano monetario.

La FED fue derrotada. El banco central, aun siendo una institución legalmente privilegiada y distorsionadora, no es omnipotente. Puede ser superado si la gente pierde la confianza en el sistema bancario. La autoridad monetaria actuó consistentemente inflando el crédito y aumentando las reservas de los bancos. A partir del segundo trimestre de 1932 surgió el fenómeno de las reservas excedentes (reservas por encima del mínimo legal), como se ve en el gráfico basado en Board of Governors (1943: 396). 
Así es como surgió la primera Flexibilización Cuantitativa (Quantitative Easing).

Board of Governors (1943: 396)
La contracción de la oferta monetaria se debió a factores fuera del control de la FED: 1) La pérdida de confianza de los inversores internos (cambiando sus depósitos a dólares papel) y externos (reclamando su oro) en el pseudo-patrón oro (que no era el Patrón oro Clásico) manejado por el banco central. Lo que supuso un incremento del efectivo en manos de la gente y una caída de reservas de oro de la FED, provocando la declinación de las reservas de los bancos. 2) Los bancos comerciales, actuando prudentemente, trataban de salvarse a ellos mismos y sus depositantes restringiendo préstamos a empresas en ruina y usando esos fondos para repagar las deudas con la FED. Dando otro impulso a la disminución de reservas bancarias. 3) El ya mencionado incremento de las reservas excedentes a partir del segundo trimestre de 1932 (Salerno, 1999; Rothbard, 1963: 304-05).

La deflación monetaria de 1930-33 no fue causada por la Reserva Federal, quien intentó todo cuanto pudo para combatirla. Sino que se debió a los agentes privados internos y externos tenedores de dólares y oro que intentaban reclamar sus justos derechos de propiedad contra un sistema financiero con un banco central que había estafado su confianza con sus manipulaciones inflacionarias del pseudo-patrón oro vigente (Salerno, 1999). No hay nada de malo ni ninguna "falla" de mercado en ese comportamiento. Las corridas bancarias son una forma de deflación crediticia bancaria (bank credit deflation) y ayuda a acelerar el proceso para deshacer las distorsiones de la inflación previa (Salerno, 2003). La deflación de la oferta monetaria bancaria es benigna y purgatoria como cualquier otro proceso de mercado. Los bancos deben caer así como también cae cualquier empresa de otro sector que realice malas maniobras y pierda la confianza de sus consumidores (Salerno, 2003). Lo que provocó y profundizó la depresión no fue la contracción monetaria en sí, sino mantener los precios más altos de lo que hubieran sido sin intervención estatal. Ya sea por la vía gubernamental de mantener salarios y precios o inyectando dinero. De hecho, Rothbard (1963: 304-05) cree que la considerable deflación de julio de 1931 hasta julio de 1932 fue responsable del repunte de actividad de mitad de 1932.

La gran subida de impuestos

Fiscalmente, Hoover tampoco fue completamente contractivo. Como señalan los de The American Presidency Project, antes de 1977 el año fiscal empezaba el 1 de julio y terminaba el 30 de junio. Hay que recordar que Calvin Coolidge fue presidente hasta marzo de 1929. Hoover asumió ese mes del mismo año. Para ese momento, el presupuesto del año fiscal 1930 fue preparado por Coolidge.

Casa Blanca y FRED II
Casa Blanca
Casa Blanca
En primer lugar es importante observar el gasto público real. Es verdad que en el año fiscal de 1933 hubo una baja nominal mínima. Pero debido a la mucho mayor deflación de precios, el efecto real sobre la economía nunca decreció. Tanto el gasto público como el déficit fiscal en porcentaje del PBI muestran una tendencia creciente todo el periodo de la Gran Depresión. De hecho, ambos porcentajes son mucho más grandes que los de Roosevelt en tiempos de paz (antes de prepararse para la Segunda Guerra Mundial en 1941).

Rothbard (1963: 347)
El peso fiscal del gobierno sobre la economía es lo que depreda, del producto nacional del sector privado (calculado como el Producto Bruto Privado o PBP), el sector público total con su gasto. El cociente de la depredación fiscal (gasto público) sobre el producto privado, da el peso fiscal del gobierno sobre la economía (Rothbard, 1963: 253-54, 339-48). El mismo crece todo el periodo de la Gran Depresión (Rothbard, 1963: 253-56, 263-64, 289, 347) desde el 14,3 % del PBP en 1929 hasta el 24,8 % en 1932. El Estado jamás redujo su tamaño real en toda la crisis. Muy al contrario, aumentó sin cesar su depredación del sector privado profundizando la depresión.

Por supuesto, la única excusa de los keynesianos ante esto es que "los déficits y gasto público de Hoover, así como los de Roosevelt, no fueron suficientemente grandes" y por eso no funcionaron. Sin embargo, eso es falso. Gene Smiley (1987) demuestra que una política fiscal más expansiva no hubiera acelerado la recuperación debido a que 1) el análisis keynesiano no toma en cuenta efectos expulsión y 2) incrementos en el gasto neto vía gasto público no alteran los precios relativos de manera que promuevan coordinación a mayores niveles de producción y empleo sostenibles.

Como consecuencia de sus propios déficits fiscales, aparece finalmente el último clavo en el ataúd para terminar de hundir la economía. En 1932, el Presidente Hoover subió los impuestos de manera descomunal. No se salvó nadie, ni los ricos ni los pobres. Todos sufrieron la brutal rapiña del Estado. Comparen solo las tasas marginales de impuestos de 1931 contra las de 1932:

Tax Foundation
Tax Foundation
Los pobres, los que ganaban entre $0 y $4.000, pasaron de pagar 1,5 % en 1931 a que les quiten 4 % en 1932. Un aumento de 167 % en solo un año. Pero es peor aún. Los tramos de escala se redujeron. Los que ganaban entre $4.000 y $8.000 antes de 1932 pagaban 3 %. En 1932 los que tenían ingresos entre $4.000 y $6.000 pagaban ahora 8 %. Entre $8.000 y $10.000 tenían tasa de 5 % en 1931. Para 1932, entre $6.000 y $10.000 pagaban 9 %. Y por si todo lo anterior fuera poco, se amplió el alcance de los impuestos. En 1931, si se ganaba por encima de $100.000, se pagaba 25 % cualquiera sea la suma. A partir de 1932 el máximo se corrió, subiendo la tasa progresivamente hasta el millón. Si se ganaba más de $1.000.000, se pagaba un enorme 63 %. El impuesto máximo subió de 25 % a 63 %, un 152 %. Para los que ganaban un poco más de $100.000 (hasta $150.000) y que en 1931 pagaban 25 %, la carga les subió hasta 56 %. Un aumento de 124 %. Todo esto de un año para el otro.

Y esas son solo las tasas marginales, muchos más impuestos se incrementaron. Incluso se revivieron "impuestos de guerra" de la Primera Guerra Mundial. Se pusieron impuestos de venta a la gasolina, neumáticos, autos, energía eléctrica, artículos de tocador, pieles, joyas, etc. Se aumentaron los de transferencias de acciones, se crearon nuevos impuestos a los cheques, transferencias de bonos, teléfono, telégrafo, mensajes de radio, etc. Incremento las tasas de ingresos corporativos y la exención a los pequeños negocios fue eliminada y mucho más (Rothbard, 1963: 286-88). 

Todo el intervencionismo anterior terminó en el año de mayor colapso de la Gran Depresión. Su propio desastre le costó la presidencia a Hoover. Las elecciones de 1932 fueron una catástrofe. Hoover perdió su re-elección "por goleada" un 57 % a 39 % y en prácticamente todos los estados. Mientras que Roosevelt obtuvo la mayor victoria de la historia para un candidato que se presentaba por primera vez con 472 votos electorales.




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